Lo revolucionario

Foto: Cristóbal Herrera

Por: Miguel Alejandro Hayes

El lenguaje no es una cosa muerta. De ahí que en cada época se genere su propio sistema de palabras con una significación determinada. En la época batistiana los revolucionarios eran los que luchaban contra el tirano (M-26-7, DR 13-3, brazo armado del PSP) y el régimen promovió sin éxito un sentido peyorativo a la palabra, donde era sinónimo de revoltoso, buscapleitos, etc. Era un intento de propaganda de la dictadura para desde el lenguaje, debilitar la imagen de quienes deseaban derrocarlo.

Luego, vino la Revolución y como a todo cambio revolucionario le es  consustancial un lenguaje propio: la nueva realidad fue rápidamente codificada en  signos cuyo significado asume determinaciones variadas. El término se utilizó para describir al sujeto del propio proceso, es decir, al revolucionario. Era sinónimo, en un primer momento, de todo aquello que se oponía al antiguo régimen.

La palabra se puso de moda, y no faltó incluso, la prensa comercial de la época que intentaba usar ese fervor revolucionario en su publicidad con frases como: “Consumir lo que el país produce es hacer patria”.

De la palabra también derivó su opuesto, donde lo contrarrevolucionario, era lo batistiano y la incómoda burguesía, que luego se acuñó sencillamente como la contra. Hasta aquí, la cercanía de lo derrocado, permitía a lo revolucionario tener su acepción de subversión de la realidad, y constante transformación de esta. Después de todo, los primeros años de la Revolución eran de cambios constantes.

Pero la Guerra Fría y la constante agresión condicionaban un cierre de filas. La contra, comenzó a usar el humor como arma, las agresiones eran contra el propio pueblo. De manera que cada vez más, la necesidad de la disciplina y la cohesión de todos, condicionaban la identificacion de lo revolucionario con la nación cubana, e incluso con el gobierno, al punto de llamársele gobierno revolucionario al gobierno. De estos procesos, se llega a un estado de cosas, donde cubano y revolucionario, van identificados respecto a un gobierno.

Bajo esa lógica, que como vemos se refleja en el lenguaje, nos hemos venido desarrollando desde inicios de los sesenta. Así, ser revolucionario es estar a favor del gobierno.

Lo cierto es que, mientras se cumple la cualidad revolucionaria de este, no hay ningún problema. Incluso, durante muchos años, el carácter revolucionario del gobierno, ni siquiera valía la pena cuestionarlo.

La disyuntiva está en cuando se hace una verdad eterna la igualdad entre Revolución y gobierno, para incluso decirlo al revés: gobierno igual a Revolución. Una verdad con esas condiciones no existe, y solo es el resultado de sacar una significación propia de determinadas condiciones para asumirla como verdadera para todas.

Tal confusión puede provocar que, si la burocracia se entroniza en el ejercicio del poder, llegue a pensarse que lo revolucionario sea defender la burocracia en el gobierno.

Nada más allá de la fe garantiza que sea inherente al gobierno ser revolucionario, como tampoco lo es el hecho de su equivalencia. Lo revolucionario es una condición que se gana, no es propia de algo de por vida.

Por eso, lo revolucionario, sigue siendo esa subversión y ese cambio constante -aún más en esta Cuba que tanto hay que mejorar-. Aunque puedan coincidir, no se confunda al gobierno con la Revolución. Lo primero puede abrazarse  a lo segundo, pero no le pertenece. Llevémoslo al lenguaje.