La neblina del ayer

Foto: Sven Creutzmann · Mambo Photo · Getty

Por: Miguel Alejandro Hayes

Corría el año 1993. En aquel entonces se sentía en todo el país la caída de la época de bonanza, de aquel tiempo de carne, compota y queso crema. El abismo de nuestra industria, ahora reducida a la mínima expresión, dejaba un solo camino para este David con forma de caimán: apretarse el cinturón y resistir.

Sabio aquel que comprendió que controlar y conducir la sociedad llevaba necesariamente dominar la ideología, y más en ese entonces. Por eso aprovechó todo ese camino donde aún esa ideología era una; donde era un bloque firme y seco sobre el cual hacíamos el socialismo, y con ello reforzó todo la superestructura que ayudaba a sobrevivir. Así, la disciplina, el ejemplo, el fomento del buen hábito de lectura, estudio y esfuerzo personal, y agrandar la imagen del enemigo, eran algunos de los recursos que no faltaron en el aún más fuerte despliegue ideológico en aquellos fatídicos 90 y los menos malos inicios del siglo XXI.

Definitivamente no eran tiempos normales, lo dejó bien claro Fidel en aquel histórico congreso de periodistas del año 93. Se requería un alto sacrificio para que hoy tuviéramos algo de socialismo. En el país había condiciones morales para demandar eso del pueblo, para pedirle sacrificio y espera.

Pero los tiempos cambian. Vivimos ahora en otro país. Ya no tenemos esas calles donde vestíamos más o menos igual, y la bicicleta era normal. Ya los hijos de dirigentes y obreros no acceden a los mismos espacios de recreación. Ya no gozamos de esa equidad social  que le podíamos restregar en la cara a la mejor socialdemocracia.

Ahora tenemos propiedad privada capitalista. Tenemos nuevos ricos, a veces como privados en el sentido clásico, a veces como altos funcionarios y familia. Hoy la medida de desigualdad es un número que no es de dominio popular, no entre académicos, sino en su divulgación en los grandes medios cubanos.

Hoy vemos a extranjeros disfrutar las bellezas y tranquilidad de nuestro país, que hemos construido entre todos y muchos no pueden acceder. Vemos hoteles de lujo alrededor de una Habana destruida, vemos los ricos de afuera y dentro  disfrutar de bienes y servicios ajenos a la gente humilde.

Soportamos un bajo salario en nombre de las garantías sociales, pero ahora, el  posgrado se pretende cobrar -si no cambia eso en el proyecto de constitución, claro-. Toda esa realidad, dista de aquella en la que había más elementos, para en su nombre, hacer sacrificios.

Por eso, aunque sigo viviendo en una plaza sitiada, advierto cómo esta muestra rasgos de ese mundo exterior capitalista que nos cuestionamos, al que se supone no deberíamos parecernos.

No se le puede pedir a alguien que trabaje más, que resista, que aguante, que no diga eso, que el Partido lo guiará al paraíso, cuando tiene mil carencias y ve otros cubanos ganando y viviendo mucho mejor que él. Otros que están mejor no necesariamente por esfuerzo personal sino por el marco discriminatorio en material salarial que estamos construyendo.

Las brechas de equidad van destruyendo la confianza en el proyecto. La gente humilde por la que se hacen revoluciones, se irá decepcionando en la medida que sienta esas diferencias en su piel.

Un discurso humanista no convence cuando sus promotores participan, fomentan y reproducen esa desigualdad en la sociedad -conscientes o no-.  Mucho menos puede demandarse disciplina, esfuerzo, obediencia, no ahora que Cuba es diferente de cuando se podía pedir. No ahora, que ya no es antes.

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