Un hombre de aspecto infeliz

Por: Carlos Luis Sotolongo Puig

A dos mesas de la mía, un hombre de aspecto infeliz le contaba historias —acaso ciertas— a dos turistas, mientras ellos le compraban cervezas.

Ropa manchada, barba salpicada de café, uñas sucias y piel deslucida por el polvo acumulado. Un mendigo en toda regla. Un buscavidas que hilvanaba ideas al vuelo para vivir, o sobrevivir.

Los turistas le dieron 20 CUC (el dólar de Cuba) mientras se despedían. “Quizás nunca le han regalado tanto dinero”, dije, y me alegré por aquel hombre de aspecto infeliz, ahora con el rostro iluminado.

Por suerte mi amigo también fue testigo de cuando el mendigo, una vez solo, se arrodilló, dio gracias al cielo, besó su regalo… y lo puso en un fajo que desenfundó del bolsillo. Un fajo bastante grueso, cabe notar, donde los billetes de CUC se multiplicaban como los panes y los peces.

A dos mesas de la mía ya no había un mendigo, sino un señor con rostro iluminado que pedía otra cerveza por la satisfacción de haber embaucado a dos víctimas más. Días después supimos que ese era el modus operandi de cada noche. Por suerte mi amigo también fue testigo.

Tomado de: Isla nuestra de cada día