Lecciones de tolerancia

Por: Alina B. López

La película Trumbo: La lista negra, es un buen ejemplo del auge de la represión ideológica en EE.UU. La considerada meca de la democracia y la libertad de expresión tuvo en la época de la segunda posguerra su peor momento.

Muchos estadounidenses se habían afiliado a las filas comunistas desde fines de los años treinta y primera mitad de los cuarenta. Eran amplios sectores sociales que sufrieron la crisis económica en la etapa de la gran depresión, que no se habían recuperado totalmente de sus pérdidas y que se sintieron atraídos por una prédica que se despojaba cada vez más del sectarismo original.

Especialmente bajo la dirección de Earl Browder, el Partido Comunista de Estados Unidos asumió una postura que consideraba que el propio desarrollo del capitalismo debería tender a un cambio futuro de sistema por vía pacífica. La colaboración con la URSS en un frente aliado contra el fascismo que logró una contundente victoria, le hizo concebir una actitud que será definida como revisionista poco después por el propio movimiento comunista internacional con centro en Moscú.

La luna de miel de los aliados concluyó casi al mismo tiempo que la guerra, y las tensiones en el ocupado Berlín agudizaron el conflicto. Fue así que aquellos que habían entrado a las filas comunistas norteamericanas empezaron un largo calvario que se extendió por una década, desde 1947 hasta 1957. Miles de personas: docentes, artistas, soldados e incluso funcionarios fueron despedidos, vigilados, obligados a declarar ante la creada Comisión para las Actividades Comunistas.

El solo hecho de una posición ideológica afín al comunismo era motivo para ello, lo que contradecía la primera enmienda de la Constitución norteamericana que proclama la libertad de pensamiento, expresión y asociación. Aun así, desde septiembre de 1947 diecinueve personas fueron citadas a Washington para declarar ante la referida comisión. Era apenas el principio. En 1949 se llegó a hablar de enviar los comunistas a campos especiales. Se hizo famosa en la etapa el eslogan: “El único comunista bueno es el comunista muerto”.

El caso más renombrado por los medios fue el de Los diez de Hollywood, que cumplieron prisión por su ideología. El aludido filme se centra en la figura del guionista Dalton Trumbo, ganador de varios premios Oscar, uno de los reprimidos hasta el punto que no pudo volver a firmar  un guión con su nombre durante casi diez años.

Los diez de Hollywood

Pero al observar la película, al tiempo de conmoverme con los conflictos políticos y humanos que ella denunciaba, no podía dejar de enorgullecerme de la historia de mi país. Cuba, una isla que estuvo durante más tiempo que el continente bajo el absolutismo de una monarquía que no propició en nosotros prácticas democráticas. Que estuvo por casi un cuarto de siglo bajo la impuesta tutela de su poderoso vecino con una enmienda que limitaba su libertad como Estado. Que había sufrido una dictadura desde fines de los años veinte, de la cual se libró con la fuerza de un proceso revolucionario que afectó su constitucionalidad… Era ese país el único de nuestra área en que el respeto a todas las zonas ideológicas pesó más que la geopolítica mundial escindida entre el capitalismo y naciente campo socialista.

En 1948, mientras miles de norteamericanos eran reprimidos por sus ideas comunistas, el vicepresidente del senado de la República de Cuba era el presidente de los comunistas cubanos. Cuando Trumbo y sus amigos estaban en una cárcel y luego tocaban infructuosamente a las puertas de los estudios. En esta isla los comunistas tenían un diario, una revista, una editorial, una librería, una agencia de viajes… Claro que la Guerra Fría se sintió en Cuba, ¿dónde no?, pero jamás llegó a los extremos antidemocráticos que se vivieron en el país norteño.

En 1950, cuando la guerra en Corea exacerbaba aún más la situación de los comunistas norteamericanos y el senador McCarthy  bautizaba un modo de hacer; Juan Marinello, comunista, congresista de la República de Cuba,  hacía una visita al campo socialista y al regreso dictaba dos charlas que fueron recogidas en el libro Viaje a la Unión Soviética y a las Democracias Populares.

Después de todo, los gobiernos títeres de Grau y Prío no lo fueron tanto como repiten los libros de texto. Sería muy saludable difundir esto y hasta quizás realizar una película de esa parte de nuestra historia olvidada. Claro, no sería sobre una lista negra, sino sobre el respeto a todas las ideologías que existió en una isla pequeña, aunque solo en extensión.