Sobre la reforma constitucional (I)

Por: René Portuondo

No existe hoy cubano que no esté de alguna forma ligado al proceso constitucional que vive el país. Hace solo unos días comenzaron las consultas por todo el territorio nacional y muchos son los comentarios que ya se escuchan sobre los planteamientos más polémicos que se someten a discusión.

Junto a los debates que ocurren en centros de trabajo y comunidades, los cubanos, que avanzamos lento pero constante hacia una mayor informatización, hemos trasladado, como debería ser, el proceso también al ciberespacio, y aquí también se han desatado polémicas; enriquecidas en muchos casos por la participación de especialistas y por la confluencia de opiniones diversas desde discímiles rincones del mundo.

Aunque son muchos los temas que dentro de la constitución me podrían despertar interés tratar, y que intentaré hacerlo con el paso de los días, considero indispensable comenzar por el proceso mismo antes que adentrarnos en su contenido. No como intelectual de la materia constitucional, sino como cubano opino.

Es conocido por todos que en el último artículo (el 137) de la constitución de 1976 que define el proceso de “Reforma Constitucional”.  Este stablece que la misma solo puede ser reformada por la Asamblea Nacional y en algunos aspectos es necesario la ratificación del pueblo. Entendiendo que la intención es construir un sistema basado en el imperio de la ley, este hecho solo puede ocurrir a través del respeto a los mismos procedimientos legales que están establecidos para su creación, por ende, es entendible que se respetará lo legislado y que el actual proceso culmine con una votación en la ANPP y posterior ratificación popular. Aun así, este artículo no establece en ningún momento los procedimientos para dicha reforma constitucional, por lo que los mismos quedan a discreción de las autoridades facultadas, la misma ANPP y el Consejo de Estado.

En este punto es donde no puede sino surgirme una duda, ¿porque no se comenzó el proceso a la inversa? Quiero decir partiendo de la base, dígase a partir de líneas fundamentales de discusión que las personas debatieran y que fuera de este de donde emanara la redacción del anteproyecto, que después fuera llevado en la asamblea para su aprobación. Sin embargo, se procedió al igual que con los lineamientos y la conceptualización: discutir lo ya debatido por el máximo órgano legislativo.

A mi parecer esto no solo encierra el debate, sino que introduce el difuso concepto de “aprobar el espíritu del texto”, como me dijo alguien cuando expresé mi desacuerdo con el texto de los primeros Lineamientos. Este hecho encierra dentro de sí, todo lo que no debe ser un proceso libre y trasparente, puesto que como el proyecto es un bloque (un cuerpo escrito) ya constituido por instancias superiores, aún después de dar tus opiniones contrarias sobre algunos puntos, o lo apruebas completo o te le opones completo.

La idea de comenzar a armar el cuerpo escrito del proyecto por la base, no tendría sentido a menos que existiera un órgano que al finalizar los debates tuviera la tarea de recogerlo todo y redactarlo. Junto a este, asambleas creadas a diferentes niveles, solo para este hecho, elevar las propuestas de la base, del nivel de barrio y terminar en la nación con una asamblea que terminara redactado el anteproyecto, no solo sería una expresión suprema de democracia, sino la que le corresponde a un proceso como el nuestro.

Claramente este método tendría muchos inconvenientes, pero en ningún momento violaba el artículo 137 y reforzaría el carácter democrático y popular del proceso, y que solo bastaba con que la decisión la tomaran los órganos del gobierno. Al final, luego de la redacción de la Constitución por las bases, la misma podía ser sometida a votación por la Asamblea Nacional y luego por el propio pueblo en su totalidad como se estipula.

El poder soberano, el pueblo, tendría aquí no solo la oportunidad de ser parte del proceso, sino de ser el proceso, convertirse él mismo, como debería ser, en el poder constituyente real de la nación. Me apena saber que aquellos que tuvieron la oportunidad de dotar al proceso con un método genuinamente progresista, prefirieran continuar con el trillado mecanismo de “discute lo que yo redacte”. Pero tengo claro: en la política nada es casualidad.

Muchos pueden cuestionarse por qué crear temporalmente un mecanismo paralelo al ya existente (una asamblea constituyente) para dar forma a una nueva constitución y este es un cuestionamiento válido, más aún si al finalizar todo tiene que terminar en la misma Asamblea Nacional, ¿no es más eficiente el mecanismo adoptado en la actualidad?  Puede, pero más eficiente no significa más democrático y trasparente.

Y aunque existen en el debate actual explicaciones de destacados intelectuales  sobre por qué el poder constituido (el legislativo, la ANPP) no debería ser al mismo tiempo poder constituyente, yo prefiero acogerme a ese revolucionario, que acusó a Batista y que dijo: Es un principio elemental de derecho público que no existe la constitucionalidad allí donde el Poder Constituyente y el Poder Legislativo reside en el mismo órgano”. (Fidel Castro Ruz. La Historia me Absolverá).

Tomado de: La Trinchera