Centralismo burocrático

Por: Miguel Alejandro Hayes

Los cubanos somos defensores del centralismo democrático como forma socialista para superar la democracia burguesa. Sin embargo, en su devenir puede denigrarse y convertirse en algo peor: el centralismo burocrático.

Durante mucho tiempo la tradición socialista en el poder, iniciada con la revolución de 1917, abogó y promulgó que el principio de su democracia era el del centralismo democrático. Esta debía conjugar la garantía de que el poder se mantuviera en las manos de esa vanguardia inicialmente revolucionaria, con la promesa de entregar “todo el poder para los soviets”.

Tal forma parece ser, en el imaginario de los revolucionarios -aun cargados del romanticismo que heredamos de un convulso siglo XIX-, el modelo necesario e incluso salvable. Lo cierto es que tal esquema solo funciona cuando se cumple una condición: los intereses de las masas y la vanguardia son los mismos. Las vías a través de las cuales ocurra el centralismo, señalarán su contenido.

Por su propia dinámica, la centralización hace aparecer -como señaló Weber- la burocracia. Esta consiste en un grupo de personas que sirven a los intereses del Estado, en este caso al llamado estado socialista. Ya en la Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, Marx advertía sobre la cuestión de la burocracia, y esto debía haber sido una variable tomada en cuenta en la conceptualización de proyectos socialistas.

Han sido pocos los que como Gramsci han atendido el tema, aportando poderosas herramientas de análisis; sin embargo estas ideas no han sido difundidas en la formación filosófica-política básica de las universidades o en las escuelas políticas del partido.

El autor de Los cuadernos de la Cárcel advierte cómo el centralismo democrático se degenera en centralismo burocrático. Este último -señaló- direcciona el programa revolucionario hacia el burocratismo, su casta, y destruye los nexos con la clase trabajadora.

“El estado mayor”- equivalente a un comité central- y las masas, se van relacionando a través de un grupo intermedio: “los cabos”, verdaderos burócratas por los que pasa la relación base-cúspide y cúspide-base. Ellos trasmiten la información de los de abajo a los de arriba y viceversa, monopolizando la relación entre los extremos sociales, convirtiéndose en el centro de gravedad del proyecto social al filtrar la información que estos se envían. Producto de esta misma condición, la burocracia termina por tomar cuerpo propio y debilitar el ejercicio del centralismo democrático.

La misma, necesitada de la estabilidad de los extremos para su preservación, llega a convertirse en la fuerza más conservadora y rutinaria de la sociedad, creando una desconexión entre las masas y el partido. Este último puede llegar a sentirse superior e independiente de la sociedad, y puede llegar al anacronismo.

La transformación de democrático a burocrático se acelera si la función de mando se asume autoritaria y dogmáticamente, de manera personal, unida a una visión carismática del jefe, considerado portador de la verdad. Esto es la vía directa y el punto final para que, mecánica y definitivamente, el centralismo adquiera un nuevo contenido, y se desplace a una nueva forma, cuya existencia y auto-conservación no es esencialmente mediante el ejercicio democrático.

Tales teorías gramscianas, cuyo contenido viene cargado de carácter profético, deberían tenerse en cuenta al caracterizar nuestro sistema político actual, en el que cierta burocracia ha adquirido un mayor peso y ciertas similitudes pueden advertirse a simple vista. Debemos revisar con ojo crítico, no sea que hayamos perdido, o estemos a punto de hacerlo, el centralismo democrático.

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