La Invasión sí cumplió

Foto: Tomada del Libro Las fotografías Cubanas, 1898

Por: Mario Valdés Navia

Desde que empecé a escribir en LJC decidí no responder a los comentaristas. Creo que este proyecto es más que un blog donde todos: moderadores, escritores, comentaristas y lectores en general tenemos una presencia garantizada. Espíritu que parte del alto grado de tolerancia que lo caracteriza, en medio de tantos muros que interrumpen el libre flujo de opiniones y debates ideo-políticos en nuestros medios tradicionales.

En cambio, mediante el correo, constantemente recibo opiniones y mantengo contacto con personas que tienen los más disímiles criterios. Pero a todo le llega su hora y, como los hombres de Panfílov ante Moscú, siento que esta vez no puedo dar un paso atrás y eludir varios de los comentarios a mi post más reciente. La espalda me choca con dos columnas pétreas: mi amor por la patria y el respeto por la verdad histórica.

La Invasión de 1895 fue una campaña militar que tuvo dos objetivos interconectados: llevar la guerra hasta el occidente del país y destruir la riqueza azucarera, fuente de las arcas españolas para sostener el régimen colonial y su enorme aparato militar. El cumplimiento estricto del primero es indiscutible: fue documentado para la historia con el acta que se levantó en el ayuntamiento de Mantua, el poblado más occidental de Cuba, el 22 de enero de 1896, fecha en que la columna invasora hizo entrada en él. 

El segundo también fue cumplido con creces. Negras columnas de humo marcaban el paso de la tromba revolucionaria y su fuego purificador y eran perceptibles a larga distancia. La zafra de 1895 no pudo ocurrir por la labor destructora de la tea mambisa y tampoco las subsiguientes, hasta 1899. De ahí que España, al revés de lo ocurrido en la Guerra Grande, no pudiera sufragar el conflicto con las propias riquezas de Cuba y llegara a 1898 totalmente exhausta, tanto en hombres como en recursos.

La Invasión no pretendía ocupar ciudades, puertos, ni líneas de comunicación –sí destruirlas. Las cercas de alambre que existían en los campos occidentales no fueron obstáculo para las victoriosas e incesantes cargas mambises pues, en esa campaña, los mambises no rehuían el combate, por el contrario, la orden del General en Jefe era destruir a cualquier enemigo que se pusiera por delante.

No podía ser de otra forma, la inmensa columna se movía siempre rodeada del enemigo a los lados y atrás y solo podía marchar hacia delante. Además, la movilidad era indispensable para un ejército que carecía de infantería, artillería y logística y que estaba apremiado por cumplir su cometido en el período de seca. Tras ella, los campos quedaron en manos de los mambises, mientras el ejército colonial controlaba las ciudades y puntos fortificados y trataba infructuosamente de mantener funcionales las líneas de comunicación.

La respuesta española al éxito rotundo de la Invasión no fue “poner la guerra a un lado”, como dijo una lectora, sino implementar el odioso e ineficaz genocidio conocido como la Reconcentración de Weyler.

Mis valoraciones de la Invasión les parecieron exageradas a algunos. Ya esto pasó antes, cuando afirmé que la política de EEUU hacia Cuba y Latinoamérica se regía por la Doctrina Monroe y luego el propio Mike Pence recorrió la región diciendo lo mismo. Con este precedente, voy a argumentar la significación de la Invasión del 95 con dos fuentes norteamericanas:

La habilidad de la estrategia del jefe revolucionario jamás ha sido sobrepasada en una guerra (…) se acerca más a los prodigios de la leyenda que a los anales auténticos de nuestro tiempo. Gómez ha desplegado en toda esta campaña admirable genio militar (The Sun of New York).

La marcha de Gómez, desde el punto de vista militar, es tan notable como la de Sherman (…) debemos poner a Gómez y a Maceo en la primera fila de la capacidad militar (General Sickles, veterano de la Guerra de Secesión).

Mención especial merece la equivocada y desactualizada tesis de que fueron los norteamericanos los que ganaron la guerra y dieron la independencia a Cuba. A diferencia de los ingleses, quienes negociaron con sus colonos rebeldes, firmaron la rendición y la paz con ellos y les cedieron sus derechos sobre un territorio que duplicaba el de las Trece Colonias; España prefirió ir a la guerra con EE.UU. para darle una supuesta salida pundonorosa a la de Cuba. Solo a una monarquía decrépita como la española pudo ocurrírsele un cierre tan miserable como aquel.

La batalla naval de Santiago de Cuba no fue más que una triste parodia, donde los anticuados buques españoles fueron saliendo, en macabra procesión, por la boca de la bahía para ser hundidos inexorablemente por la potente artillería de la moderna US Navy que los esperaba. Las jornadas de San Juan y el Caney llenaron de gloria a los soldados y oficiales que asaltaron las trincheras, pero fueron un baldón para el incapaz general Shafter, que envió a sus hombres a la muerte sin plan alguno y desconociendo los consejos de sus generales y del mando cubano.

Solo el cerco previo tendido por los hombres de Calixto García sobre Santiago de Cuba, y su protección al desembarco de la desorganizada expedición, hizo posible el arribo sin dificultades de las tropas interventoras. Por eso nosotros le llamamos al conflicto Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana. Su final fue un verdadero performance geopolítico, en el que una España genuflexa ante la potencia emergente logró un  pretexto a lo interno para explicar el llamado Desastre del 98.  

Al respecto se ha escrito mucho por historiadores cubanos, españoles y norteamericanos. Recomiendo especialmente a los interesados un texto de Emilio Roig de Leushenring, de 1950, cuyo título es todo un manifiesto: “Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos”.  

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com