Si ofendes, me maltratas

Por: Yasvily Méndez Paz

Hace unas semanas participé en el Seminario de Violencia de Género en el Instituto Internacional de Periodismo “José Martí” en La Habana y allí pude comprobar las diferentes manifestaciones de violencia que todavía padecen muchas mujeres en Cuba. Tales fueron los casos de varios testimonios, recogidos en el libro Sobrevivientes, que no solo provienen de entornos rurales, marginales, familias disfuncionales y sin educación, como se suele enmarcar a nivel social.

La violencia de género es un fenómeno social mucho más complicado que no obedece a tipos de rostros, edades, estatus social, cultural y económico, ni espacios determinados. Mediante un complejo sistema de reglas, códigos, símbolos y representaciones, las visiones tradicionales en torno al género han estructurado las relaciones de poder entre hombres y mujeres, a través de la hegemonía masculina y la subordinación femenina. Bien lo demuestra el francés Pierre Bourdieu cuando hace referencia a que el dominio masculino está suficientemente asegurado a través de discursos y costumbres que se expresan mediante refranes, proverbios, expresiones gráficas, rituales, y otras prácticas asociadas a la producción material y espiritual del ser humano. Todo ello ha generado una concepción ideológica que determina la violencia contra la mujer por razones de género.

Pudiera parecernos que estos problemas están anclados en el tiempo y muy alejados de la realidad contemporánea cubana, pues en la actualidad la reproducción de la violencia de género adquiere niveles de enraizamiento social casi imperceptibles, que dificultan su visibilización a nivel social. A juzgar por las sutilezas que adquieren algunas formas en que se manifiesta, los mitos presentes en el imaginario social, y criterios patriarcales que consideran este y otros problemas de las mujeres como «invenciones de la teoría de género», la violencia contra la mujer se hace más visible tras expresiones físicas y sexuales, mientras la violencia psicológica y económica continúan siendo difíciles de percibir por la sociedad, a pesar de los daños que ocasionan a la autoestima de las mujeres agredidas y de que condicionan su dependencia con respecto al agresor.

En el caso de la violencia física, existen personas que deciden no inmiscuirse pues esgrimen aquel viejo refrán que preconiza: «entre marido y mujer nadie se debe meter»; sin embargo, la violencia contra la mujer no es un asunto privado, sino social, y como tal deben atacarse las causas que lo provocan. Ningún vínculo consanguíneo, matrimonial o de otra índole otorga el derecho a agredir o disponer de otra persona como si fuera un objeto.

Persiste la tendencia a considerar que si la mujer acepta los golpes y no deja al marido es porque le gusta; debemos reflexionar en torno a ello. La violencia pasa por varias fases y antes de manifestarse físicamente, las mujeres agredidas han entrado en un ciclo donde se vuelven frágiles, inseguras y dependientes de su agresor. Este las aísla de su círculo de apoyo y ejerce su dominio psicológico, lo que las hace incapaces de romper el ciclo de la violencia por sí solas. Las mujeres violentadas no son culpables de sus situaciones, necesitan apoyo para generar estrategias de sobrevivencia que les permita fortalecer y emprender sus proyectos de vida.

No podemos obviar que la violencia de género tiene su origen en el patriarcado como sistema de dominación y este, como bien nos exponía una de las mayores especialistas sobre el tema en Cuba la Dra. C. Clotilde Proveyer, tiene carácter universal, histórico y su capacidad de adaptabilidad le permite transitar de una época a otra, ajustado a las nuevas condiciones económicas, culturales y sociales.

La organización patriarcal de la sociedad origina un grupo de problemas estructurales, que constituyen las raíces del asunto en cuestión; a saber: la construcción de identidades femeninas y masculinas en función de patrones sexistas, las diferencias entre hombres y mujeres en estatus y poder, y los patrones de género presentes en los procesos de socialización desde las formaciones tempranas de niños y niñas que determinan comportamientos y modos de actuación, los cuales asumen y reproducen a lo largo de sus vidas.

Cuando la familia, las instituciones educativas y culturales, la Iglesia, los medios de comunicación, la industria cultural, el derecho, la ciencia y el gobierno legitiman y transmiten estereotipos que perpetúan la dominación masculina y la subordinación femenina, se naturaliza la violencia de género; ello limita la capacidad de identificar sus patrones de comportamiento a nivel social y remarca los cimientos que la reproducen, de manera individual y colectiva. Este es un problema social que atañe a todos; ergo, asumamos de forma responsable, consciente y proactiva la asunción de políticas para su prevención y solución, que conduzcan a una sociedad equitativa donde prime una cultura de paz basada en el respeto de la dignidad humana.

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