¿La dialéctica o la piedra?

Por Alina B. López Hernández

Uno de los aportes del marxismo fue la dialéctica desde una perspectiva materialista. Esto le permitió no solo identificar como decisivas las trasformaciones que tienen lugar en la vida material de las sociedades, sino percibir el rol de las contradicciones e incluso la posibilidad de los retrocesos en el desarrollo como consustanciales al movimiento social.

Para el marxismo, el devenir no transcurre de manera teleológica, es decir como resultado de un camino previsto que sigue siempre una pauta trazada. Por el contrario, la dialéctica marxista fundamenta que en la base de tales procesos se manifiestan rupturas y continuidades.

La tesis de que una vez victoriosa la revolución socialista no puede retroceder, y que en consecuencia la sociedad marchará siempre hacia adelante, se establece como una visión mecanicista y antimarxista de la historia. El derrumbe del campo socialista hizo trizas muchas constituciones que, como la soviética, declaraban la irreversibilidad de su sistema. No es la letra en un tratado legal lo que permitirá el avance sostenido, sino la implicación de las personas que encuentren en ese sistema la encarnación de sus aspiraciones, y que puedan modificarlo con ese objetivo.

Cuba no incurrió en ese error hasta después de la caída del campo socialista, lo que constituye una paradoja pues la historia acababa de dar una lección que evidentemente no se tuvo en cuenta. Fue en el 2002 que, ante amenazas provenientes del gobierno norteamericano, se modificó la Constitución de la República de Cuba, vigente, con la adición de un párrafo al artículo 3 del capítulo I:

El socialismo y el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución, probado por años de heroica resistencia frente a las agresiones de todo tipo y la guerra económica de los gobiernos de la potencia imperialista más poderosa que ha existido y habiendo demostrado su capacidad de transformar el país y crear una sociedad enteramente nueva y justa, es irrevocable, y Cuba no volverá jamás al capitalismo”.[1]

Por su parte, el artículo 137 del capítulo XV establecía que la constitución solo podía ser reformada (se entiende que total o parcialmente) por la Asamblea Nacional del Poder Popular en votación nominal, por una mayoría no inferior a las dos terceras partes del número total de sus integrantes, “excepto en lo que se refiere al sistema político, económico y social, cuyo carácter irrevocable lo establece el artículo 3 del Capítulo I”. Subrayo con intención esa palabra, pues constituye un agregado que altera la redacción del artículo 3, donde no se hacía referencia al sistema económico.

El principal dilema de esta cláusula no era que se convertía en una inconsecuencia teórica con el marxismo y entraba en contradicción con el preámbulo de la constitución que nos considera “guiados por el ideario de José Martí y las ideas político-sociales de Marx, Engels y Lenin”. Más grave que ello era el hecho de que al declarar irrevocable (cuyos sinónimos son: inevitable, inapelable, irremediable, necesario, fatal, indefectible, irreparable) no solo al socialismo, sino al sistema (método, régimen, técnica, procedimiento, gobierno, medio, vía, rumbo)  económico, político y social vigente en esa constitución, clausuraba el camino a transformaciones sustanciales, muchas de las cuales se reflejan en el articulado del anteproyecto constitucional que se somete en estos momentos a consulta popular.

Como consecuencia de tal desliz, muchas de las adiciones, modificaciones y eliminaciones presentes en el anteproyecto constitucional actual son inconstitucionales, pues revocan aspectos económicos, políticos y sociales del sistema. Y a ello no estaba autorizado nadie, ni la Asamblea Nacional ni los ciudadanos: artículo 137 dixit.

Son varios los ejemplos de que se modifica el sistema. Los más significativos, en lo económico: la aprobación de la propiedad privada; en lo político: el establecimiento de la Contraloría general de la República como parte de la estructura estatal que no existía antes, la compartimentación de funciones entre un jefe de Estado y un jefe de Gobierno, la eliminación de las Asambleas Provinciales del Poder Popular, la creación del cargo de gobernadores provinciales que son designados, la aprobación de intendentes para la dirección de los municipios que son designados; en lo social: la propuesta del matrimonio igualitario, el pago de la enseñanza postgraduada en algunas de sus manifestaciones.

Este tipo de cláusulas de intangibilidad, o contenidos pétreos (parece que de piedra caliza), siempre llegan a un punto en que se truecan en letra muerta, como muestra el anteproyecto en debate; pero al ser aprobadas se convierten en el modo de encubrir una verdad: lo que realmente se torna irrevocable con un artículo como ese es la burocracia dirigente. La manera en que la voluntad de un grupo superior trata de imponerle límites a la marcha de la historia podría convertir en real la siguiente aporía: si para el 2030 Cuba consiguiera ser una nación “soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible” y se pudiera entonces aspirar a llegar al comunismo, no podría hacerse pues la cláusula de intangibilidad no lo permitiría.

Yo no creo que el anterior dilema pueda manifestarse, pero como sí apoyo todas las transformaciones que sean necesarias para reformarnos y lograr esos seis objetivos, no votaría nunca por una cláusula que funcionara como obstáculo al desarrollo. Bien que se considere al socialismo irrevocable, pero evidentemente necesitamos transformar constantemente al modelo o sistema económico, político y social, para detenernos en este. Prefiero la dialéctica a la piedra.

[1]Ley de Reforma Constitucional, dada en la Sala de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Palacio de las Convenciones, Ciudad de La Habana, a los 26 días del mes de junio del 2002, “Año de los Héroes Prisioneros del imperio”. (Publicada en la Gaceta oficial de la República de Cuba: 27-06-2002)

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