El encendido del motor pequeño

Por: Mario Valdés Navia

Los acontecimientos del Día de la Santa Ana de 1953 en Santiago de Cuba fueron un momento de continuidad y ruptura en el movimiento revolucionario cubano, continental y mundial como pocos. Aquellos disparos, que primero fueron confundidos con una trasnochada tanda de voladores, marcaron para la cultura política cubana el rescate de los proyectos de insurrección revolucionaria de la Joven Cuba que habían quedado pospuestos con la muerte de Guiteras en El Morrillo.

La entronización de la dictadura militar con el golpe de estado de Batista que puso fin a la crisis del autenticismo eran la demostración palpable de que la razón de las armas volvía a la orden del día en la historia cubana y, cuando se disipó la confusión inicial de que los guardias se estaban matando entre ellos, Fidel y sus guerreros aparecieron ante los ojos atónitos del pueblo como personajes saltados de las páginas de los libros de historia.

Esta representación social casi inmediata del 26 de julio fue posible porque para aquellas generaciones de cubanos la historia patria estaba viva y era un referente obligado en las aulas escolares y en las conversaciones cotidianas, mientras que sus protagonistas más recientes -los hombres de la Revolución del 30 y los ortodoxos- andaban por las calles y los subversivos e inconformes sabían comunicar sus diferentes puntos de vista sobre la realidad del país, de manera abierta y clandestina, en dialogo permanente con la población, aún a riesgo de sus propias vidas.

La grandeza de Fidel fue tanto en lo táctico, como en lo estratégico. En lo primero porque fue capaz de organizar un movimiento de liberación de carácter nacional en total clandestinaje, sin que los sabuesos de la tiranía tuvieran la más remota idea de la magnitud de lo que se preparaba. Téngase en cuenta que más de mil hombres estaban listos para sublevarse el 26 de julio en todas las provincias del país: organizados, entrenados y preparados psicológicamente tras meses de entrenamiento militar y adoctrinamiento político.

No obstante, a pesar de lo meticuloso del plan de operaciones, los acontecimientos del día se volvieron una catástrofe desde el primer momento en que aquella suspicaz guardia cosaca palanqueó sus fusiles, Fidel les lanzó el carro y el tiroteo se generalizó sin que los asaltantes pudieran franquear la entrada principal. A partir de la pérdida del factor sorpresa ya la suerte estaba echada. Las ráfagas de la calibre 50 de Coroneaux –quien caería años después como un héroe del Ejército Rebelde en el enfrentamiento a la ofensiva del ejército contra la Sierra Maestra- terminaron por impedir la ocupación de la fortaleza.

Pero el desastre pudo ser mucho mayor si en la vorágine de la retirada el valeroso jatiboniquense Ricardo Santana Martínez –entonces camagüeyano, ahora espirituano- no se percata de la falta del jefe y regresa en su carro para evacuarlo cuando Fidel se batía, prácticamente solo, ante el avance de los soldados eufóricos.

Lo históricamente trascendente del acontecimiento vendría después cuando las fuerzas políticas y los diferentes actores sociales pudieron aquilatar la magnitud de lo ocurrido y tuvieron que tomar partido ante la magnitud de la carnicería efectuada por los esbirros de Chaviano con los jóvenes prisioneros tras la orden del dictador de matar diez asaltantes por cada soldado muerto en combate.

Puestos ante el dilema de “Tiranía, o Revolución” muchos de los partidos tradicionales, se mostraron incapaces de aquilatar el momento histórico y condenaron el asalto como una vuelta a los métodos violentos de los años 30 y 40. Como si el zarpazo del diez de marzo no fuera razón suficiente para que tuviera que hablar, una vez más en la historia de Cuba, el camarada máuser. No obstante la pusilánime actitud de las camarillas, fueron numerosos los hombres y mujeres de filas de aquellos partidos que combatieron con las armas a la tiranía, unos incorporándose al naciente M-26-7, o al DR-13-3 y otros a organizaciones auténticas que también golpearon al régimen aunque con mucha menos fuerza.

Ante la gesta del 26 de julio, la dirección del PSP se mostró sorprendida y contrariada, tras ser apresados por exceso de celo de los esbirros casi todos sus dirigentes que se encontraban en Santiago celebrando el cumpleaños de Blas Roca y nada sabían del plan de Fidel. Su condena al asalto tuvo tanto de ceguera dogmática que lo tildaron de mero putch voluntarista de carácter pequeñoburgués. Cuando uno de sus líderes, César Vilar, exaltó el valor histórico de lo hecho por los moncadistas no dudaron en sancionarlo con la expulsión de las filas del partido. Solo en la época de la contraofensiva estratégica de 1958 fue que asumieron el papel protagónico del Ejército Rebelde y la figura de Fidel en la Revolución Cubana.

Sesenta y cinco años después, los sucesos del Moncada trascienden como el encendido del motor pequeño que echó a andar el motor grande de la Revolución Cubana. El mayor homenaje a Martí en el año de su centenario. Tras ellos, Fidel se convirtió en un líder nacional de la lucha anti-batistiana. Su derrota transitoria sirvió de muestra palpable de cómo la capacidad de resiliencia de un movimiento político de gente firme y decidida, orientado por un liderazgo inteligente y fiel, capaz de cumplir sus compromisos y de ganarse el apoyo mayoritario de un pueblo indomable, puede llegar a convertir el más triste revés en una brillante victoria  estratégica.

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