Muchas Cubas en una Cuba

Por: Mario Valdés Navia

Cuba llega al 2019 con su nueva constitución aprobada por la totalidad de los diputados/constituyentes y lista para ser refrendada por el pueblo en el referéndum del 24 de febrero. Con los cambios que se le hicieron tras el proceso de discusión popular ganó en democratismo y coherencia, aunque los mecanismos para preservarla e impedir que le pasara lo mismo que a la actual quedarán para la próxima.

El planteamiento de muchos tradicionalistas, relativo a no dar carácter constitucional al matrimonio igualitario, fue resuelto de manera salomónica. Realmente, la solución fue la más correcta y muchos creímos desde un inicio que el tema no debió llevarse nunca a discusión. Por su naturaleza, los derechos humanos son consustanciales a todos y su reconocimiento no debe ser resuelto por votación ni consenso. Un decreto puede resolver el problema y no será nada extraño a la gobernanza cubana.

No obstante, llama la atención que la opinión de una masa fundamentalista, aunque activa y presionante, haya hecho sacar un artículo del proyecto constitucional.  Esto constituye un hito en el debate de temas peliagudos en Cuba. En otros casos –desde la aprobación de mayores edades de jubilación, hasta las actuales regulaciones a los transportistas privados en la capital-, las medidas impopulares sencillamente se han decretado y hay que cumplirlas de porque sí.

¿Será que el reconocimiento a la diversidad y la opinión de las minorías va a establecerse como una práctica en la vida política cubana? Eso sería extraordinariamente beneficioso para la res pública a la que muchos aspiramos. No obstante, su extensión a otros ámbitos va a ser difícil, entre otras cosas porque  el discurso de la identidad es sumamente grato a la hegemonía burocrática.

Desde que se estableció en la Rusia Soviética, la dictadura burocrática socialista no habla nunca sino a nombre de entelequias indeterminadas, tales como: la causa del comunismo internacional/los intereses de todo el pueblo/la masa de trabajadores/los revolucionarios de ayer, hoy y siempre/las mujeres/los campesinos/la niñez y la juventud, etc.

A partir de esta supuesta cohesión y unidad imprescindibles ante las acechanzas -reales, o exageradas- del enemigo interno y externo, la alta burocracia puede medrar a sus anchas con el poder que la sociedad delega en ella. En el caso cubano, no se cansan de manipular conceptos de valor sentimental para las mayorías, como: la Revolución, el pueblo, las masas trabajadoras, la niñez y la juventud, y otros términos generalizadores.

Que haya diversos derechos políticos, económicos y culturales que no se reconozcan plenamente en Cuba y, en cambio, que se haya sido tan respetuoso con los opositores al matrimonio igualitario no lo veo como una negación, sino como un paso de avance. Mejor aún, es un antecedente para exigir también el reconocimiento de otros derechos inalienables, como la libre expresión ideológica y política, el establecimiento de salarios y precios acordes al mercado cubano, la unificación monetaria, el empoderamiento real de los colectivos laborales y los municipios, entre otros.

Desde principios de los años ochenta, el reconocimiento de la diversidad ha adquirido cuerpo en la gobernanza internacional y es hoy un principio de la ciudadanía mundial. Cuba hace bien en defenderlo con uñas y dientes en el plano internacional, tan cargado de unipolaridad y pensamiento único. Así lo hicieron también los recién nacidos comunistas cubanos cuando lucharon por su reconocimiento político entre 1925-1938, aunque por entonces fueran una sección de la Internacional Comunista, creada bajo los auspicios de un gobierno extranjero.

Ese mismo espíritu de respeto hacia el otro debería primar en todos los ámbitos de la sociedad cubana, con la excepción de aquellas actitudes proclives a renunciar a la soberanía nacional en pos de salvar sus mezquinos intereses. Reconocer en el debate constitucional que somos iguales y diferentes; que hay muchas Cubas en esta pequeña Isla y que todas merecen igual consideración y respeto, es un buen augurio para el 2019. Hallo que nos acerca aún más a la república “con todos y para el bien de todos” de que hablara el Maestro, donde como él exigiera, se respetara: “La unidad del pensamiento, que de ningún modo quiere decir la servidumbre de la opinión”.[1]Es que la verdadera unidad en estos tiempos ha de ser la unidad en la diversidad.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com

[1]“Generoso deseo”, OC. T1, p. 424.

Anuncios