La Bastilla ideológica

Por: Alina B. López Hernández

Aunque me gustaría, no suelo responder a los comentaristas de LJC, no dispongo del tiempo y las posibilidades de conexión que me lo permitan; sin embargo, leo siempre con atención sus criterios. Con algunos concuerdo, con otros no, agradezco en lo interno el respeto con que me trata la mayoría de ellos. Eso es lo normal. O debería serlo. Hoy me siento obligada a hacer una  excepción.

En el trabajo Amigos sin barreras, alguien que se refugia bajo el paradójico seudónimo de Visor cubano motiva estas meditaciones. El referido lector, a todas luces un fraseólogo revolucionario (ningún argumento, postura absolutista, determinaciones rotundas, fe ciega, apelación al principio de autoridad y etiquetas, muchas etiquetas), lanza una serie de acusaciones que son bastante habituales y que no me hubieran movido a escribir una letra.

Por ejemplo, en el campo ideológico soy una “neoliberal” y “simpatizante de la tercera vía”; en el campo intelectual una “ignorante”. Pero seguida a esas denostaciones, y con el mismo desprecio, me atribuye lo que parece ser para él el non plus ultra de las ofensas: la palabra ciudadana.

El Visor quizás desconozca que para llegar a ese estatus que deplora, se inmolaron durante décadas miles de compatriotas de todas las clases y sectores sociales. Ríos de sangre corrieron en esta isla para que los cubanos dejáramos de ser súbditos de una monarquía y nos convirtiéramos en CIUDADANOS de una república.

Así mismo había ocurrido antes en la Francia de 1789. Allí, al grito de ¡Avancez, Citoyens!, marcharon juntos las más disímiles personas: artesanos, panaderos, verduleras, medianos y pequeños propietarios, intelectuales, sacerdotes de las pequeñas parroquias, soldados, mujeres de vida alegre, los sans culottes, que serían en el argot de un fraseólogo “el pueblo en general”. Desconocidos entre ellos, unos ricos y otros pobres, instruidos unos e iletrados muchos; al proclamarse ciudadanos se paraban en pie de igualdad, dignos y desafiantes, frente a la nobleza que los despreciaba.

Una pregunta es crucial para aquellos que tachan de ciudadanos, como si escupieran la más vil infamia, a quienes discrepan de ellos. Si nosotros somos los ciudadanos, entonces ¿quiénes son ustedes? En Francia estaba bien definido, y la historiografía atribuyó el concepto de ancient regimen a la sociedad feudal inmovilizada, empobrecida, llena de privilegios que se transmitían por derecho divino y herencia; minoría selecta que se veía a sí misma cual elite social y que terminó adorando al doctor Guillotín en sus momentos postreros.

¿Quiénes son ustedes que se adjudican esos nombres de estirpe orwerliana como visores, pupilas y observatorios ideológicos? Y sobre todo, ¿a quién representan si no es a la ciudadanía? Deberían ser más prudentes en sus declaraciones, pues pudiéramos pensar que habitan una fortaleza blindada, construida de medias verdades y ocultamientos, privilegios y falsedades, aislada de los ciudadanos; una fortaleza que puede caer y dejar desnudos a sus habitantes, como ocurrió con la Bastilla.

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