La fuerza dirigente superior

José Luis Toledo Santander, presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos. Foto: Cubadebate

Notas sobre el Proyecto de Constitución (II)

Por: Iramís Rosique y Leonardo Martínez

En torno al PCC continúan surgiendo, al parecer, preguntas controversiales; unas desgastadas y otras no tanto. Por ejemplo, ¿está el Partido Comunista de Cuba por encima de la Constitución? La idea de que “la Constitución no puede ponerle directrices al Partido” —como se declaró hace poco en la ANPP— tiene a más de un trasnochado incómodo. En unos casos esta incomodidad nace de cierta oscuridad que envuelve la posición del Partido en el sistema político y su relación con el resto de los entes del Estado. En otros casos hay quien duda de la necesidad de tal cosa como una “fuerza dirigente superior”.

¿Está el Partido por encima de la Constitución? Esa interrogante, aunque no está desgastada, es bastante tonta —perdón—: no es que el Partido esté por encima de la Ley de Leyes, sino que esta, precisamente, le otorga la tarea y la potestad de orientar y dirigir al resto de las instituciones del Estado. Además, el Partido difícilmente pueda tener la posibilidad de operar violando la legalidad socialista, a no ser en su funcionamiento interno, en tanto él no es sujeto prácticamente de ningún proceso de la administración del Estado. En la práctica son otras instituciones —gobierno, poder popular, tribunales, empresas…— las que, siguiendo directrices y orientaciones del Partido, proceden. Ni en este Proyecto de Constitución ni en la vigente se otorga otra función al Partido que no sea esa tarea política de orientar, que no es lo mismo que ejecutar. En este sentido la relación del Partido con la legalidad es bastante inofensiva. La pregunta sería si el Partido puede instar y respaldar a una institución del Estado a actuar fuera o contra la ley en un momento puntual. Y esta solo puede ser respondida luego de desentrañar eso que nadie ha explicado jamás en una clase de Cultura Política ni en una Mesa Redonda: el significado de “fuerza dirigente superior”.

Siempre ha existido una corriente en el seno del movimiento revolucionario que duda de la necesidad de una vanguardia organizada que actúe por encima de los trabajadores. También por estos días se ha manifestado la idea de la no necesidad y la caducidad de la “lógica de la vanguardia”. Lo más acabado respecto a esta postura, nos llega de la mano de la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo. Para ella, las masas proletarias eran lo suficientemente revolucionarias como para liderarse por sí mismas. La toma de conciencia de clase no era un proceso sujeto a la propaganda que hacían los “iluminados” del Partido, sino el resultado natural de las luchas obreras, en el enfrentamiento revolucionario cara a cara contra la burguesía. Paralelamente al desarrollo de las luchas económicas mediante sindicatos y paros, creía Rosa que maduraban la lucha política y las ideas de la social-democracia anticapitalista: la conciencia de clase se da —nos dice— “de un solo golpe, nítido y abrupto” de forma similar a “un choque eléctrico”, como una epifanía. Las ideas de Rosa Luxemburgo en torno a la teoría del partido revolucionario responden directamente a las condiciones y la historia del movimiento comunista y obrero alemán. Y aunque en su dura crítica a la teoría leninista del partido fue capaz de predecir muchas de las deformaciones que sobrevendrían luego, su propia postura, la de los “comunista de izquierda” —como se hacían llamar en esa época; y quizá en esta también—, tampoco está libre de contradicciones.

El error fundamental de Rosa y de los “comunista de izquierda” radica en la idea de concientización espontánea y repentina de las masas, donde estas supuestamente sufren en el calor del proceso revolucionario una simple “actualización” o “activación” de su ya latente contenido revolucionario. Esta postura desconoce, por ejemplo, la “contaminación ideológica” de las clases populares, que se ha manifestado en situaciones de crisis, cuando estos sectores han apoyado a la burguesía o a los intereses extranjeros; es decir, se han comportado reaccionariamente. La acción espontánea de la masa puede ser la expresión psicológica de condiciones económicas; pero la verdadera conciencia de clase, estratégica, política, no surge del acontecimiento inmediato, de un suceso objetivo puntual. Piénsese por ejemplo en el viraje ideológico que ocurre en Cuba luego del inicio del período “especial”: determinadas personas que apoyaban ciegamente el proceso revolucionario durante la época de oro del socialismo, pasan a posturas apáticas e incluso reaccionarias durante la crisis; sin embargo, los valores del sistema no cambiaron esencialmente ni la encrucijada histórica del pueblo cubano tampoco: lo único que cambió realmente fue la disponibilidad de bienes de consumo. Con respecto a esto el filósofo marxista húngaro Giorgy Lukács distinguía la conciencia psicológica, relacionada con reacciones a lo inmediato, a lo urgente, y la conciencia de clase que no es otra cosa que el sentido pleno de la situación de la clase o el grupo en el cuadro total del momento histórico. Esta conciencia de clase no es la suma mecánica de la conciencia de los miembros de la clase ni tampoco su promedio, sino el más alto grado de desarrollo que esta puede alcanzar en una situación histórica determinada.

La construcción del socialismo es un proceso consciente hacia lo interno del cual ocurren intensas discusiones teóricas y estratégicas en tanto Dios no ha otorgado —ni piensa hacerlo, seguro— a ningún comunista en loma alguna del planeta el Decálogo de la construcción del socialismo. Cuando se habla de la no necesidad de la vanguardia en cierto momento histórico concreto del proceso, diera la impresión de que hoy o en algún momento puntual de la historia de la construcción del socialismo —desde 1917 hasta hoy— se haya logrado la plena conciencia de clase. Por ejemplo, ¿podían ocurrir los debates de los años veinte de la URSS o el debate económico cubano de los 60 en cualquier consejo popular de Cuba? ¿Pueden incluso llevarse hoy a cabo luego de cincuenta años de Revolución? Solo serviría para que dos o tres “iluminados” presumieran frente al pueblo de su sobre-comprensión de la ley del valor. Y que conste: el punto aquí no es en lo absoluto —evitemos las lecturas tendenciosas— que el pueblo sea incapaz de gobernar sus destinos y fijarse sus justas metas. Aunque no sean todos, existen elementos pertenecientes al mismo con una comprensión meridiana de su situación histórica, y negarles a estos la posibilidad —incluso la responsabilidad— de organizarse, liderar y orientar a toda su clase es una torpeza política y no hace sino retrasar el proceso de concientización en sí. Esta es precisamente la naturaleza del partido comunista: ser la conciencia organizada del pueblo trabajador, por contener en su seno a los individuos más revolucionarios y maduros políticamente; ahí radica su condición de “fuerza dirigente superior”.

Entonces, volviendo a la cuestión de si el Partido puede instar a las instituciones del Estado a actuar fuera de la legalidad, solo podemos decir que en su condición de conciencia organizada de la sociedad, el Partido tiene el deber de buscar la justicia social como finalidad suprema de la Revolución, incluso cuando esta no coincide con la legalidad socialista la cual es solamente una herramienta más para lograr aquella justicia.

La superación de la “lógica de la vanguardia” por la del poder popular no puede ser un acto arbitrario de jubilación, sino el resultado natural de la evolución y maduración de la conciencia en el pueblo, donde, poco a poco, la vanguardia se va diluyendo en las masas debido a una “vanguardización” progresiva de las mismas, hasta llegar al punto de que realmente tal cosa como la vanguardia carece de sentido porque todo el mundo, o la mayoría, lo es. Pero este proceso va ligado al propio avance y desarrollo de la nueva sociedad, y en la historia del socialismo realmente existente nunca se ha alcanzado ese punto.

Ahora bien: del dicho al hecho va un buen trecho: en la historia del movimiento revolucionario los partidos comunistas no siempre han estado conformados por los elementos más avanzados. Incluso puede que en Cuba hoy tampoco esté ocurriendo. ¿Pero es esto razón para negar la necesidad de la vanguardia? El problema relativo al movimiento revolucionario y la construcción del socialismo no es si se necesita o no que la vanguardia se organice en un partido dirigente de las masas: el problema verdadero consiste en que el partido dirigente esté conformado de veras por la vanguardia. Y esta cuestión principalmente está relacionada con dos factores: selectividad y democracia. En primer lugar, debemos preocuparnos de que el Partido capta del pueblo trabajador a los elementos más conscientes y comprometidos y que, cuando asimile a quien no lo es, sea capaz de elevarlo a ese nivel. Lo segundo que se necesita es que el Partido Comunista sea democrático hacia lo interno, para que permita el ascenso de estos militantes más conscientes y un control efectivo de su dirección política. Sabemos que ambas cosas han sido asignaturas pendientes para los partidos comunistas del siglo XX, el nuestro incluido.

No obstante, no nos permitamos hacer esos análisis abstractos en los que todo es blanco o negro. A pesar de estos problemas de funcionamiento interno, el PCC ha estado dirigido durante mucho tiempo por elementos de vanguardia, especialmente por el hecho de que su dirección original provino directamente de las tres organizaciones en las que cristalizó la vanguardia del pueblo cubano durante los años 50 y 60. Siempre hemos tenido la opinión —bastante personal, por demás— de que en toda la Isla difícilmente existiera después de 1959 alguien que comprendiera mejor la encrucijada histórica del pueblo de Cuba que Fidel. Entendemos que siempre habrá quien discrepe de este planteamiento. De cualquier modo, insistimos en que la trayectoria de promoción del desarrollo social y, sobre todo, defensa de la soberanía nacional, continúa siendo el elemento esencial para juzgar si el PCC comprende y trabaja en pro de los genuinos intereses del pueblo trabajador cubano.

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