La fuerza creadora del pueblo

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Aquel que ejerce la crítica revolucionaria de la sociedad muchas veces se encuentra en una relación compleja con el pueblo. Por un lado, critica todo lo que hay en él de atrasado y retrógrado, por el otro, propone como solución construir una democracia que le de poder a ese mismo pueblo. Esta contradicción, sin embargo, es completamente natural y forma parte de la dialéctica de la crítica y de la praxis revolucionaria. Se trata de una contradicción dialéctica, objetiva, existente independientemente de la voluntad de los sujetos.

Desde un punto de vista marxista, la misma noción de pueblo es bastante problemática. Si se acepta como pueblo al simple conjunto de todos los individuos que conforman la sociedad, y se recurre a él como el sujeto que llevará adelante la revolución, entonces se ha caído en una concepción burguesa que tiene sus raíces en el siglo XVIII. Lo verdaderamente marxista consiste en diferenciar entre las diferentes tendencias de la sociedad, entre los diferentes grupos según el lugar que ocupan en las relaciones sociales de producción. Por tanto, cuando un marxista habla del pueblo y de lo popular, tiene en la mente a un conjunto complejo, susceptible tanto de estar bajo la hegemonía de los grupos dominantes como de construir una hegemonía centrada en las clases tradicionalmente explotadas. En este último caso, se trataría de un verdadero poder popular.

El pueblo, aunque se le llame soberano, no puede ser convertido en un fetiche. Es cierto que existe y siempre ha existido una sabiduría popular, pero también existen tendencias retrógradas que han sido marcadas en la conciencia social por siglos y siglos de sociedades de dominación. El mérito teórico de Gramsci estuvo en mostrar cómo en el “sentido común” de las masas populares se concentran rituales, hábitos y fragmentos de cosmovisión que sirven para apuntalar la hegemonía de los grupos dominantes. Esto permite explicar por qué tan a menudo se observa el surgimiento de sistemas políticos reaccionarios que cuentan con apoyo popular, así como el desgaste de procesos revolucionarios que se detienen y se quedan por debajo de su potencial de liberación.

La relación de los socialistas con las grandes mayorías siempre ha sido difícil. Lo más común es que la mayor parte del pueblo no entienda y no siga los ideales socialistas. La frustración más común entre los luchadores sociales es ver como las masas populares muchas veces son cómplices en mantener la hegemonía de los grupos dominantes. Sin embargo, el socialista no puede rendirse ante esa realidad: el apoyo popular no hace democrático a un sistema de dominación. Es necesario mantener la lucha por una forma superior de manifestación de la libertad política y humana.

El revolucionario que ejerce la crítica en primer lugar debe romper con el sentido común dominante. De eso se trata justamente ser vanguardia. Si los pueblos no se encontraran en una situación de atraso inducido, si no estuvieran necesitados de un proceso pedagógico-político, no sería necesaria la aparición de una vanguardia. Dicha vanguardia, como es natural, se encontrará al principio en minoría con respecto al conjunto de la sociedad.

Ahora bien, la gran pregunta es: Si el pueblo es tan atrasado, si está tan cargado de tendencias retrógradas, ¿entonces para qué darle el poder político? ¿No sería como poner un peligroso juguete en manos de un niño? Platón tenía sus razones para ser enemigo de la democracia. Una posible respuesta al dilema, muy tentadora, es la siguiente: Dado que la vanguardia fue capaz de saber lo que le convenía al pueblo, incluso antes que el pueblo mismo, tal vez sea justamente la vanguardia la que deba dirigir.

Esta es la tentación suprema y el peligro supremo, que ha echado a perder casi todas las experiencias de socialismo que se han conocido hasta hoy. La vanguardia, para ser coherente consigo misma, debe obedecer a un imperativo moral categórico: construir las bases para su propia disolución y finalmente disolverse a sí misma. El poder, la democracia y la libertad política deben ser entregados al pueblo, a pesar de su atraso político y sus tendencias retrógradas, porque justamente en el ejercicio de ese poder y esa libertad es que el pueblo se educará a sí mismo y alcanzará su mayoría de edad.

Dicho con palabras de Rosa Luxemburgo: Solo la vida sin obstáculos, efervescente, lleva a miles de formas nuevas e improvisaciones, saca a la luz la fuerza creadora, corrige por su cuenta todos los intentos equivocados (…) La vida socialista exige una completa transformación espiritual de las masas degradadas por siglos de dominio por la clase burguesa. Los instintos sociales en lugar de los egoístas, la iniciativa de las masas en lugar de la inercia, el idealismo que supera todo sufrimiento, etcétera (…) El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y la opinión pública más ilimitadas y amplias.

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