Extraño y blandito

Por: Claudia Yilén

Llevaba pantalón azul y camisa blanca de uniforme, porque todavía era estudiante cuando comenzó a dar clases en la primaria donde yo estudiaba. Lo recuerdo recibiendo a sus alumnos en la puerta de la escuela, frente a un grupo de niños en el matutino, organizando la fila, perfeccionando los nudos de las pañoletas abrochadas por padres apurados a primera hora de la mañana.

Era de los que hablaba y se paraba “extraño”, “blandito”. Sí, el profe era homosexual. En una ocasión, mientras jugábamos en el patio de la escuela uno de los niños dijo –ese maestro es pajarito-. Él, que lo escuchó, le llamó la atención con mucha cautela y le pidió respeto. Me avergoncé mucho, creo que mi compañerito también.

Siempre estuvo a la vanguardia. Se convirtió en guía base de la escuela. Se preocupaba mucho por los estudiantes, organizaba bien todas las actividades para los pioneros del centro (concursos, acampadas, festivales, recogidas de materias primas, trabajos voluntarios), en todas estaba él, jubiloso, enérgico, entusiasta, “extraño y blandito”.

Los profesores del centro le tenían mucho cariño y aprecio. Inteligente, preocupado, sagaz, respetuoso y cariñoso, así lo definían quienes le confiaban el magisterio en muchas ocasiones.

Un día, en una reunión de padres pidieron la expulsión del profe porque era “pajarito”. Que si mi hijo no tiene por qué ver eso, que si ese no es ejemplo para el mío, fueron los comentarios y las justificaciones de los progenitores para con la causa. Tuvo que intervenir la directora, aquello se convertía en una falta de respeto. Los padres querían cambiar a sus hijos de clase o de escuela. De seguro no fue un momento agradable para el profe y mucho menos para el consejo de dirección de la escuela.

Esta historia llegó a mis oídos por alguien cercano, pues ya yo había dejado de estudiar en esa escuela y ni pensaba tener un blog y estar contando esta historia, pero es imposible olvidar a aquel maestro.

Finalmente los directivos del centro tomaron una decisión, la correcta. El profe terminó de enseñar a otras tantas generaciones de estudiantes, así, “extraño y blandito” continuó perfeccionando los nudos de las pañoletas abrochadas por padres apurados a primera hora de la mañana.

Tomado de: Había otra vez