Mundos paralelos

Por Alina B. López Hernández

La televisión cubana, desde el 24 de octubre de 1950, fue pionera de las transmisiones en el área de Latinoamérica. Además de como vehículo de entretenimiento y promoción comercial, ella fue asumida desde su origen como un poderoso medio de difusión ideológica.

A mediados de la década del cincuenta surgió un programa que, bajo la denominación indistinta de mesas redondas o paneles, invitaba a personalidades de la intelectualidad cubana a exponer sus consideraciones sobre la realidad nacional. Juan Marinello, notable intelectual y a su vez presidente de los comunistas, criticaba que fueran exceptuados de tales presentaciones los intelectuales procedentes de su partido, ya que, según argumentaba, debían ser escuchados representantes de todas las “zonas de ideología” que existían en Cuba.

Tras tantos años, y en un contexto diferente, se mantiene esa exclusión. A pesar de que el proyecto constitucional que se discute afirma en su primer artículo que uno de los objetivos de la república es la libertad política, y de que el artículo 59 expresa que “El Estado reco­noce, respeta y garantiza la liber­tad de pensamiento, conciencia y expresión”; la televisión nacional da la espalda a esa libertad en momento tan crucial como el del debate ciudadano sobre el referido Proyecto.

Admitamos que ha sido amplia la cobertura televisiva a las discusiones relativas al documento en barrios, centros de trabajo o estudio. Es cierto igualmente que varios canales han establecido espacios de intercambio entre especialistas y la ciudadanía a través de correos electrónicos. ¿Qué reprochamos entonces a este medio con presencia protagónica en los hogares cubanos? Lo mismo que Marinello en su tiempo: la visión restringida y excluyente que mantiene, la cual le impide abrirse a todas las zonas de ideología y a todas las valiosas opiniones que sobre el tema se están generando en el país.

Sus invitados son casi siempre personas involucradas directamente en la autoría y/o revisión del proyecto, es decir, miembros de la comisión de los 33. Algunos de ellos muy bien preparados teóricamente, aunque su perspectiva es solo una entre las muchas posibles; otros, sin embargo, han dejado una impresión de desnudez teórica e indefensión científica que apena.

Este tempo televisivo, sesgado y unidireccional, contrasta con lo que ocurre en los medios digitales. En estos últimos se ha hecho realidad el llamado a un debate profundo, a una construcción colectiva, a un verdadero ejercicio de democracia ciudadana. Allí confluyen valiosos miembros de la intelligentsia nacional cuyos análisis se realizan desde perspectivas tan diversas como la jurídica, la económica, la histórica, la filosófica, la sociológica y la filológica, entre otras. No hay acuerdos previos, pero la seriedad de los enfoques y las aristas diversas que han asomado enriquecen de modo excepcional el documento que deberá convertirse en nuestra Ley de leyes.

Las Ciencias Sociales en Cuba han estado mucho tiempo de espalda unas a otras. Hijas de un siglo que, como el XIX, definió rígidos objetos de estudio y metodologías particulares, ellas se encerraron en compartimentos estancos y reclamaron para sí una parte de la realidad social. Ocurre, sin embargo, que la sociedad es una, y compleja, y mientras más se fraccione para su estudio menos será entendida. Ante fenómenos sociales, siempre multicausales, se requieren enfoques multidisciplinarios. Y es precisamente esta la mayor contribución de los análisis que pueden hallarse en los medios digitales, ellos son más completos, complejos y comprometidos con las necesidades de cambio que la discusión del anteproyecto abre ante la ciudadanía.

Según una de las muchas definiciones, intelectual es quien se dedica al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad, y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública. Interviene en el mundo de la política al defender propuestas o denunciar injusticias concretas, además de producir o extender ideologías y defender unos u otros valores. El intelectual, al abrirse a las interpretaciones alternativas de la realidad, amplía la perspectiva de los ciudadanos. Eso hacemos hoy los intelectuales cubanos, y en el proceso aprendemos unos de otros, polemizamos, intercambiamos. El resultado final es que la perspectiva que adquirimos de la realidad nacional se hace más clara.

La Joven Cuba, La Cosa, La Tiza, La Trinchera, Segunda Cita, Cuba Posible, OnCuba, Elestadocomotal, son algunos de los blogs y publicaciones que logro consultar, directa o indirectamente, y que me parece han dedicado con profundidad su espacio al tema que hoy ocupa a los cubanos. Mientras, la televisión decide qué es lo que quiere transmitir a los espectadores, ¿lo decide verdaderamente? Pero sean sus directivos o alguna fuerza dirigente superior los que determinen el acceso de los intelectuales cubanos a ese espacio, lo cierto es que ponen en tela de juicio su propio reclamo a ser una sociedad más democrática. Y, además, no evitan que la esfera mediática digital funcione como una alternativa real a las aspiraciones colectivas de la ciudadanía.

Hace poco escribí en otro post: “Es cierto que nunca fue tan retador y desafiante el panorama mediático, pero más cierto es que ese panorama no va a cambiar. Las reglas del juego son diferentes a las de décadas anteriores”. En tiempos de Marinello no existía internet.

En geometría se denominan rectas paralelas a aquellos pares de líneas que nunca se unen o cruzan. El que ambos universos en Cuba, el televisivo y el digital, se muevan sin acercarse, los convierte en mundos paralelos. El presidente de los consejos de Estado y de ministros de Cuba expresó hace pocos días en Nueva York que era necesario derrumbar muros y tender puentes. Es una excelente propuesta, pero ella es puesta en solfa ante la clausura de los medios oficiales en Cuba a su propia intelectualidad.

¿Cómo vamos a tender puentes al exterior si dentro de la isla vivimos separados por barreras? El mundo de la televisión y el de la blogosfera son un buen ejemplo, mayor que ese solo la muralla china.