Proyecto Constitucional: ser y parecer

Por: Alina B. López Hernández

“Lo esencial es invisible a los ojos”, dice el adorable Principito de Antoine de Saint Exupery. “Quien lleva mucho dentro necesita poco afuera”, aconsejaba Martí a la pequeña María Mantilla. “Es mejor ser que parecer”, reza un antiguo proverbio. Frases ciertas. Pero lo que es una verdad para la literatura, la moda o la vida, puede no serlo para la política. En política nada debe ser invisible a los ojos, se necesita por igual adentro y afuera; en fin, hay que ser y parecer.

Una constitución confeccionada por el pueblo debe parecer eso y no otra cosa. No basta con un equipo de 13 que elaboró el Anteproyecto de Constitución durante varios años, una comisión de 33 que la revisó y transformó durante pocos meses, un buró político que la analizó por cuatro días, y una Asamblea Nacional de 605 diputados que la debatió por apenas un día y medio.[1]El pueblo, en cada uno de sus ciudadanos, debió ser protagonista del proceso desde su génesis. Nuestros criterios debieron emerger desde el primer momento y más cuando se trata de una reforma total de la Constitución vigente. La rauda aprobación del documento por la Asamblea da la sensación de una barrera entre los dirigentes (políticos y diputados) y los ciudadanos. Incluso, la anunciada y posterior consulta popular desconoce la participación de la ciudadanía como activa y solo le confiere un papel secundario y casi ritual.

Una escueta nota de la Agencia Cubana de Noticias informaba: “Las diez Comisiones Permanentes de la Asamblea trabajarán a puerta cerrada desde hoy miércoles hasta el viernes, antes de la plenaria —prevista del 21 al 23 de julio— donde se debatirán las actualizaciones de la Carta Magna vigente”. Esta actitud, que separó los debates de la Asamblea del pleno conocimiento y la participación popular directa, al televisar solo algunos resúmenes, contrasta con otros procesos constitucionales en nuestra historia.

La Asamblea que conformó la primera constitución republicana, de 1901, trabajó durante largos meses. Las sesiones fueron intensas y la mayoría públicas. La presencia de espectadores sirvió de caja de resonancia para los debates, efectuados en el teatro Irioja, actual Martí. El público que asistía desde palcos y balcones, participaba aprobando o condenando las intervenciones de los constituyentes. Muchas veces el Presidente de la Constituyente tuvo que amenazar con expulsar a los presentes por las manifestaciones de apoyo o rechazo a alguna intervención.

La prensa también fue protagonista activa, y daba a conocer tanto las opiniones de los políticos como las de los lectores. Publicaciones como el Diario de la Marina, La Lucha, La Discusión, Patria, el estrenado El Mundo, y otros de la capital y del resto de Cuba ofrecían resúmenes diarios de lo discutido en la convención. El periódico La Discusión, por ejemplo, en su sección “Asamblea Constituyente”, publicaba un resumen de los debates de la noche anterior.

Las cartas y telegramas sobre el tema inundaron los periódicos, muchas veces con copia a la Asamblea. De esta forma, la construcción de la Constitución que normaría la vida republicana fue calando en la opinión pública como ejercicio ciudadano, abierto al debate, en el que de una forma u otra pudo participar buena parte de los cubanos interesados en los destinos de su patria.

El proceso que dio lugar a la Constitución de 1940 fue muy superior. Había existido una revolución de por medio. Las sesiones también fueron públicas y la prensa seguía cada día lo acontecido, entrevistaba a ciudadanos, políticos, intelectuales y especialistas en Derecho. Sin embargo, lo que distinguió a este período de debates fue el rol desempeñado por la radio, que vivía su época de oro.  Esta tuvo el derecho a transmitir, a micrófono abierto, todas y cada una de las sesiones de la Asamblea Constituyente. El propio Partido Comunista, recién legalizado, la apreciaba como el medio de propaganda por excelencia, pues: “la Radio, cuya baratura la pone hoy al alcance de las familias más modestas, llega diariamente a todos los rincones de un país, desde el palacio de un millonario a la choza de un pastor”.[2] Y a todos los rincones de Cuba llegaron las controversias de la Asamblea Constituyente. Por si fuera poco, en los parques de poblados, pueblos y ciudades, fueron ubicados altoparlantes para que los ciudadanos pudieran escuchar la programación radial que informaba, minuto a minuto, de los debates.

La riqueza y seriedad de las discusiones, unidas a la preparación teórica y jurídica de los delegados puede constatarse por cualquier persona que solicite el Diario de Sesiones de la Asamblea Constituyente de 1940, dos enormes tomos disponibles en muchas bibliotecas de Cuba.

Es cierto que la Constitución vigente desde 1976 no concibe una Asamblea constituyente, y determina como único órgano con capacidad legal para esto a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Aun así, no se justifica que las dos constituciones elaboradas en la República burguesa, con tener ese carácter, parecieran más cercanas al pueblo que el actual proceso de gestación de una Constitución socialista. Como afirmara un especialista en Derecho Constitucional: “lo más importante es colocar al pueblo en el lugar de la decisión, no solo final, sino en todos los momentos del proceso de creación, porque esta será la garantía de la legitimidad de la constitución y de su armonía ética con las aspiraciones sociales de la mayor cantidad de personas posibles”.[3]

En una época en que la revolución de las comunicaciones ha convertido al mundo en una aldea global no se necesitaría abrir, literalmente, las puertas del parlamento, ya bastante hacinado. Habilitar altoparlantes y radiar las sesiones sería un anacronismo. Sin embargo, televisar todas las sesiones en vivo; publicarlas en los sitios de internet; habilitar telefonos y un sitio web para que el que desee pueda votar, párrafo a párrafo, en tiempo real, (como se hace con los Premios Lucas, o en Telesur) y constatar los resultados de la votación también en tiempo real, o proponer modificaciones; esos serían mecanismos actuales que podrían lograr que nuestra nueva Constitución no solo sea, como nos juran, del pueblo y para el pueblo; sino que también lo parezca.

[1]Pues de los cinco días en que sesionó la actual legislatura se dedicaron dos al estudio individual de los diputados, además de que se trataron cuestiones internas, se informó sobre la liquidación del presupuesto del Estado del año 2017, se presentó el nuevo Consejo de Ministros y se hizo una extensa presentación del Anteproyecto a la propia Asamblea.

[2]Juan de los Ríos: “Arte y Política”, en Noticias de Hoy, 15 de mayo, 1940.

[3]Julio A. Fernández Estrada: Una constitución a la medida del futuro, https://cubaposible.com/una-constitucion-la-medida-del-futuro-nuevos-derechos-nuevas-instituciones-nuevas-utopias/