El Partido Comunista de Cuba ¿único?

Notas sobre el Proyecto de Constitución (I)

Por: Iramís Rosique y Leonardo Martínez

Los debates sobre el nuevo Proyecto de Constitución traerán a colación otra vez, una de las polémicas favoritas de los enemigos de la Revolución: el partido único. Antes de que nadie se atormente con esta desgastada y desgastante cuestión aquí les dejamos algunas notas con las que aflojar esa tuerca.

La singularidad del PCC en la constelación política cubana ha sido explicada —o justificada— a menudo empleando un argumento histórico, una racionalidad tradicionalista. Los voceros de esta tendencia explican que el PCC es único en tanto es resultado de la unión de las fuerzas revolucionarias que derrotaron a la tiranía. Además, en su unicidad, es heredero espiritual del Partido Revolucionario Cubano de José Martí, único también en la empresa independentista. Lo que ocurre con este tipo de argumento es que no pasa de ser un argumento ideológico.

Desde el punto de vista del pragmatismo político los disparos ideológicos son muy útiles y efectivos, en tanto logran consenso fácil apelando habitualmente —como en este caso— a la tradición y a los sentimientos de patriotismo y respeto por la sagrada historia que poseen las grandes masas. Lo malo es que al mismo tiempo ocultan la verdadera naturaleza de los procesos políticos, por lo que confunden al pueblo y retrasan su proceso de concientización. Es por ello que independientemente de las intenciones, los argumentos ideológicos no dejan de ser en cierto modo un ardid, una patraña. El revolucionario, especialmente el comunista, no puede conformarse con las explicaciones ideológicas de la realidad; y sobre todo en política, debemos buscar siempre la esencia, lo real, que como dijera el Apóstol, es lo que no se ve. Si queremos evadir en la respuesta las lecturas ideológicas hay que disipar primero las nieblas que enrarecen la apariencia de los procesos políticos.

La mayoría de las personas cree que la política es un duelo de ideas y formas de comprender el mundo y la sociedad. Falso. Lo que ocurre es que este es el modo en que la política se presenta ante nuestros ojos: multitud de partidos liberales, verdes, conservadores, cristianos, socialdemócratas… Pero lo cierto es que la política no va de ideales sino de intereses. Son estos intereses lo real invisible que no siempre se refleja tal cual en los discursos políticos. Encima, los ideólogos burgueses —excelentes en su trabajo de obnubilar— nos han convencido además de que la sociedad está dividida en un sinfín de sectores, cada uno con intereses irreconciliables entre sí. Así nos encontramos la sociedad civil en el capitalismo dividida profusamente en movimientos feministas, ambientalistas, raciales, LGTBI, etc. Nadie niega que distintos sectores de la población poseen necesidades particulares; lo falso es que sus intereses sean siempre irreconciliables entre sí.

En un país capitalista central solo existen dos tipos de intereses verdaderamente antagónicos, irreconciliables: los de la élite privilegiada que busca mantener y extender sus privilegios con base en la explotación del pueblo trabajador, el cual, a su vez, lucha por buscar reivindicaciones que disminuyan la explotación, la desigualdad y los privilegios. En un sistema político transparente solo tendrían cabida dos partidos: el de la élite y el de los trabajadores. En la práctica esta transparencia no existe, lo que existe es un sinnúmero de partidos burgueses que dividen al pueblo trabajador engañándolo, y lo hacen luchar entre sí en un juego político que siempre tiene como ganador a la élite privilegiada.

En nuestros pueblos del Tercer Mundo esta dinámica adopta una forma particular propia. En el Sur existe una élite aparente y otra real. La élite aparente es esa “sub-burguesía” nacional que trabaja y se pliega en función de los intereses extranjeros; la élite real es la burguesía de los países centrales que expolia los recursos naturales y humanos de nuestros pueblos y naciones. El pueblo trabajador es el mismo en todas partes.

El triunfo de la Revolución expulsó del poder a las élites de la vieja República, tanto la aparente como la real —esto último fue la herejía verdadera, en tanto al imperialismo no le hubiera importado, como nunca lo ha hecho, la sustitución de una élite aparente por otra mientras se respetaran los intereses de la élite real. El actual PCC empoderado por esa Revolución se caracteriza por su praxis y su discurso antiimperialista. Nadie puede decir que representa los intereses del capital internacional, que es el gran expoliador y enemigo de los pueblos.

La trayectoria de gobierno del PCC, caracterizada por sus esfuerzos en materia de desarrollo social y defensa de la soberanía, valida su condición de partido del pueblo trabajador, que ha logrado armonizar en su seno los intereses de los diversos sectores del pueblo cubano. Nadie ha dicho que el PCC ha sido infalible en su ejercicio del poder, pues ha cometido errores. Hay quien ve en esto la necesidad de más partidos, lo cual solo constituiría un error que divide: es decir, debilita. El PCC ha sido y es el partido del pueblo trabajador, y el pueblo, en el camino de hacer la revolución, tiene el derecho a equivocarse y rectificar infinitas veces.

Anuncios