La preocupación del servilismo

Por: Miguel Alejandro Hayes

En una ocasión le preguntaron a Marx por el defecto que más despreciaba en los hombres. Sin dudarlo dijo que el servilismo. De seguro esa idea no era una simple delicadeza personal sino que él entendía lo dañino que puede ser el servilismo al pensamiento revolucionario, sus críticas a aduladores como Pieper y Lassalle son prueba de ello. Sin embargo, cuando el servilismo trasciende más allá de un hombre y es característico de una sociedad, es mucho peor, porque una sociedad donde impera el servilismo está muy lejos de ser revolucionaria.

Vale recordar un clásico del pensamiento latinoamericano: El hombre mediocre, de José Ingenieros. Con su ayuda podemos dibujar una pequeña descripción -lo más fiel posible- sobre una sociedad inundada de servilismo. Las comparaciones, si bien cuestionables cuando se traen de los pelos o se busca generalizar fenómenos complejos, son extremadamente útiles para encontrar regularidades históricas, analicemos con ese espíritu:

Es usual  que se comience a fomentar el servilismo en condiciones donde la sociedad ofrece ciertas ventajas universales a sus miembros. Muchos aceptan estas a cambio de algunas renuncias a otros elementos que se creen característicos de otras sociedades.

Existe un guardián del orden -al parecer servil- al que solo le basta con la condescendencia pasiva de sus miembros, con sus almas de siervos. La auto-domesticación facilita la lucha por la vida de estos últimos.

Empieza a florecer la burocracia. Esta teme al digno y adora al lacayo. El miembro ejemplar y destacado de esa sociedad es muy fácil de describir: está bien domesticado, o mejor dicho, es un buen siervo.

Ese hábito de servidumbre se revela como una ideología: la de la domesticidad, que sabe disfrazarse de correcta ante los demás y enjuiciar sin importar si son artistas, intelectuales o pueblo en general.

Predomina el respeto a las jerarquías, la disciplina ciega a la imposición, el homenaje decidido a todo lo que representa el orden vigente, la sumisión sistemática a la voluntad de los poderosos; en fin, predomina todo lo que refuerza  la domesticación, el servilismo.

Dentro de todo eso –claro- que no pueden faltar los hombres que tienen esa síntesis en su comportamiento[1]: el carácter. Pero es muy difícil que estos sean mayoría, porque al parecer donde hubo esclavos, se reproducen más fácilmente esos caracteres serviles. El tiempo y el ejercicio adaptan a la vida servil. Esa mala costumbre de obedecer genera una mentalidad doméstica.

Esas inclinaciones serviles por desgracia, son bien vistas entre cierta burocracia, que consideran al servil superior al digno. Los primeros, logran que sus voluntades claudicantes sean toleradas: su servilismo lo ocultan con esas acciones insignificantes de la vida cotidiana, pero cuando hay situaciones donde son obligados a buscar una solución, se agita la personalidad y se revela el siervo interior.

No obstante, aquel de carácter debe cuidarse. Cuanto más peligrosa es la verdad que dice,  más difícil será volverla a pronunciar; y es normal que sea así, porque en los mundos cargados de hipocresía, mucho se  conspira contra las virtudes civiles.

El guardián está siempre esperando por la ovación de los ungidos, con su arma filosa para agredir a un nuevo rebelde que anuncie herejía. La falta de tolerancia, lo describe.

Para los adoradores de las condiciones imperantes en la sociedad -que son otra de las clase serviles-, no falta la felicidad. Los adulones exhiben su domesticidad y afirman estar orgullosos de ella, en cada acto, en cada manifestación. No hay servidumbre legal, pero muchos hombres se auto-convierten a esta voluntariamente.

Si el guardián o sus sombras inferiores -otra clase de serviles- cometen lo inmoral, deberá ser olvidado por todos. Si  aquel del carácter intenta un acto heroico, será acusado de ególatra.

Las sombras buscan con mucho anhelo a gente firme, a pensadores e intelectuales libres, sin perdonarles el lujo del criterio propio. Lo hacen con más rigurosidad que el mismo guardián.

Como punto cumbre, esto puede acentuarse de tal forma que el hombre digno sufrirá del envilecimiento colectivo.  Para ese escenario, puede pensarse que los mediocres servilistas están llegando a sus extremos.

[1]José ingenieros asume una visión del carácter donde lo considera una síntesis de muchos factores internos.

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