Lo que sufrimos los cubanos

Por: Miguel Alejandro Hayes

Por mucho que parezca distante hoy, el periodo especial está ahí. Algunos ya lo olvidaron, otros como yo no lo recordamos, pero pasó. Digo que está no para decir que está aquí (en el presente), sino que es objetivo, histórico, real, ¡ocurrió!

Me han contado tanto que no puedo distinguir donde termina la realidad y donde empieza esa rica mitología popular, donde las cosas se convierten -como diría Eduardo Sacheri– en el recuerdo de un recuerdo. Pero hay algo que sí tengo claro: el cubano pasó mucho trabajo.

De entre las cosas reales, puedo distinguir algún que otro holocausto. El colapso del transporte marcó el uso masivo de la bicicleta (en un país con un buen parque automotriz), y reafirmó las teorías más clásicas de la distribución de la población subordinada al desarrollo de la infraestructura: muchos dejaron o cambiaron de trabajo por las dificultades de transporte.

La crisis de la alimentación, que de seguro habrá por ahí quien la niegue -a lo mejor a ese no le faltó mucho-, aunque no se murió nadie de hambre, si hubo hambre. Me explica mi madre, que ese apetito voraz de la juventud que poseo, no es otra cosa que un gen que “se me activó” durante la etapa tan especial. Sé que tal cosa no es cierta pero sí se ha formado toda una cultura y hábitos influenciados por semejantes vivencias de las que no podemos desprendernos.

¿Cuánto trabajo hemos pasado los cubanos? Ha sido algo casi cíclico en nuestra historia. Primero nuestros nativos, fueron brutalmente exterminados. En la colonia, destaca la Reconcentración, que al terminar la guerra de independencia dejó un país con una población casi exterminada. El punto cumbre de la República neocolonial legó la mitad de un país analfabeto y sumido en la miseria. En revolución, ocurrió esa pérdida de la que se habla en este post.

Todavía veo la foto donde aparecen mi madre y mi padre en la década del 90. Ella con la delgadez-que envidiaría ahora- y él, con ese bigote tan poco poblado -como el mío- y su delgado cuerpo bailando dentro de una camisa. No siento, -como han intentado inculcar algunos en sus discursos-, ningún orgullo nacional de semejante cosa, sino una inmensa tristeza.

Por suerte los tiempos han cambiado, pero como dice Frank: hay que saber mirar hacia atrás. Todo aquello no debe verse como una escuela, como algo que nos preparó para cualquier desafío. Mirar ese pasado no es para dar una lección de auto-castidad revolucionaria, sino para hacer conciencia del peligro que se corre cuando se toman decisiones incorrectas. Digo esto, porque el juego de ir en los hombros del hermano soviético, pasó una elevada factura a la hora de caminar solos: Cuba apenas podía andar.

En realidad, solo recuerdo el periodo especial, para tener presente cómo es que no podemos estar. Lo recuerdo para alimentar un deseo, un sentimiento humanamente político, de que la gente que uno quiere no esté en semejantes condiciones, de nuevo.

Quien intente hacer del sufrimiento del pueblo una “victoria de la Revolución” o de liderazgo, debería sentir vergüenza. No hay que borrar de la historia algo que es parte de nosotros, pero sí es necesario darle el papel que le corresponde dentro de la tradición revolucionaria. Recordar lo que se sufrió es para tener bien claro y pensar, -sin hacer leña del árbol caído-, ese pasado inmediato que por ninguna circunstancia debe repetirse.