La propiedad privada bajo el reflector

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Desde hace ya bastante tiempo, el tema de la propiedad privada es uno de los que sacan chispas en el debate público cubano. Lo cual es comprensible, si se tiene en cuenta que vivimos en un país que en su momento declaró como un objetivo la eliminación de la propiedad privada sobre los medios de producción. El papel que puede tener esa forma de propiedad en la vida económica de la nación, el desarrollo que puede o no acompañarla, las consecuencias sociales de su expansión, son asuntos que nos conciernen a todos directamente. Es por eso que vale la pena poner la atención de nuevo sobre la propiedad privada, para encontrar las escurridizas respuestas.

Lo primero que hay que decir es que hay mucha confusión y pánico absurdo en lo referido a la relación entre propiedad privada y capitalismo. Son muchos los que asocian una cosa a la otra mecánicamente, llevados por su falta de comprensión y prejuicios. Ciertamente, la propiedad privada, el mercado y el capitalismo conforman en la sociedad moderna una constelación, pero no son necesariamente incluyentes los unos de los otros. Desde tiempos antiguos hubo propiedad privada, desde el momento en que el desarrollo de las fuerzas productivas favoreció la división del trabajo y surgió un excedente del que se pudieron apropiar las clases dominantes. El mercado surgió como una manera en que las personas pertenecientes a unidades económicas aisladas entre sí podían intercambiar sus productos, convirtiéndose en parte de una misma totalidad económica.

El capitalismo, por su parte, aunque presupone la existencia del mercado, es un sistema en el que la propiedad privada sobre los medios de producción adquiere una cualidad muy particular. Allí, los productores son apartados masivamente de los medios de producción, los cuales se concentran en las manos de aquellos que poseen además el capital. Los productores enajenados, no encuentran otro camino para sobrevivir que vender su fuerza de trabajo al capitalista, para que este pueda así obtener plusvalía y acrecentar su capital. En este sistema, la acumulación de capital (en sus diferentes formas) se convierte en la relación social fundamental que define el modo de producción. No solo es la principal relación económica, sino que es la principal vía para la acumulación de poder y para la construcción de significado.

Como puede verse, las relaciones y las diferencias son muy fáciles de identificar. Del mismo modo, puede entenderse cuál es el camino que lleva más allá del capitalismo. No se trata de eliminar la propiedad privada, sino de eliminar la acumulación de capital como relación fundamental de la sociedad. E incluso no basta con tener claro el aspecto negativo de la cuestión, sino que también es necesario plantear el lado positivo, es decir, la necesidad de crear un nuevo sistema de relaciones económicas que tomen el papel central. Para que la transición al socialismo pueda tener una posibilidad de éxito, no basta con crear formas políticas comprometidas con el socialismo, sino que es necesario construir formas económicas socialistas que generen la nueva sociedad “desde la base”.

Para que haya socialismo es necesario, sí, que exista un Sector Social de la economía, en el que se desarrollen formas de economía que favorezcan la solidaridad y la cooperación. Estas formas no deben incluir la propiedad privada, pues ella pertenece completamente al pasado, posee una carga de desconexión y autosuficiencia que es contraria a una producción basada en la planificación solidaria. Pero eso no quiere decir que el Sector Social deba necesariamente estar conformado solo por empresas estatales, ni que la planificación deba ejecutarla el estado.

Históricamente, los sistemas de planificación central estatal han generado sociedades con fuertes jerarquías y asimetrías de poder

El tipo de economía que desarrolló la Unión Soviética, y que desgraciadamente ha sido considerado por muchos como el modelo de socialismo, ciertamente no puede ser llamado capitalista, pero solo puede ser considerado socialista de un modo muy limitado, algo así como una forma embrionaria que en su imperfección se queda por debajo de las más modestas expectativas.

Para hablar de una transición al socialismo realmente sólida, la sociedad debería experimentar con formas de propiedad verdaderamente socializadas, en las que los productores se sientan dueños de los medios de producción. Puede tratarse de cooperativas, que deben ser verdaderas cooperativas, pero también de empresas públicas en las que exista un principio de democracia obrera. Se le debe dar todo el poder a las Asambleas de Trabajadores. La planificación, tanto de la producción como de la distribución, debe hacerse sobre la base de un diálogo nacional, en la que participen por supuesto la vanguardia política y los representantes del gobierno, pero también los sindicatos y toda la masa de los trabajadores.

La planificación tiene que ser un diálogo, basado en la horizontalidad y donde todas las propuestas tengan un carácter vinculante

Ahora bien, la existencia de ese Sector Social no significa que deban desaparecer totalmente las formas tradicionales de propiedad y gestión económica. Los experimentos sociales son estimulantes y necesarios, pero hay mucho que no sabemos sobre nosotros mismos los seres humanos, y la economía es algo de mucho impacto sobre la vida de las personas. La existencia del mercado y de relaciones mercantiles, de un modo subalterno, puede ayudar a llenar los espacios vacíos de la realidad económica que el Sector Social no logre abarcar. Muchas personas pueden desarrollar su vida dentro de esos espacios.

Del mismo modo, puede ser válida la existencia de una empresa privada, que acumule capital sobre la base del trabajo asalariado, siempre y cuando su acción sea tenida en cuenta dentro de la planificación consciente que lleve a cabo la totalidad del pueblo. Justamente la existencia de un Sector Social hegemónico impide que la acumulación de capital se convierta en la relación fundamental de la sociedad, así como ayuda a mitigar los posibles efectos sociales negativos de la explotación. Su presencia puede constituir un problema para la sociedad socialista, es cierto, pero también puede brindar ciertos beneficios estratégicos.

Es necesario recordar que vivimos en un mundo capitalista, por lo que no podemos desvincularnos completamente del lenguaje de la economía mundial, que es el lenguaje de las inversiones, los créditos, las divisas, etc. Contar con un sector privado (incluyendo empresas mixtas) pudiera servir para mantener una puerta abierta hacia el viejo mundo, una vía a través de la cual pudieran entrar financiamientos y tecnología que estuvieran fuera del alcance de nuestras empresas socialistas. Por otro lado, no se puede dejar de reconocer el estímulo a la creatividad que en ciertas condiciones permite la iniciativa privada.

El socialismo, para desarrollarse, puede aprovechar la inventiva y la tenacidad constructiva sin importar de donde estas vengan

El Sector Social debe predominar, pero lo mejor es poseer un complejo sistema en el que cada forma de propiedad aporte algo al conjunto de la economía. En otro lugar, he dicho que debemos pasar de la lógica de la dictadura del proletariado a la lógica de la república socialista. Eso significa que, aunque lo social sea priorizado, no se puede estigmatizar a aquellas personas que practiquen formas tradicionales de economía. Se trata de un equilibrio difícil de lograr, pero que es fundamental para la salud republicana de nuestra sociedad. Ese es el principal reto que plantea para nosotros los socialistas la aceptación de la propiedad privada: ejercer la hegemonía respetando al mismo tiempo la dignidad absoluta de cada persona.

Anuncios