La historia oficial y la historia patria

Por: Mario Valdés Navia

Si entendemos por historia oficial aquel conjunto de saberes históricos que se enseñan en las escuelas y que constituyen la parte fundamental de la herencia histórica que es trasmitida a la nueva generación y por historia patria el conjunto de resultados investigativos más importantes acerca de la historia nacional, entonces coincidiremos en que es de vital trascendencia para la educación, la ciencia y la cultura nacionales que exista la mayor coincidencia entre ellas.

Realmente es muy difícil que puedan identificarse totalmente ambos saberes, por cuanto la marcha de la investigación suele ser más dinámica y antecede a la plasmación de los nuevos enfoques y sistemas de conocimientos en los planes de estudio y programas escolares. Por lo general, es en el campo de la historiografía más reciente (artículos, ensayos y monografías) y en la enseñanza de postgrado donde comienza este acercamiento, a partir de la plasmación de los nuevos resultados científicos en cursos, entrenamientos y conferencias especiales, y de ahí van descendiendo gradualmente, mediante la labor del maestro, a los demás niveles, hasta la escuela primaria.

En esta distinción tiene un lugar especial la cuestión de las fuentes de que se nutre cada una y sus correspondientes formas de expresión. Así, mientras que la historia oficial parte de verdades sostenidas por textos ya establecidos en la historiografía y se trasmite en libros de texto y manuales escolares, la historia patria vibra y se renueva con los resultados constantes de las nuevas investigaciones que iluminan sus aspectos, aportan enfoques novedosos a partir de la crítica de lo establecido y enriquecen el súmmum de conocimientos con la explotación de nuevas fuentes primarias (documentos recién encontrados, descubrimientos de la arqueología y otras ciencias auxiliares, declaraciones de nuevos testigos, etc).

No menos importantes son las revalorizaciones de los procesos, acontecimientos y figuras históricas que hacen las nuevas hornadas de historiadores, haciendo valer el reclamo del gran Ramiro Guerra cuando sostuvo que “cada generación tiene que volver a escribir la historia”.  En ese sentido quiero traer a colación un tema que atosiga a muchos cuando se aborda la producción historiográfica en cualquier lugar del mundo, pero, en particular, la que se hace en la Isla: ¿puede ser creíble una historia encargada por el Estado a profesionales pagados por instituciones estatales y destinada irremisiblemente a ser publicada por editoriales también del Estado?, en otras palabras: esa historia estatizada ¿es ciencia, o apología?.

A muchos les puede parecer una pregunta destinada a una sola respuesta: si el Estado controla todo el proceso de formación de los investigadores, funcionamiento de las instituciones, acceso a las fuentes y publicación de los resultados, no puede esperarse otro resultado que no sea el ensalzamiento de hechos y figuras del proceso revolucionario y el olvido de todo aquello que no responda a los ideales de la Revolución. Pero no es tan fácil, el grado de cientificidad de las producciones historiográficas no obedece directamente a la postura ideológica del autor; o el origen público o privado de sus fuentes de financiamiento.

Más que la cuestión de los nexos ocupacionales e ideológicos de los historiadores con el Estado, el punto esencial a dilucidar es el de la actitud del científico ante la realidad histórica y el empleo que sea capaz de hacer de sus competencias profesionales: si el historiador se dispone a hurgar en el pasado para comprenderlo y asumirlo honestamente y no para usarlo como mero bastón o denuesto de las realidades actuales, si es capaz de aprovechar los nuevos enfoques, métodos y técnicas de la ciencia histórica, vengan de donde vengan, para ponerlos en función de descubrir e interpretar las huellas del pasado, el resultado científico brotará inexorablemente y servirá de lección e inspiración de los momentos actuales.

A todo esto se debe añadir la cuota de responsabilidad y el probable margen de error inherentes a toda investigación científica. Sin tener en cuenta estos factores y la disposición a correr riesgos, bien poco tendrá que decir el pretendiente a historiador y su contribución historiográfica resultará intrascendente. Mas, estas condicionantes no solo están determinadas por su ligazón al Estado, ya que los historiadores que trabajan financiados por instituciones privadas, ONGs, universidades, etc., también tienen que responder por el uso de los fondos asignados y la calidad de sus resultados, así como resistir las presiones de los financistas, interesados muchas veces en conducirlos a conclusiones ajenas a los dictados de la ciencia.

La Historia como ciencia es una sola, sea positivista, marxista, annalista, cualitativa; oficial o no; cubana o extranjera; lo que la hace válida científicamente es su concordancia con la realidad de una época, del pensamiento y la acción de los hombres y mujeres que la hicieron y su eficaz plasmación en los textos de los que la escriben.