La rotación de los cargos

Por: Mario Valdés Navia

Entre los temas que más se discuten del proyecto constitucional está el relacionado con la duración del mandato de los diferentes cargos del Estado. La cuestión no es lo que se pierda al quitar a un cuadro en el momento en que mejor lo hace porque se le acabó el período. Más importante es lo que se gane al adoptar el principio de rotación de la mayor cantidad posible de ciudadanos (as) por los puestos, si se tiene en cuenta lo que ha significado la eternización de los cargos en los gobiernos de vocación socialista.

El hecho de que la estatización crearía condiciones excepcionales para el empoderamiento de la burocracia siempre ha preocupado a los pensadores progresistas y revolucionarios verdaderos. El genial Albert Einstein, tan afín a las ideas socialistas, se preguntaba angustiado en Monthly Review:

(…) una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia? (…)

Acertó el pueblo soviético cuando designó a la dirigencia burocrática con el término de Nomenklatura, ya que la inscripción de un individuo en sus listas lo convertía en un ser especial, separado de los trabajadores simples y vinculado de por vida a las tareas estatales y partidistas más diversas, con todo lo que eso significaba en cuanto a prebendas y privilegios.

La eternización de los cargos en gobiernos de vocación socialista ha sido un problema

El modo de actuación de la burocracia socialista abusa del secreteo y la compartimentación, mientras aborrece la transparencia y la rendición de cuentas al público. Ella habita en un tejido propio, como una red social cerrada que se torna un agujero negro para los extraños, cuestión propia de su espíritu de casta. Y nada más ajeno a esa costumbre que la rotación de sus miembros porque tuvieran que abandonar sus cargos periódicamente y retornar al trabajo en la producción y los servicios.

Para desempoderar a la burocracia doméstica no bastará con campañas, consignas y golpes de pecho, menos con la creación de un Buró de Lucha contra el Burocratismo. Habrá que realizar una profunda revolución cultural que movilice poderosos instrumentos sociales, entre los que figure la preparación extensiva de la ciudadanía para participar activamente en la política y la administración públicas. Esto hará posible incluir en el habitus socialista el ejercicio rotativo de los cargos públicos como deber transitorio y luego el regreso honorable al trabajo anterior.

La burocracia socialista abusa del secreteo y la compartimentación, mientras aborrece la transparencia y rendición de cuentas al público

Unido a ello será precisa la adopción de recursos jurídicos que hagan prevalecer la transparencia sobre el secretismo; la implantación de métodos de control obrero que pongan coto a la impunidad burocrática, y la aplicación de prácticas de gobernanza más democráticas, basadas en la participación real y efectiva de los trabajadores en su autogobierno y menos en la representación formal.

A esto podrá añadirse el incremento del uso del voto secreto para la toma de decisiones y la elección de los cargos en los diferentes niveles; así como la información pública de los ingresos y el patrimonio de todas las autoridades y sus familias.

Estas medidas establecerían una nueva relación de la dirigencia con el pueblo, donde aquella no podría ser vista más como un estamento lejano y por encima del resto de la ciudadanía; ni este como una audiencia complaciente, sino como una colectividad diversa, crítica y dinámica.

De esta forma nos iríamos liberando de la esclavitud que representa la división social del trabajo –como soñaban Marx y Engels-, y los burócratas transitorios no llegarían a aislarse del pueblo. Así saldríamos del retruécano constante en que vivimos, donde los burócratas, lejos de exigirle permanentemente al pueblo lealtad y disciplina, se las deban, como servidores que son de la masa trabajadora que los mantiene.

Para contactar al autor: mariojuanvaldes@gmail.com