El 68: continuidades y rupturas

Por: Alina B. López Hernández

El 10 de octubre de 1868 fue el momento en que la nación cubana demostró que las fronteras culturales no constituían ya barreras suficientes frente al dominio de España, a la que habían dejado de considerar desde mucho antes como madre patria y percibían solo como metrópoli expoliadora. Era ineludible erigir fronteras físicas, resumidas en un estado-nación, entre la Isla y la Península. Y es ante ese imperativo, que la decisión de Carlos Manuel de Céspedes de declararse en armas contra el yugo español simbolizará el grito insumiso de los cubanos por su independencia.

Es costumbre que los países que debieron combatir por su soberanía suelan conmemorar el inicio de sus respectivas gestas emancipadoras. Cuba tiene una particularidad, pues reivindica un proceso revolucionario de mediados del XIX como parte inherente de las transformaciones que se produjeron casi cien años después.

En 1968, al celebrar el centenario de aquellos hechos, Fidel Castro pronunció un discurso donde afirmaba que la revolución en Cuba era una sola, iniciada con el Alzamiento de la Demajagua y que se extendió hasta el triunfo de 1959.

Esa imagen de continuidad es válida si la juzgamos como un acto de legitimación que se arroga una matriz histórica de larga duración, en la que se muestra que los habitantes de esta isla habían luchado, desde aquel acto inicial, para que ella fuera independiente de cualquier potencia, libre de cualquier absolutismo, próspera, cívica y humanista. Sin embargo, la idea de una sola revolución no debe ser literalmente aceptada, y mucho menos si esta ofrece la perspectiva de una trasmisión generacional sin conflictos a lo largo de más de un siglo. Quien así lo hiciere corre el riesgo de incurrir en una grave injusticia histórica.

No debe olvidarse que a mediados de la tercera década del pasado siglo tuvo lugar un proceso de fractura generacional que ajustó cuentas con el pasado reciente cuando un grupo de jóvenes intelectuales, y en poco tiempo amplios sectores de la sociedad, rechazaron  lo que Joel James denominara con acierto “el monopolio político del mambisado” y sus principios rectores: caudillismo y dependencia.

Aquellos generales y doctores que dirigieron la república, y que decepcionaron al pueblo cubano por “su latrocinio sin límites y su política sin honor”,[1] habían sido también los revolucionarios del 95, y algunos lucharon en las tres guerras por la independencia. Por ello ejercían una “ascendencia mágica” —según palabras de Joel James—, sobre la política cubana y por eso la juventud debió “desembridarse de la guía de los viejos caudillos” y “rechazar la instrumentación por la cual esta se realizaba”.[2]

Ese rechazo se materializó en el enfrentamiento a la dictadura de Gerardo Machado, un general del 95. Tal desaprobación inició un proceso revolucionario conocido como Revolución del Treinta, que si bien no logró el objetivo esencial de sacar la economía cubana de la órbita estadounidense en que continuó moviéndose, en parte por la desunión de las diferentes fuerzas políticas actuantes; sí generó una cadena de transformaciones y un nuevo período en la historia insular, del que  brotarían una avanzada constitución, nuevos actores políticos y organizaciones, una sociedad civil más comprometida con el país, y transformaciones en el perfil cultural y simbólico de la nación.

Ignorar esa interrupción del proceso revolucionario es algo que no debe aceptarse. La historia ha demostrado con creces que el desarrollo no solo se manifiesta en las continuidades, sino también en las rupturas. Fue precisamente de esa ruptura que emergieron los actores políticos que protagonizaron más adelante la lucha contra la dictadura batistiana.

Para contactar con la autora: alinabarbara65@gmail.com

[1]Juan Marinello: Discurso del 7 de diciembre de 1923. Scropt Books, Recortes 1923-1924 (Biblioteca Memorial “Juan Marinello”).

[2]Joel James Figarola: Cuba 1900-1928. La República dividida contra sí misma,Arte y Literatura, La Habana, 1976, p. 265.

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