Alegría de vivir

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Cuando Zygmunt Bauman definió la época que estamos viviendo como modernidad líquida, sin lugar a dudas marcó un hito en el proceso de auto-comprensión de nuestra civilización. Verdaderamente, hoy nada parece poder durar mucho tiempo, y la atención de los hombres es atraída por un espectáculo autorreferencial tras otro. Sin embargo, me atrevo a marcar distancia con respecto a una de las consecuencias que se quieren sacar de su obra: aquella según la cual la posición política de izquierda ha dejado de tener sentido. Desde mi punto de vista, lo que está condenado es cierto modo caduco de entender que cosa es la izquierda y la revolución en general.

En la actualidad, ante la victoria apabullante de la hegemonía capitalista a escala mundial, cuando parte la izquierda ha abandonado sus posiciones clásicas para abrazar el ecologismo, el feminismo, la igualdad racial y los derechos LGTBIQ, cuando gobiernos de izquierda asumen políticas neoliberales y personajes de extrema derecha se alzan como la esperanza de los más desfavorecidos, no hay nada más lógico que preguntarse qué cosa es la izquierda. La división, surgida antaño por las posiciones tomadas a ambos lados de una sala, parece ser hoy una más de esas banalidades que se merecen ser barridas de la historia. Muchos se preguntan si tiene sentido seguir hablando de emancipación y de revolución en tiempos de postmodernidad.

Mi respuesta es la siguiente: La izquierda será banal siempre que sea asumida de un modo banal. Lo verdaderamente importante no es que los chicos y chicas de las banderas rojas ganen la batalla y se instalen en el palacio de gobierno. De lo que se trata es de que no haya ningún ser humano oprimido, explotado o humillado. El mundo líquido de la postmodernidad no ha borrado esas tristezas del mundo, y por eso tiene sentido seguir luchando de un modo o de otro. Es cierto que las banderas rojas son un viejo símbolo, hermoso para algunos entre los que me cuento, pero la verdadera revolución está en el acto en el que un ser humano le da la mano a otro.

Los que entiendan la izquierda de un modo metafísico, aferrándose a un determinado concepto, a un gobierno o a un líder, esos sí están condenados al fracaso en el mundo actual. Los seres humanos sobrecargados de información del presente o el futuro se encargarán de barrer con un clic todo aquello que no sea lo suficientemente genuino como para destacar entre las tormentas de datos.

Nadie entienda, por lo dicho hasta aquí, que estoy haciendo un llamado a abandonar el marxismo o la teoría revolucionaria en general. Por el contrario, en tiempos de postmodernidad es más importante la teoría, pues solo ella, como decía Adorno, nos puede ayudar a traspasar la fachada de la realidad. Las vidas individuales de las personas se han convertido en mónadas que deben ser penetradas. Se requieren técnicas de comunicación cada vez más eficaces y que, a diferencia de las que crean los aparatos ideológicos del sistema, vayan más allá de la mera comunicación.

El capitalismo es ciertamente un problema, uno muy grande. Sin embargo, la izquierda no puede erigirse como una negación metafísica y defensiva a ultranza. Si persiste en ese empeño, será quebrada como lo son aquellos poderosos árboles que se ponen en el camino de los huracanes. Después de todo, es mucho lo que no sabemos del capitalismo, y todo parece indicar que sus posibilidades interiores son mucho más ricas que la monocorde concentración de la riqueza. El mismo socialismo como movimiento nace del capitalismo, de la capacidad que tiene este para dar lugar a subjetividades opuestas a su tendencia fundamental. La posición de la izquierda es cada vez más la de quien practica el surf, aquel que aprende a descubrir las olas propicias, para remontarlas, y que también sabe evitar las olas malas y las tormentas.

La propia transición al socialismo, allí donde se la intente, debería reformularse en sus métodos. Ante la imposibilidad de suplantar al capitalismo a escala mundial de un día para el otro, debería entenderse a sí misma como algo tendencialmente diferente, pero provisionalmente similar, algo así como una orquídea mutante creciendo sobre un viejo tronco.

Desde el punto de vista práctico y político, la izquierda está en crisis y debe reformularse. Algunos se preguntan: ¿por qué seguir insistiendo por ese camino? ¿no se puede hacer lo mismo sin colocarse bajo banderas tan manchadas? El problema es que tenemos que decidir con mucha responsabilidad que hacer con los “bloques históricos” que nos ha legado el pasado. En el mundo de hoy es muy difícil que se forme o surja una identidad colectiva. La izquierda, por más vaga que parezca esa palabra, reúne ahora mismo a miles de personas en el mundo, con muy diversas formas de pensar, pero que se reconocen a sí mismas como parte de un mismo movimiento, que han desarrollado lazos de solidaridad entre sí, que tienen voluntad para seguir adelante. Se trata de un macro-proyecto muy difícil de reconstruir. Y se necesitan muchas personas para cambiar algo en la realidad.

Para nosotros los cubanos la situación es además dramática. Las generaciones que nos han precedido nos han legado un sistema político de izquierda. Nos están dejando un país bloqueado, empobrecido, cercado, pero que además es casi un enclave sagrado para la izquierda internacional. Cuando analizamos nuestra historia, vemos que la adopción de valores de izquierda fue el resultado inevitable de un largo proceso de formación de nuestra nacionalidad, comenzado mucho antes de 1959. Adoptar una indiferencia postmoderna es en nuestro contexto dar un salto mortal hacia el desarraigo, es perder toda posibilidad de un lenguaje común entre las diferentes generaciones. Aunque las palabras ya nos pesen en la boca, es mejor seguir hablando en términos de socialismo, revolución, soberanía, etc.

Los cubanos tenemos una responsabilidad con la izquierda internacional. Del mismo modo, tenemos la oportunidad de convertir a toda la izquierda en algo mejor. Si fuésemos sinceros entre nosotros mismos, si nos permitiéramos llevar al discurso nuestra experiencia, nuestro dolor, incluso nuestro escepticismo, si dejáramos que se mostrara lo genuino que hay en nosotros, entonces podríamos aportar de nuevo algo decisivo a la izquierda. Porque nosotros hemos aprendido que no hay nada más revolucionario que las ganas de vivir, de salir adelante ante las adversidades, todas cosas imposibles de oficializar y que van mucho más allá de una bandera roja o un manual de marxismo.

Para contactar al autor: yasselpadron1@riseup.net