Discapacidad, no incapacidad

Por: Yasvily Méndez Paz

Cuentan los que la conocen que es alegre, emprendedora y siempre busca una solución por difícil que resulte, pero en determinadas ocasiones parece enmudecer y se muestra inconforme con la innecesaria compasión de los que la rodean. Sus ojos se cubren de lágrimas al narrar su historia, y aunque disimula la tristeza tras enjugarlas con sus propias manos, detrás de las palabras se esconde la desilusión acumulada por los años.

«Crecí rodeada de comodidades, mi padre viajaba mucho y nunca supe lo que era pasar necesidades; sin embargo, lo material no lo es todo…», me asegura mientras degustamos un delicioso café. «No sé qué fue lo que pasó en realidad; mi mamá me dice que él siempre quiso un varón y por eso se sintió decepcionado cuando supo que yo era niña, aunque yo pienso que nunca me aceptó por mi discapacidad…, un día se fue y no regresó más… yo tenía 13 años y mami no supo manejar aquella situación… nunca dejó que me crecieran las alas para volar…, imagínate, si ni mi madre me entendía, ¿cómo esperar que los demás no me tratasen con lástima? Las personas no comprenden que discapacidad, no significa incapacidad».

Lo narrado por «Malena»- nombre escogido para preservar su verdadera identidad-, nos conduce a reflexionar sobre la discriminación que sufren las personas con discapacidad y sus sutilezas en el imaginario social, aún presentes en la sociedad cubana contemporánea. El tratamiento internacional a las personas con discapacidad ha ido cambiando a lo largo de la historia, con marcadas diferencias en los enfoques, hasta la contemporaneidad. Durante la segunda mitad del siglo XX se generaron movimientos sociales dirigidos a la defensa de sus derechos y la instrumentación de estrategias que condujeran a su inclusión social.

Disímiles propuestas se han hecho eco desde entonces, y en la 54ª Asamblea de la Salud, celebrada en el 2001, fue aprobada la Clasificación Internacional del Funcionamiento de la Discapacidad y de la Salud (CIF), que propició un nuevo marco teórico-conceptual para la comprensión de la discapacidad. Su aporte más loable fue la aplicación del modelo social de la discapacidad, cuyo principal propósito es sensibilizar y educar a las sociedades en que los niveles de desigualdad que viven estas personas no obedecen a causas inherentes a sus padecimientos, sino a condicionantes sociales y culturales.

En Cuba, los logros dentro de la Educación Especial son notables; sin embargo, coincido con la psicopedagoga Mirtha Leyva Fuentes cuando plantea que deben intencionarse acciones dirigidas a aplicar los enfoques de la CIF en la práctica educativa cubana para generar cambios en los modos de pensar y actuar, que conduzcan al disfrute pleno de sus derechos. Las escuelas como centros rectores formativos y culturales tienen un peso fundamental en la aplicación del modelo social de la discapacidad, y esto no se ha logrado de manera óptima. Es cierto que en la Educación Cubana se le brinda atención diferenciada, atendiendo a las necesidades educativas especiales, pero el personal educativo no siempre asume esta tarea con la preparación y voluntad suficientes para ello.

Resulta necesario destacar el esfuerzo realizado para introducir un enfoque integrado de género que posibilite visualizar la doble discriminación que padecen las mujeres con discapacidad. Los efectos de estas manifestaciones las reciben mujeres y hombres, pero en el caso de las primeras las situaciones pueden ser más agudas ante estereotipos patriarcales que las remarcan como desvalidas e incapacitadas para enfrentar determinadas tareas a nivel social, lo que restringe sus proyectos de vida. El problema comienza por las concepciones y estrategias generadas por la familia, que muchas veces tratan de protegerlas en demasía, limitando sus derechos y oportunidades para el empoderamiento social.

Aún persisten enfoques reduccionistas como el escepticismo existente ante el hecho de que personas con discapacidad física puedan estudiar la carrera de Cultura Física, o los  casos de niños y niñas que han sido enviados a centros de diagnóstico y orientación (CDO) por dificultades para aprender, cuando en realidad necesitaban atención diferenciada ajustada a sus necesidades como educandos. Mucho más complejo resulta la insensibilidad manifestada por algunas personas, como el incidente lamentable de septiembre de 2018 donde un chofer del transporte público de La Habana se negó abrir la puerta trasera para que arribara al ómnibus una muchacha que andaba en silla de ruedas.

La inclusión social de las personas con discapacidad requiere asegurar vías para potenciar habilidades y no exacerbar deficiencias y dificultades. A pesar del necesario aseguramiento de bienes y servicios médicos, la superación de los niveles de desigualdad que padecen no se logra sin la implementación de políticas que garanticen su participación activa y su aceptación desprejuiciada a nivel social. Escuchemos al escritor Víctor Hugo cuando preconizaba que «la primera igualdad es la equidad»; la verdadera razón está en nosotros mismos, aboguemos por un contexto social donde se respete la dignidad plena del ser humano.

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