Presagio de bodas

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Los que nos dedicamos a esto de analizar la realidad cubana con el tiempo nos hemos convertido en augures, expertos en leer las señales. Por estos días, las señales parecen indicar que se está generando en las altas esferas de la dirección del país un nuevo consenso, favorable a la aprobación del matrimonio homosexual. Concretamente, son las reacciones que ya han tenido varios grupos religiosos, cuyo contacto asiduo con el gobierno es conocido, lo que nos permite pensar que hay algo de base en esta hipótesis. Lo que se viene diciendo es que la nueva constitución va a abrir el camino para que más tarde ocurra la esperada aprobación.

Esto es una buena noticia. Nunca está de más que se dé un paso hacia la convivencia civilizada con las diferencias. En caso de que se materializase la medida, Cuba podría colocarse realmente entre las naciones que más han avanzado en el reconocimiento a los derechos de la comunidad LGBTIQ. Pero además podría ser una buena ocasión para poner sobre la palestra el estado real en que vive esa comunidad en nuestra sociedad, que no es precisamente color rosa.

Desde hace algún tiempo, el tema del matrimonio homosexual ha motivado las más apasionadas controversias. Mi punto de vista personal es que todos deberían cuestionarse la pertinencia de mantener y validar la institución del matrimonio en los tiempos que corren. Es una ironía que justamente ahora, que tantas parejas heterosexuales se deciden a vivir sin papeles ni rituales de por medio, sean los homosexuales los que comiencen a casarse en masa. Siempre me ha parecido anti-romántica la ceremonia del matrimonio que instauró el cristianismo, y únicamente justifico esa forma de unión porque en la sociedad moderna es una forma de proteger legalmente a los seres queridos. Sinceramente, solo me han cautivado las fiestas paganas, tal y como las he visto representadas en la literatura y el cine.

Pero si dos personas del mismo sexo quieren casarse, están en su derecho. Después de todo es su vida. Muchos desean hacerlo y es natural, dada nuestra cultura. El matrimonio es visto como una forma de dar reconocimiento social a una unión, algo muy valorado dentro de un grupo tan vulnerable como ese. Sin contar con que sencillamente todos crecimos viendo películas cursis que terminan con una boda, y son muchos los que hallan romántica la idea, sin importar la orientación sexual.

A pesar del hermetismo que rodea el contenido del anteproyecto, hay señales positivas en cuanto al matrimonio igualitario, pero debemos tener cuidado de no caer en triunfalismos y convertirlo en un nuevo plan de la economía. Contrariamente a lo que muchos creen, muchos homosexuales ni siquiera creen que el matrimonio sea el problema fundamental. Existen otras cuestiones que merecen ser atendidas, y que podrían quedar opacadas por los fuegos artificiales de la dichosa aprobación, como por ejemplo la vulnerabilidad social de la comunidad LGBTIQ. Es sabido y está ampliamente documentado que en Cuba se da una mayor incidencia de casos de abuso dentro de ese grupo. Las personas con identidad sexual no heteronormativa se encuentran más propensas a ser víctimas de la violencia, padecer segregación social, contraer VIH, etc. La inclusión no puede quedarse en un papelito firmado, sino que debe hacerse real.

Ya hace casi dos siglos Marx escribió un texto llamado La cuestión judía, en el que habló de la diferencia entre la mera emancipación política y la emancipación humana. Mientras estén dadas las condiciones para que los homosexuales vivan de espaldas a la sociedad, adoptando conductas lesivas a su dignidad, siendo objeto del desprecio y la segregación social, de nada servirán leyes ni bodas, que se quedan en un aspecto meramente formal. La comunidad LGBTIQ debe incorporarse como agente de pleno derecho en la vida social, de un modo práctico.

La Revolución Cubana estuvo guiada por los valores ilustrados de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre todos los seres humanos. Es cierto que en los años sesenta, con el ascenso de la moral revolucionaria hubo también un reforzamiento relativo del patriarcado. En aquellas condiciones, bajo el acoso continuo del imperialismo, se desarrolló un ideal espartano de hombre revolucionario y de mujer revolucionaria, que no dejaba espacio para nada intermedio. Se cometieron muchos excesos. Pero, con los años, ha visto la luz la verdadera posición revolucionaria con respecto al tema, la única coherente con la sustancia de la Revolución.

En este oficio de augur se aprende que algunas veces las señales engañan. Esperemos que no ocurra esta vez, y que para el año que viene tengamos un montón de casorios por aquí.

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