El ocio de la tierra

Por: Mario Valdés Navia

Los espirituanos formamos un pequeño género humano que se caracteriza por muchos atributos, pero el más llamativo es la mezcla de  urbanismo y ruralidad que siempre nos acompaña. A pesar de tener más de 500 años, Sancti Spiritus es una ciudad donde el campo está tan presente que vivimos orgullosos de ser guajiros. Por eso me duele tanto ver tanta tierra desatendida por todo el país y dejada a merced de su hado protector: el marabú, en medio de tantos llamados infructuosos a alcanzar la soberanía alimentaria.

Lo peor es que hace 189 años, en 1829, ya el Segundo Descubridor de Cuba,  Alejandro de Humboldt, se había quejado del problema y advertido la gran contradicción que aún encierra: “nos encontramos con una importación anual de comestibles de siete y medio millones de pesos que exige anualmente al comercio exterior una población de menos de un millón de hombres libres, colocada sobre el suelo más fértil, y el más capaz, por su extensión, de alimentar a una población por lo menos seis veces más considerable.”

La persistencia histórica del problema tiene varias causas pero una es sostenida: el predominio del latifundio. En toda nuestra historia su tendencia ha sido cada vez más creciente: en la colonia fueron las plantaciones esclavistas; en la república, las grandes propiedades de los monopolios azucareros yanquis y los terratenientes criollos y en la Revolución, la consolidación de las inmensas granjas/planes estatales que unificaron decenas de fincas y colonias en inmensos latifundios socialistas.

El pensamiento económico cubano ha estudiado este fenómeno desde la colonia hasta nuestros días pero, siendo optimistas, vale decir que el cuartico está igualito. Desde José A. Saco, F. Frías, R. de la Sagra y R. Guerra, hasta el investigador actual Armando Nova González, los estudiosos han revelado sus insuficiencias y mostrado el modo de superarlo que es común para todas las épocas: sustituir el paradigma latifundista por el de la mediana y pequeña producción, diversificada, tecnificada y ecológicamente sustentable.

Pero parece que los intereses de los grandes propietarios se han mostrado siempre más fuertes que los argumentos de sus detractores. En la etapa socialista, la decisión de no repartir las tierras nacionalizadas con las leyes de reforma agraria de 1959 y 1963, sino mantenerlas unidas en granjas estatales tipo sovjoses, para dedicarlas a la producción extensiva, fue el germen del nuevo latifundio. Sus extensiones se ampliaron  posteriormente con la política anti-ecológica del desmonte masivo para ampliar las tierras de labranza, a lo que se sumó el proceso de cooperativización, reforzado a partir de los 70, que condujo a la creación de CPA tipo koljoses, algunas muy productivas y otras ya desaparecidas.

Desde que se inició la Actualización se planteó la necesidad de entregar tierras ociosas a los cubanos que quisieran trabajarlas –no dudo que en cualquier momento se apele a colonos extranjeros, como era común en otras épocas− y se emitió el decreto-ley 259 que permitió entregar más de un millón de hectáreas a productores familiares. El proceso ha sido lento y cargado de trabas pues se inició sin suministros, créditos, ni compras mayoristas, cuestiones que ya se han introducido parcialmente de tal forma que sus frutos son evidentes en varias ramas y regiones del país.

Pero lo peor es que queda más de un millón de hectáreas ociosas por distribuir y no se puede hacerlo porque las empresas propietarias no las entregan ni con los guardias. Esta paradoja de índole kafkiana no ha podido ser superada ni por los ucases de la alta dirección del país en los eventos más importantes, ni por la apelación patriótica a la seguridad alimentaria como un componente estratégico de la seguridad nacional.

Todo parece indicar que hará falta una tercera ley de reforma agraria que le arrebate las tierras ociosas a los grandes propietarios actuales, o en cualquier momento aparecerá una versión cubana del MST que empezará a auto-apropiarse de las excelentes tierras que las grandes empresas acaparan para sí. Sospecho que esto se debe a que quizás se enteraron de que el marabú entró a Cuba como planta ornamental y consideran que así coadyuvan a adornar las márgenes de nuestra autopista nacional y, de paso, evitan el ocio de la tierra.