Lo inevitable de lo privado

Por: Miguel Alejandro Hayes

El triunfo de la Revolución cubana marcó la posibilidad de una nueva forma de organizar el país. Una de las primeras medidas fue la nacionalización y expropiación de empresas extranjeras para alejar al capital imperial. La burguesía nacional, torpe y sin conciencia de clase, no supo aprovechar esto.

Durante el primer quinquenio de Revolución, el incipiente Departamento de industrialización[1] y el INRA, tuvieron que hacer esfuerzos titánicos por llevar adelante un país -industrial y comercialmente- casi detenido por la fuga masiva de capitales. No faltó, poco después, que esa pequeña burguesía no comprendiera la gran oportunidad que tenían con la expulsión del capital extranjero, y arremetieron contra el proceso revolucionario, a lo que se respondió con una excesiva “nacionalización”. Desde entonces, también hubo  que construir el socialismo con chinchales[2] estatales.

Aquello que parecía ser una mera medida coyuntural para dar salida al desabastecimiento generado por pequeños propietarios, terminó -como muchas cosas temporales- prolongándose en el tiempo. Si bien esto no fue el único factor, contribuyó enormemente a ese resentimiento arrastrado hasta hoy hacia la pequeña propiedad privada y su burguesía.

Sin embargo, más allá de la condena moral a la propiedad privada -la pequeña- este debate no cabe en un blog y considero que muchos no están preparados “ideológicamente” para enfrentarlo, va siendo hora de pensar en los condicionamientos y necesidades históricas que la generan y la fomentan.

Si se desea explicar la aparición de ciertos fenómenos-tendencias-políticas en Cuba, hay entonces que profundizar más y llegar a un por qué. Si apareció la propiedad privada, guste o no, sea para lo que sea, por algo fue. No se trata de que el gobierno y sus lineamientos lo permitieran. Estos solo terminaron por reconocer –legalizar- una parte de aquellos negocios privados que venían existiendo: paladares, cafeterías, profesores, cuidadoras, etc, porque era mejor reconocerlos y que aportaran a la economía del país que apasionadamente negar su existencia y necesidad.

Ya que no fue una fuerza política externa quien lo hizo, entonces hay que resignarse a que fue la propia dinámica social interna, sus necesidades y contradicciones quienes condicionaron a esa propiedad privada. El sector de los servicios, restauración, alquiler, entre otros muchos, cargaban a la contabilidad estatal de salarios y baja rentabilidad (por corrupción o falta de motivación de los trabajadores generalmente). Lo más natural, era que esos pequeños negocios que han sido privados tradicionalmente, volvieran a serlo.

El estado cubano mejoraba sus cuentas por un lado: no gastaba salarios e ingresaba impuestos. Es decir, el estado se ahorra más de un millón de sueldos a la par que se complementaba la economía (ejemplo, las habitaciones en el turismo). Así, ineficiencias del sector estatal, terminaron por ceder a esa propiedad privada. A diferencia de los 60, ahora nuestra burguesía naciente supo aprovechar la oportunidad de ocupar un espacio.

Si hoy el régimen de producción de propiedad privada explota -en un sentido de alta carga de trabajo- fuerza de trabajo, ha sido porque el sistema de regulaciones estatales no han sabido dejar bien claras las reglas del juego para esto, y se lo han permitido.

No hay que ser marxista, desde Smith y hasta Robert Reich, no es un secreto que el estado debe crear -y crea- el marco regulatorio al mercado y a la propiedad. Nuestra propiedad privada, su evolución y fuerza, ha sido responsabilidad de las políticas que se le han aplicado, es decir, las regulaciones nuestras se lo han permitido.

Su existencia -si se quiere culpar- debe apuntarse a la ineficiencia en nuestra producción que le abrió paso. Si se quiere que desaparezca lo privado, deberá pensarse en cómo hacer a propiedad estatal más eficiente.

El poder económico de la clase burguesa cubana -representante de la pequeña propiedad privada- que ha alcanzado hasta hoy, ha sido por esa mala gestión estatal, y no precisamente porque se hayan agrupado y consolidado como clase. Hacerle la guerra moral, no es más que atacar a los propios errores cometidos en su conducción dentro de la construcción de la sociedad socialista de quienes institucionalizan y administran en la sociedad. Cualquier juicio debe tener en cuenta lo que la hizo necesaria y lo que la favorece.

No creo que a la pequeña burguesía le haga falta agruparse y consolidarse como clase y tener su expresión como fuerza política –aun-, porque ya hay quienes hacen ese trabajo por ellos -a veces sin darse cuenta- cuando diseñan el marco regulatorio y dirigen empresas estatales ineficientes.

De todos modos, suponiendo el peor de los casos, la pequeña burguesía suele aliarse con las izquierdas cuando se fortifica como clase política, luchando casi siempre contra los grandes monopolios y por la restauración de lo que llaman libre competencia. El estado de estos dos elementos, dirá mucho sobre cómo será la lucha política de esa propiedad privada en Cuba.

[1]Posteriormente pasaría a ser Ministerio de Industria

[2]Expresión usada por el Che para referirse a los pequeños negocios. Este afirmó que el socialismo no se hacía con esos chinchales.

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