La contradicción del pescado sin pescadores

Foto: Jose A. Rey

Por: Ariel Montenegro

Reza en viejo proverbio que, si le regalas un pez a alguien, comerá un día, pero si le enseñas a pescar, comerá siempre. Viejo el refrán, sin embargo, el Estado Cubano parece que no lo interioriza a casi dos décadas del siglo XXI.

Cuba es, para bien, una isla rara, una singularidad histórica. Es, de lejos, el país con la mayor proporción de gastos sociales del mundo. Más del 50 por ciento del presupuesto nacional se usa en salud pública, asistencia social y educación.

Si a eso se le suma lo que cuestan la radio, la televisión, la prensa, el deporte y la cultura, la cifra es superior al 70 por ciento.

Todo lo anterior quiere decir que el Estado se gasta más de lo que tiene en garantizar los estándares cubanos de salud, educación, cultura y tranquilidad ciudadana. Y aunque estos no son los mejores del planeta, son de envidia para la mayoría de los países en vías de desarrollo, incluso, para muchos de los desarrollados.

El Estado Cubano, con el pequeño río, con sus botes que hacen aguas por todas partes, se da el hermoso lujo de gastar la pesca y no enseñar a la gente a pescar.

El resultado después de décadas: gente saludable e instruida que se siente capaz de pescar y se queja constantemente de los pocos peces que le tocan.

Los profesionales se indignan día tras día cuando su salario de risa no alcanza ni para pagar la comida. El Estado expone una retahíla de cifras muy bien argumentadas que explica que no hay de dónde sacar más. ¿Quién es el malo? Nadie. ¿Quién tiene la razón? Bueno, la razón es algo muy subjetivo.

La única vía posible de respirar sin robarle nada a nadie es el trabajo privado: El mesero de un restaurante particular puede hacer en una noche lo mismo que el médico que le salva la vida a su hijo en un mes.

Sabiendo esto, el dueño del restaurante pone unos horarios durísimos, se caga en los derechos de los trabajadores y se da el lujo de escoger entre la gente más joven, de mejor apariencia y con la mejor educación del país. Consecuencia: los meseros, cajeros, bármanes y guías de turismo más preparados del mundo son los cubanos.

El Estado entonces, para evitar que los profesionales migren en masa al sector de los servicios hace murumacas para subir el salario, o les compra laptops a los médicos, o sabrá Dios cuántas cosas más. Como la mayoría del sector profesional trabaja para el Estado, a nivel nacional, es un esfuerzo de millones de dólares, pero en el plano personal es poco, poquísimo. La gente se sigue yendo a servir mesas o, sencillamente, se sigue yendo.

Sin hablar de privatización en Cuba (el neoliberalismo ya fracasó en medio mundo), hay mucho que se puede hacer. La empresa estatal socialista puede ser eficiente, generar ingresos y pagarle bien a la gente, porque ni al trabajador ni al administrativo promedio les importa quién es el dueño de su buró, sino qué comen sus hijos.

El verdadero problema es que, si el presidente de una corporación estatal que genera cien millones de dólares al año cobra 40 dólares al mes, no se preocupará por tener la iniciativa para generar doscientos millones. En el mejor de los casos, será un tipo honesto, que no se roba nada y, cuando se jubile, no habrá nadie con talento para sustituirlo porque a la generación más joven no le interesa trabajar 14 horas al día y ser responsable ante los dirigentes del país por esa cantidad de dinero cuando puede ganar 30 veces lo mismo haciendo matemáticas de bodega llevando las cuentas de una paladar.

Cuba tiene que dejar desarrollarse a sus profesionales. Cuando se invierten millones de dólares en equipamiento para una empresa, hay que buscar la vía de permitir a los especialistas tener iniciativas más allá de los diseños, los planes y los objetivos rígidos que en más de una ocasión reducen al mínimo las capacidades de la gente y de las herramientas. Se debe dar autonomía a las personas con talento para producir y luego, remunerar ese talento proporcionalmente, crecientemente, justamente.

Hay cosas que son incuestionables. Hay sectores que no se pueden mirar a priori con la lupa de la eficiencia. Hay logros en los que se gasta mucho y en los que, si se gasta más, mejor.

Pero para que la salud no solo sea gratuita, sino que los medicamentos no falten, los hospitales estén en condiciones y los médicos tengan las comodidades materiales que se merecen (por aquello de que salvan vidas); para que no solo todos los niños vayan a la escuela, sino que no falten los maestros, y las aulas no se caigan a pedazos; para que la cultura siga siendo para todos, pero que los cines tengan la mejor tecnología posible, y los mejores graduados de las escuelas de música prefieran tocar en la sinfónica y no en una orquesta de timba feroz; hay que dejar que todo aquel que pueda generar dinero para el país lo haga y luego recompensarlo en consecuencia.

De lo contrario, estamos condenados a convertirnos en un país de taxistas, meseros y guías de turismo. Un país donde los mejores economistas son tenedores de libros y no están en el Ministerio de Economía tratando de enderezar la pirámide, donde los mejores ingenieros reparan celulares y no están aumentando la capacidad de internet del país, y un larguísimo etcétera de ejemplos que alcanza para varias cuartillas.

Si el Estado Cubano quiere seguir regalando peces al que no puede pescar, entonces, debe dejar pescar a los más hábiles pescadores sin la preocupación de que en sus casas falta el pescado.

Tomado de: Western Congri