Mano de obra en Cuba

Por: Mario Valdés Navia

A pesar del auge de la robótica y la quimera futurista de las IA`s nada ha podido sustituir a la fuerza de trabajo como elemento activo y primario de la producción y los servicios, desde las simas del mar hasta la exploración espacial. En todos los  países su nivel de explotación es un indicador por el que se vela cuidadosamente.

Desde el punto de vista humano, la existencia de una permanente sobrepoblación obrera, a merced de las necesidades cambiantes del capital, constituye una afrenta burguesa a la dignidad humana y una muestra de cómo el obrero constituye un apéndice de la máquina y no al revés. Por eso, al  triunfar gobiernos de vocación socialista  es natural que se tomen medidas para garantizar el pleno empleo y ahí aparece un nuevo problema: no es lo mismo tener a todos los obreros empleados que ocupados.

En el caso cubano, con una economía subdesarrollada y bloqueada, junto a un monto anual de inversión muy deprimido, la situación está como para ponerse a pensar hasta que los axones nos echen chispas. Veamos algunas aristas de la cuestión. A inicios del Proceso de Actualización (2006-2008) –por cierto: ¿alguien puede decirme cómo va eso?− se planteó que sobraba un millón y medio de trabajadores y que se haría un proceso de ajuste para dejar solo los necesarios según la lógica empresarial. Diez años después el ímpetu de aquellas proclamas se ha enfriado. Es que aplicar tal política masivamente rompería uno de los pilares del contrato social en el socialismo real.

Ocurre que cuando se establece este modelo los trabajadores empiezan a recibir determinados beneficios: educación y salud gratuitas, seguridad social para todos, igualitarismo, precios bajos y estables y, como pilar central, la garantía del pleno empleo. A cambio de sus derechos políticos enajenados por la burocracia hegemónica y su escasa participación real en la toma de decisiones, adquieren el derecho a gozar de esos privilegios paternalistas.

Por eso es que en la Cuba de los 90, ante la debacle del Período Especial y la decisión mayoritaria de preservar las conquistas del socialismo, fue esa una de las preservadas. No hubo más remedio político que mantener ocupados y asalariados a millones sin empleo real, aunque el valor del peso cayera por debajo del kilo. No obstante, hoy la situación no es ya la misma que hace veinte años pues se ha venido trabajando desde hace rato, pero ahora salen a la luz otras contradicciones.

En lo teórico, la decisión de buscar una eficiencia económica nunca antes lograda, plasmada en los Lineamientos del VI Congreso PCC (2011) y ratificada en el VII como “Lineamientos 2016-2021” y “Plan 2030”, pasa por la extensión de la lógica del capitalismo de estado que impregna desde hace un buen rato a su primo hermano: el socialismo de estado, lo cual implica emplear solo la fuerza de trabajo que requiera la empresa. De ahí la proliferación de las largas listas en las bolsas de empleo del turismo, mientras los aspirantes siguen con sus ocupaciones habituales.

En la práctica ha sido muy positivo el incremento sostenido de los empleados en el sector privado/cuentapropista y el cooperativo, los que ya asumen a más de medio millón de trabajadores provenientes del sector estatal. Pero este mecanismo puede ser un arma de doble filo pues los que se van para estos sectores –igual que los migrantes económicos– no se van porque sobraron, sino porque son de los mejores trabajadores de las empresas afines y migran en busca de mayores ingresos.

Por otra parte, permanecen en el limbo las soluciones ocupacionales para los sectores de la educación, cultura y administración pública –con el pretexto ominoso de que no producen− donde los incrementos salariales han sido mínimos y no se cierra el drenaje de sus plantillas hacia otras ramas de la economía cubana, o planetaria. Allí la problemática es crónica y poco falta para que empiecen a colapsar instituciones por la falta de mano de obra.

Un elemento archiconocido pero al parecer intocable es el de las trabas burocráticas en el tema de los empleos y los salarios. Ejemplo de ello es que empresas extranjeras hayan traído trabajadores indios para construir en Cuba, ante la mirada atónita e indignada de obreros y transeúntes, por los problemas que les acarrea la contratación de trabajadores cubanos.

En este entorno se hace necesario, además del añorado fin de la doble moneda y la subcontratación del personal cubano por entidades mediadoras, una nueva política salarial de país, moderna y uniforme, que ponga fin a experimentos absurdos y parcializados a nivel de empresas y sectores, guiados por la lógica capitalista más elemental. Asimismo, el incremento de las pymes –estatales, cooperativas y privadas− que, en toda América Latina, proliferan en la agricultura, la industria y los servicios. Porque al final estas emplean muchos más trabajadores que las grandes inversiones del capital trasnacional que, por demás, nunca acaban de venir.

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