Mujer y pobreza: confluencias y desencuentros

Por: Yasvily Méndez Paz

En la actualidad, el debate público sobre género y pobreza ha ido incrementándose a nivel internacional ante las condiciones precarias de existencia que padecen más de la mitad de las mujeres en el mundo. Las diferencias estructurales entre los denominados países del primer y tercer mundo, y la incidencia del factor género en los riesgos a padecer niveles de pobreza del sector femenino, presuponen adquirir conciencia sobre sus significados desde el punto de vista económico, sociocultural e ideopolítico, reflejados en modos de pensar y actuar entre hombres y mujeres.

En Cuba, el debate se ha visto sesgado por la cuestión política. Existe cierta tendencia a no reconocer públicamente y sin tapujos la existencia de la pobreza, máxime si el análisis involucra a las mujeres pues han constituido un sector de proyección estratégica para el proyecto político cubano. Quizás ello forme parte de la vieja polémica entre revolución versus contrarrevolución  que, como problemática sociohistórica e ideopolítica, muchas veces no ha permitido la presencia de matices imprescindibles en los análisis de tipo social.

Si nos atenemos a los medios de comunicación y las investigaciones sociales sobre el tema, podremos constatar los silencios en torno a esta temática o que los criterios se diluyen tras la utilización de términos como “pobreza con protección y garantías”, “pobreza sin desamparo” y “condiciones difíciles de existencia”, entre otros. En ocasiones el análisis se ha subordinado a tendencias generales; y otras posiciones de “miopía social” niegan la presencia del fenómeno en el país, utilizando indicadores como acceso a los servicios de educación, salud y seguridad social, que forman parte de índices estadísticos para medir niveles de pobreza en América Latina.

Es cierto que la labor rectorada por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y apoyada por la vanguardia revolucionaria que tomó el poder a partir del 1 de enero de 1959, condujo al empoderamiento de las mujeres en todos los ámbitos sociales; pero la crisis socioeconómica de los años 1990 agudizó algunos de los problemas que venían presentándose desde finales de la década de 1980. Las mujeres cubanas debieron enfrentar los retos de aquel contexto histórico ante la ruptura de los proyectos de vida en el entorno familiar y las condiciones de un perfil de pobreza, que no han sido solucionados en los últimos años.

No se deben utilizar indicadores aplicados en América Latina, sin tener en cuenta las particularidades que adquiere la problemática en Cuba. Si bien se manifiestan situaciones similares en determinados espacios -como barrios marginales, viviendas elaboradas con materiales improvisados, emigración de las zonas rurales a urbanas, condiciones de hacinamiento, convivencia de varias generaciones, familias monoparentales, aumento de los índices de maternidad en las jóvenes adolescentes, interrupción de los estudios y utilización de los niños como parte de las estrategias para el sustento económico, etc.- otras realidades reproducen las condiciones de pobreza en las mujeres cubanas, de manera subrepticia, que no se ajustan a patrones de comportamiento del continente latinoamericano.

El primer problema que se presenta en Cuba es la mixtura de los espacios; existen mujeres profesionales que deben vivir limitadas por manifestaciones de marginalidad, situaciones que entorpecen el curso evolutivo de sus proyectos individuales al no formar parte de sus historias de vida. Otras que ostentan categorías y grados científicos de doctoras y masters en alguna especialidad, conviven en albergues del gobierno, presentan condiciones precarias en sus viviendas y equipamiento, sin acceso a los sistemas de agua potable y debiendo pagar los servicios de alguna “pipa”, denominación que se le da en Cuba a camiones con depósitos donde se almacena el preciado líquido.

Las maestras reciben salarios insuficientes que no les alcanza para obtener los productos a fines de mes; y qué decir de las maniobras que deben utilizar las trabajadoras asociadas a labores de baja remuneración en el sector estatal o las señoras de la tercera edad que viven solas, para la obtención de productos de aseo personal, ropa, calzado y enseres menores, de imperiosa necesidad para la reproducción de la fuerza de trabajo. Todo ello condiciona las necesidades de vivir a expensas de algún caballero como “mecenas” de sus proyectos de vida u otras estrategias para subsistir económicamente.

Ocultar la presencia de la pobreza en Cuba no obedece a una política coherente y liberadora. Mahatma Gandhi consideraba que “la verdad jamás daña a una causa que es justa”; la primera condición para solucionar un problema es reconocer su existencia. Se debería aprovechar el espacio de discusión de la nueva Constitución para evitar la presencia de cualquier índice de pobreza en el proyecto social cubano; sólo la transparencia y reflexión nos ayudará a discernir lo mejor en esta encrucijada que vive Cuba.

Para contactar a la autora: echucuba151183@gmail.com.