Violamos la Constitución: ¿y qué?

Por: René Fidel González García

Compañero Miguel M. Díaz-Canel Bermúdez. Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.
Ciudadano:

Se siente la necesidad de escribir serenamente sobre la injusticia que se comete sobre uno cuando ella rebasa, por sus proporciones y alcances, y por los peligros que entraña para el país que soñamos la mayoría de los cubanos, lo que de otro modo no sería más que un episodio de la vida personal de cualquiera.
Durante más de una década enseñé a generaciones de estudiantes de Derecho en el amor y respeto a la Constitución, en la historia de nuestro Derecho, en los valores más altos del civismo cubano.

Nada, ni nadie, podrá cuestionar hasta hoy ni un ápice la devoción y pasión, la ética y la coherencia entre ese ejercicio profesoral y mi vida personal.

Ahora que el país junta e intenta hacer valer en el proceso de discusión de la reforma de la Constitución sus sueños y metas, sus esperanzas y aspiraciones más caras, su dignidad y el orgullo de pueblo libre, la inteligencia de las generaciones anteriores para la libertad, el decoro y la felicidad común; ahora que precisamente por todo eso, o por la elemental defensa del honor propio y del destino de los míos le escribo, lo hago con el tranquilo valor de la honestidad.

Despojado arbitraria e ilegalmente de mi condición de Profesor de Derecho desde hace dos años, he visto durante ese mismo tiempo en el espurio interés de otorgar la impunidad a los responsables, en la cobarde pretensión de ocultar el delito flagrante y la violación de derechos, en el oscuro afán de la soberbia que nace de vicio del despotismo y el irrespeto al otro, en el cálculo venal de los beneficios y las ventajas probables de la obsecuencia de unos pocos, en la creencia de que desapareceré y me oscureceré en lo cotidiano, defraudar nuestra Constitución e institucionalidad por aquellos a los que precisamente les correspondía defenderla por mandato constitucional y por responsabilidad ante el pueblo de Cuba.

Ahora que queremos hacer del Estado de Derecho la realización más alta de la vocación por la justicia del Socialismo en Cuba, escandaliza y enerva saber plenamente que el Consejo de Estado y el de Ministros, que ya dos direcciones seguidas de la Fiscalía General de la República han respondido con el silencio a mi ejercicio formal y continuado en el tiempo del derecho constitucional de Queja y Petición, y a la denuncia directa y pertinente de la comisión de delitos y de la violación de la Constitución por parte de altos funcionarios del Estado cubano.

Es contraproducente que funcionarios y un miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, advertidos primero de la posibilidad de esas violaciones y luego de su comisión, actúen como si el denunciante fuere un enemigo ideológico, le persigan, e incluso justifiquen abiertamente la conculcación de los derechos y de la letra y el espíritu de la Constitución que el pueblo cubano se dio a sí mismo para el Socialismo, en nombre de una falaz y por necesidad abyecta defensa de la Revolución.

Duele, y sobre todo por la confianza depositada y por la responsabilidad y por la ética profesional debida a cada uno de nosotros, ver a nuestra prensa plana hacer también silencio, o tramitar sin pasión y ahínco, si es que lo hace, una grave denuncia como ésta. Atreverse incluso, a irrespetar con una respuesta incivil y burocrática a la madre comunista que escribió indignada a la dirección periodística del Granma, no ya para proteger a uno de sus hijos como hacen todos los padres, sino para hacer cumplir la palabra, para invocar en la publicación de la denuncia, la promesa de justicia empeñada ante ella por Fidel cuando muy joven se fue a alfabetizar en las montañas del Oriente cubano.

¿Por qué tanto absurdo, tanta inconsecuencia? ¿Se reacciona y se hace reaccionar al Gobierno ante una compra desproporcionada de manzanas en una tienda habanera y se ningunea la denuncia de la violación de la Constitución como un caso muy específico y personal? ¿Cómo entenderlo?

¿Acaso porque ésta vez los denunciados formalmente ante nuestras autoridades, los presuntos delincuentes y violadores de la Constitución son un miembro del Consejo de Ministros, el Ministro de la Educación Superior, José Ramón Saborido Lodi, y la miembro del Consejo de Estado, Vice Ministra Primera de la Educación Superior, Martha del Carmen Mesa Valenciano?

A ambos Usted los conoce, han sido antes y son ahora sus subordinados.

¿Es que son ya realmente intocables? ¿Es que ya gozan de poder suficiente como para sentirse libres de rendir cuenta ante el pueblo, o para pisotear los derechos de cualquier ciudadano? ¿Es que pueden negar tranquilamente la República sin fueros ni privilegios que soñara Martí? Violamos la Constitución ¿y qué?, ¿nos dicen desde sus altos cargos?

Ésta vez no es un enemigo de la Revolución quien le escribe de forma pública a la persona que ahora ejerce la responsabilidad gubernamental más importante la Republica por decisión de los representantes del pueblo cubano.

Es un ciudadano que entiende, incluso a riesgo de parecer ingenuo, que la terquedad de un hombre que cree en sus ideas es superior a cualquier circunstancia que enfrente, que no siente miedo, porque aquilata perfectamente que su responsabilidad cívica en la defensa de nuestra Constitución y del imperio de la Ley más allá de lo personal, lo es también de las ideas, los principios y finalidad de la Revolución en Cuba.

Ello es también, un ser o no ser.

No ha quedado recurso, o vía legal, o social por usar en llamar, con discreción y utilidad pública, la atención sobre los hechos y sus consecuencias.

Usted podrá identificar fácilmente a quién corresponde éste número telefónico: 5 2861986, y quedará el registro de la comunicación recientemente hecha para advertir de las violaciones iniciales, de trato posterior irrespetuoso y transgresor de sus propias normas por parte de algunas de nuestras más importantes instituciones encargadas de preservar la legalidad socialista. De nada ha servido.

No miento, las pruebas están a su disposición y no pueden ser falseadas, pero tampoco le hago ruego alguno en ésta misiva.
¿Será acaso que acaba una época y que se va con los últimos hombres y mujeres de la Generación del Centenario la rabia ante la injusticia de la que nació la Revolución? ¿Será que los funcionarios públicos que les continúan carecen ya de la sensibilidad y el coraje necesario para poner freno a la arbitrariedad a menos que se lo indiquen, a menos que no les cause problemas?

Nos hace tanta falta la decencia, el valor de las personas buenas.

Bastaría que apenas un rayo de luz hubiese dado a la denuncia de estos hechos para que nadie pudiera justificar de ninguna forma imaginable el incumplimiento de aquello a lo que están obligados por la Ley. ¿Quién podrá exigirlo? ¿un ciudadano? No parece ser posible. ¿Es ese el Estado de Derecho Socialista que tendremos en lo adelante después de años luchando por él? ¿Estado de Derecho para quién?

Avergüenza que conste públicamente que, por expulsar a un profesor y un militante revolucionario de una Universidad cubana, para ir contra su prestigio social y político se apele y escoja a conciencia entre nosotros a los peores y más deleznables medios de difamación y abuso de poder, que se le tilde cobardemente de lo peor que se puede tildar a un patriota cubano con todas las seguridades que brinda el poder.

Como si dicha la primera mentira no se pudiera hacer más que seguir mintiendo, como si fuere posible hacerlo sin dejar entre los estudiantes y profesores que son educados y creen en la justicia y los derechos una estela de incertidumbre, de miedo, sin socavar, al fin, los valores de la libertad, de la igualdad jurídica y la democracia, la posibilidad misma de ser sinceros, por el modo grotesco e inmoral con que se paralizó la acción de los órganos de control de la legalidad. ¿Quién tiene tanto poder en Cuba? ¿Vale la pena sacrificar tanto por tan poco?

Como profesor de Derecho sé que los valores, los principios y las virtudes que queremos formar como sociedad y proyecto político pueden ser reproducidos por el ejemplo personal, por la importancia y jerarquía social que alcancen en la sociedad, tanto como el oportunismo, la mentira, la simulación, el irrespeto al otro. ¿Qué es todo lo que se aprende cuando se aprende que se puede violar la Ley con impunidad? ¿Qué se enseña?

He sentido asco junto a muchos de mis compañeros y estudiantes cada vez que les he visto a ellos mancillar en estos años el concepto de Revolución que Fidel legó a los cubanos más humildes como la única y delgada línea ética, de respeto a los principios, al ser humano, que se puede tener para merecer el respeto de un pueblo.

Como hombre digno formado por mis padres y por mi tiempo, ni siquiera espero ya que me sea restituida mi condición de profesor, como tampoco creo que alguna otra vez volveré enseñar Derecho en la amada Universidad de Oriente.
No le escribo por eso.

Demasiado bien conozco el peaje que se paga a las conveniencias cuando se dice la verdad, cuando se es integro, incluso cuando se compruebe luego la injusticia cometida, la felonía y la complicidad con ella.

Pero he tenido el enorme privilegio de poder compartir durante dos años una última y prolongada clase. La de ser consecuente con las ideas y convicciones que profesé siempre junto a mis compañeros de magisterio sin amargarme y perder mi raíz de intelectual revolucionario y eso me basta.

Sus subordinados leerán ésta carta con seguridad. Y mi familia que ha visto con pavor el poder, la impunidad y la cobardía de unos pocos, su capacidad de conculcar y atropellar derechos e irrumpir en la vida de una persona, preferiría que dejase de denunciar sus actos. Pero no se puede ser libre y esclavo al mismo tiempo.

Dentro de unos días una niña cubana cumplirá su primer año de vida, y mi lucha ciudadana es también por ella, por su futuro, por las metas de la Cuba que somos que ya están en la Constitución aún vigente, por lo que se sueña entre todos hoy, en lo que se salva de la dignidad plena del hombre en la discusión del proyecto constitucional.

Esa lucha irrenunciable reivindica para ella y expande a los tiempos venideros lo que escribiera hace mucho tiempo un joven abogado cubano: No sé cuál será el placer vesánico de los opresores, en el látigo que dejan caer como caínes sobre la espalda humana, pero sí sé que hay una felicidad infinita en combatirlos, en levantar la mano fuerte y decir: ¡No quiero ser esclavo!

Sírvase Usted a responder de la forma que considere
Cordialmente,
René Fidel González García