La filosofía de Estado

Por: René Portuondo

El marxismo ha sido casi desde su surgimiento, la supuesta base filosófica-política sobre la que se erigen los sistemas de la izquierda más radicales que han llegado al poder[1].

Más, en vez de tomar el mismo como una forma de analizar la realidad (más allá del discurso que repite esta consiga una y otra vez), se ha hecho como si fuera la receta para la construcción de una sociedad futura, terminando por convertirse en una sistema cerrado que contradice su propia existencia. Muy probablemente este hecho sea inevitable al tratar de subordinar el pensamiento reflexivo a la política de una manera tan vulgar como se ha venido haciendo.

Fundar sobre el marxismo una ideología, significa organizarla sobre la crítica más radical a todas las ideologías, el propio marxismo. Por lo que una ideología marxista debe partir de cuestionarse a si misma todo el tiempo. Esto, claramente parte por asumir críticamente su esencia, su propio movimiento, su coherencia. La dialéctica materialista, bajo la que supuestamente se erige todo el sistema filosófico-ideológico de la izquierda marxista, en las condiciones de ese acoplamiento (con las necesidades políticas específicas) se convierte en una sistematización acrítica, que no puede sino colapsar sobre sí misma.

Esa filosofía de estado que encuentra su punto de partida en el intento de hacer una concepción filosófica sobre la base de conocimientos filosóficos vulgares, proceso que pasa por el acoplamiento forzado de la filosofía y la política, que degenera la primera en la preponderancia del segundo término, relegando a la filosofía a ser la base de la fe en la lucha política.

En estas condiciones se deja ver, que ese Estado que un día abogó por la vida de ese corpus teórico, terminará por emplear todo su poder en detener ese movimiento filosófico claramente sin dejar de legitimarse en nombre de esa misma filosofía, de ese movimiento, al convertirlo en generador de fe y en un freno de las proyecciones políticas de ese estado centralizado.

La filosofía marxista, como todo pensamiento no puede detenerse sin desaparecer. Cuando el movimiento que le dio origen se convierte en un sistema cerrado de leyes inapelables y conceptos ya vacíos, el marxismo mismo se desvanece. Aunque siempre quedarán quienes se llamen marxistas, algunos incluso “pensadores marxistas”, más exactamente, los que querrán tener y tendrán institucionalmente esta actividad asignada y que con su propio actuar solo reforzarán en este desvanecimiento. Mientras que el movimiento se pierde, se disuelve en su propio inmovilismo y estos pensadores seguirán allí, inmóviles, como fósiles a la espera de su descubrimiento.

El movimiento comunista, institucionalizado ahora con su “ideología” marxista, termina por convertirse en la negación vulgar de sí mismo, en algo verdaderamente extraño, que erige la crítica como consigna para encubrir la ausencia de esa misma crítica.

En la forma en que la teoría que se formula desde los filósofos oficiales y se difunde así misma como la culminación del pensamiento mismo -el dialéctico- termina por cambiarse en su contrario. Crítico desde lo más profundo, se degenera en un dogmatismo, en una sistematización simplista, en una dialéctica materialista institucionalizada que pierde con esto todo su contenido, a punto de ni ser dialéctica, ni ser materialista.

En su pretendida sistematización, se termina por convertir en el soporte forzado de una ideología que en su desenvolvimiento termina liquidando la reflexión crítica, sobre la que la propia dialéctica se funda. Aunque menos que antes, aún es común escuchar hoy, la palabra “dialéctica” en el discurso de muchos pensadores institucionales, políticos y funcionarios, muchas veces presidida o seguida de la palabra “contradicción”, parecería que la vulgarización del los concepto “contradicción dialéctica” y “dialéctica”, ha sido lo único que ha quedado realmente en la mente de los “marxistas” institucionales, claro tras una reducción de la misma a la contradicción más simple, al proceso más común que nada tiene que decir.

Y este es el principio de una filosofía de estado socialista, que parte del reduccionismo, de una lógica “socialista” que se funda en el aniquilamiento de su propia esencia, convirtiéndose en todo lo que debería despreciar. El modelo fijo, fascinante, la cajita filosófica que se debe seguir, imitar y respetar; este es el principio de la esclavización y el servilismo del pensamiento. Aquí parece entonces que esta nueva filosofía de estado no da respuesta a la realidad, no es útil para analizarla,  en la que se acumulan las dificultades, su lenguaje se vuelve complejo, como si quisiera encubrir su propia inutilidad. El pensamiento, bajo el nombre engañoso de “dialectico” se expresa ahora como su opuesto como una ideología fija, que tratará por todo los medios de encubrir sus carencias bajo el manto de la fe, la moral, y la égida  Revolución.

Lo dice un marxista.

[1]Se afirma supuesta base, ya que a consideración del autor muchos de estos movimientos no usan racionalmente la tradición fundamentada en Marx.

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