Hungría 1956: pueblo insumiso

Por: René Portuondo

Corría el año 1956, mientras los revolucionarios cubanos bajo el mando de Fidel en México preparaban el inicio de la lucha insurreccional que comenzaría a finales del mismo año, a varios miles de kilómetros de Cuba el pueblo húngaro se preparaba para uno de los acontecimientos más dramáticos y polémicos de su historia reciente: La Insurrección de Octubre de 1956.

Tal vez por lejanía, o porque el inicio de nuestro periodo revolucionario estuvo marcado por la influencia del poder soviético (a quien poco le convenía la difusión de estos hechos), en Cuba muy poco se conoce de los acontecimientos allí ocurridos y su repercusión posterior para el campo socialista.

Hungría, aliada de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, fue ocupada por el ejercito soviético en el mes de febrero de 1945, constituyéndose un gobierno de “democracia popular” mediante elecciones pluripartidistas en donde los miembros de Parido Comunistas (en lo adelante “el partido”) quedaron en un segundo lugar. A pesar de esto, los líderes del partido mantuvieron un control casi completo de la vida política y económica del país por mediación de las fuerzas del ejército soviético acantonadas en Hungría desde el fin del conflicto, y que permanecerían en el territorio hasta varias décadas después.

Para el año 1953, más de ocho años después de comenzada la ocupación soviética, el país vivía una tensa situación marcada por una inestable economía, una inflación sobre-dimensionada, salarios reales precarios, colectivización forzada de la agricultura y una industrialización aceleradas en la industria pesada que se sustentaba en los sacrificios de millones de obreros y campesinos. Las purgas sistemáticas a lo interno del partido y el gobierno húngaro; llevadas a cabo fundamentalmente por la línea dura del partido de corte estalinista encabezados por Matyas Rakosi, eran comunes y minaban en gran medida la aprobación de las masas a la dirigencia partidista. A mediados de ese mismo años la situación ya insostenible, fuerza a un cambio radical en las altas esferas del gobierno Húngaro, siendo elegido Imre Nagy como presidente del Consejo de Ministro.

El nuevo gobierno recibió en un primer momento el apoyo de la Unión Sovietica, que tras la muerte de Stalin comenzaba un proceso de desestalinización, que comprendía también una crítica a los dirigentes húngaros estalinistas. Durante los primeros meses el nuevo gobierno impulsó una serie importantes de reformas (que luego se convertirían en el núcleo de las peticiones del los sublevados en 1956), que iban desde el cese a la colectivización de la economía, aumento de salarios y desarrollo de la industria ligera hasta el inicio de conversaciones para la retirada de las tropas soviéticas acantonadas en el país. Claramente medidas que no fueron de agrado para el poder soviético, que poco a poco comenzó a distanciarse de Nagy y a planear su revocación, que si hizo efectiva en abril de 1955.

A pesar de la caída del gobierno de Nagy y el cese de sus reformas, la intelectualidad Húngara y fundamentalmente el estudiantado universitario hizo suyas las reformas impulsadas por el mismo y las convirtieron en base de sus demandas posteriores. Los mismo comenzaron a organizarse en círculos de estudio y debate, así como en organizaciones que se alejaban de las institucionalizadas por el poder soviético y reforzadas por el nuevo gobierno pro-soviético. La vuelta a la colectivización y el cese de las reformas políticas iniciadas por Nagy, encontró poca aceptación en la población que apoyaba en gran medida las mismas y comenzaron a presionar para que se restituyeran.

A comienzo de octubre de 1956, el país vivía momentos de efervescencia, los acontecimientos ocurridos en Polonia, en donde miles de obreros habían tomado las calles para exigir reformas, se encontraba muy cerca en la mente del pueblo húngaro que en gran medida necesitaba y pedía cambios similares. Sin duda la guía la marcaba la intelectualidad húngara, muy seguida por el estudiantado que al frente del movimiento reformista se erigían como las clases más radicales y revolucionarias del momento.

El día 23 de octubre de 1956 en una manifestación organizada por la intelectualidad en honor a un célebre poeta Húngaro, las palabras centrales de dicho acto fueron dirigidas a la necesidad urgentes de reformas al modelo económico y político, así como el caso omiso que de las mismas hacía el gobierno. Al mismo tiempo miles de estudiantes congregados en la misma manifestación, luego de las palabras centrales del acto, relazaron proclamas en contra del orden político del gobierno “comunista”, llamando a su necesaria sustitución, lo que los convirtió en la mecha de la sublevación que inicio ese día con las consecutivas manifestaciones de los universitarios de Budapest, encabezados por la Universidad Politécnica de la ciudad. Las protestas se extendieron por toda el país y a los estudiantes se fueron sumando millares de obreros, hasta que ya en el anochecer cerca de 200.000 ciudadanos se congregaron en las afueras del parlamento húngaro para pedir las tan necesarias reformas y la salida del gobierno.

En este momento crucial, el comité central del partido, decidió restituir a Imre Nagy a frente del gobierno, en gran medida para calmar los ánimos exaltados de los manifestantes. Al mismo tiempo de estos acontecimientos, varias unidades del ejército nacional húngaro se unían a las manifestaciones, que aunque aun pacificas adquirían cada vez un carácter más violento. En los días subsiguientes, varios líderes comunistas húngaros abandonaron el país y tras un primer momento de despliegue en las calles, las unidades soviéticas volvieron a sus cuarteles, dejando en manos de los húngaros la resolución de los acontecimientos.

Las manifestaciones que se extendieron por todo el  resto del mes, encontraron fuerte resistencia en las unidades del Departamento de la Seguridad del Estado, que bajo la dirección directa de la línea más dura del partido reprimió en varias ocasiones a los manifestantes. El clima de ingobernabilidad se extendía por todo el país y aun que el nuevo gobierno prometía volver al curso de las reformas, la desconfianza y las continuas confrontaciones en la dirección del partido, conllevó a que se detuviera casi por completo la vida económica y administrativa del país.

Fue en este momento crítico en donde los obreros húngaros dieron el paso al frente para salvar la situación y volver al país a la tranquilidad. En las fábricas se crearon los Consejos Obreros, que pusieron nuevamente a funcionar la economía y en otras instituciones no productivas, se constituyeron los Comités Revolucionarios que sirvieron para la reorganización de la institucionalidad. El nuevo gobierno, casi sin salidas, dio gran poder a estas nuevas organizaciones surgidas en el marco de la insurrección y en los días finales del mes de octubre se celebró en Budapest un congreso con representantes de dichos Consejos y Comités, para definir las directrices del nuevo gobierno. Entre las principales peticiones se encontraban:

– Desarrollo de la industria ligera y cese de la colectivización de la agricultura.

– Liberación del comercio minorista.

– Disminución de impuesto y aumento de salarios.

– Autonomía obrera en las fábricas.

– Salida de las tropas soviéticas acantonadas en el país.

A pesar del creciente apoyo que comenzaba a ganar el nuevo gobierno húngaro, las reformas no eran del agrado del poder soviético, que veían en las mismas un peligro para su dominio en el país. A pesar de ello los soviéticos se mostraban cautelosos ante la situación, pero ante el anuncio del gobierno húngaro de empezar a considerar su salida del Pacto de Varsovia, los altos mandos soviéticos aprobaron la intervención de emergencia en Hungría, a la que se denominó “Operación Torbellino”, que inicio del día 4 de noviembre en la madrugada.

A pesar de las escasas defensas con que contaba el débil nuevo gobierno, los obreros organizados junto a estudiantes y campesinos dieron muestras de fuerte resistencia en varias partes del país, fundamentalmente en Budapest donde en algunas zonas se continúo luchando hasta el día 11 de noviembre, cuando los últimos reductos de la resistencia Húngara se rindió. En este contexto y como última esperanza para salvar la insurrección, millares de obreros se lanzaron a las calles en huelga general, que daría hasta enero de 1957, donde la fuerte represión acontecida después de dichos acontecimientos logró retomar el orden en el país.

Cerca de 5000 húngaros murieron, en esos días, entre ellos casi 2500 en los combates contra la invasión soviética, igual número en la represión desatada días después. Imre Nagy y sus colaboradores fueron encarcelados y llevados a Rumanía, para luego volver a ser traídos a Hungría, acusados de traición y ejecutados a mediados de 1958.

Durante muchos años en el campo socialista, se debatía de la dimensión y del sentido de dicho acontecimientos, aunque los mismos trataron (con cierto éxito) de ser invisibilidades por el gobierno soviético. Revolución o Contrarrevolución, es una disyuntiva que aún hoy crea conflicto para los que desde la izquierda nos acercamos a dichos acontecimientos.

Está comprobado la mano de los servicios de inteligencia occidentales, así como la de la Santa Sede en planificaciones en contra del gobierno “comunista”, pero el desenvolvimiento de los hechos demostró que no fueron ni las organizaciones Demócratas-Cristianas (apoyadas por el Vaticano) ni las organizaciones formadas por antiguos miembros del régimen húngaro de la segunda guerra mundial (apoyadas por occidente), las que llevaron el peso de los acontecimientos allí ocurridos. Los obreros húngaros, el estudiantado y parte de la intelectualidad revolucionaria fueron los grandes protagonistas de esta gesta y fueron también los que más caro pagaron su rebeldía.

Tomado de: La Trinchera