El problema de la corrupción

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Para nadie es un secreto que desde hace mucho tiempo la corrupción se ha convertido en un problema grave para Cuba. No resulta fácil olvidar aquel discurso que diera Fidel en el 2005 en el aula magna de la Universidad de La Habana, en el que afirmó que si alguien podía destruir la Revolución éramos nosotros mismos. No muy lejos de aquella fecha, un contingente de trabajadores sociales destapaba la corrupción asociada a la venta de combustible. Sin embargo, no se trata de un problema del pasado: basta con ir a un Registro Civil con la intención de resolver un problema de papeles, para que a uno, a menos que haya tenido la rara suerte de encontrar un funcionario honrado, se le revele el espectáculo de que ciertos individuos, los que pueden pagar, resuelven en un día lo que para otros se demora un mes.

Mucha tinta ha corrido ya sobre este problema. No obstante, en lo que sigue expondré un breve análisis sociológico sobre las causas de la corrupción y sobre las estrategias que se podrían utilizar en Cuba para enfrentarla. No pretendo abarcar todas las aristas de la cuestión, sino tan solo enfocarlo desde determinado ángulo.

I

En las sociedades modernas, la corrupción es un fenómeno endémico. Su existencia, aunque extremadamente multicausal, puede comprenderse como un resultado del proceso de burocratización de la vida. A medida que se fueron complejizando las sociedades, cada vez más los procesos sociales fueron canalizados a través de gigantescas estructuras burocráticas. Esto, a su vez, generó a una clase específica de ser humano, el burócrata, que se encuentra en una situación existencial sumamente peculiar. No se trata aquí de estigmatizar al burócrata, sino de conocer cuáles son las condiciones objetivas y subjetivas que lo predisponen a la corrupción.

Por un lado, el burócrata es parte de una estructura enormemente poderosa, por sus manos pasan decisiones que afectan la vida de muchas personas. A veces, eso se expresa también en la forma de grandes sumas de dinero que deben ser manejadas. El cumplimiento de los objetivos de toda la estructura depende de que el burócrata sea eficaz y se apegue a lo establecido. Por otro lado, se trata de un individuo de proporciones minúsculas si se le compara con la estructura, el cual tiene necesidades que muchas veces no tienen nada que ver con los intereses de la institución. En otras palabras, el burócrata tiene hijos a los que alimentar, mujeres a las que conquistar, bienes que comprar, y muchas veces lo único que lo separa de cumplir sus sueños es alargar la mano para robarle a una estructura fría y despersonalizada, con la que no se identifica. Así comienza la corrupción.

De lo que se trata, en el fondo, es de una gran asimetría entre el tamaño y los ritmos de las instituciones y las verdaderas proporciones existenciales de los individuos que trabajan en ellas. Un campesino que labora en su parcela difícilmente se robará a sí mismo, así como no es muy probable que los miembros de una cooperativa formada voluntariamente jueguen sucio entre sí. Pero un ministerio que agrupa y organiza la producción de toda una rama de la economía es el terreno perfecto para que surja el funcionario corrupto.

Por supuesto, no siempre una gran institución burocrática tiene que funcionar mal, ni tiene necesariamente que estar corrompida hasta la médula. Existen muchos ejemplos de grandes instituciones que funcionan bien. Se podría sacar la conclusión de que, simplemente, se trata de un problema de moralidad. La tentación es grande, sí, pero algunos hombres son ladrones y otros no: asunto cerrado. Pero aquí es donde nos acordamos de un pequeño detalle, la mayoría de los ejemplos de grandes estructuras que funcionan bien nos vienen del primer mundo, de las sociedades que se industrializaron primero. En los países del tercer mundo, vemos como la inmensa mayoría de las instituciones caen carcomidas por la corrupción. ¿Debemos concluir que las personas del tercer mundo, además de ser pobres, tienen una predisposición natural hacia el robo?

Muchas veces se repite sin ser comprendido aquel motivo marxista de que todo proceso requiere de condiciones objetivas y subjetivas. Para muchos es fácil reconocer los condicionamientos objetivos, palpables; no pasa lo mismo con los subjetivos. Lo que se olvida muy a menudo es que para que se desarrolle un proceso social cualquiera, se necesita que los hombres que participan en él tengan una determinada disposición mental. En los países del primer mundo, el proceso de industrialización capitalista creó las condiciones mentales para que las grandes estructuras burocráticas modernas pudieran funcionar. No ocurre lo mismo en los países del sur, donde muchas veces esas estructuras no han surgido por un desarrollo autóctono, sino que han sido trasplantadas.

En el mundo desarrollado, los individuos que forman parte de esas estructuras se encuentran sometidos a los múltiples estímulos de una sociedad completamente disciplinada. Se encuentran bajo la influencia del culto a la eficiencia, una eficiencia que puede ser recompensada con un ascenso a una condición social superior. También se encuentran cercados por el miedo a cometer un error, el error que les puede costar el fin de su carrera. Son estas las disposiciones mentales que hacen posibles y funcionales a las grandes estructuras burocráticas -lo cual no está reñido con que, de todas formas, cada cierto tiempo el sistema falle y alguien cometa un jugoso desfalco-.

En nuestros países del sur, no se ha desarrollado suficientemente el tipo de hombres que se necesitan para el funcionamiento de estructuras burocráticas de ese tipo. En cierto modo, fuimos víctimas de nuestra compulsión de querer hacernos modernos a la fuerza. Caímos en lo que Martí llamó “la falsa erudición”. El resultado fue que nuestros hombres, convertidos en burócratas, no pudieron resistir el peso de la gigantesca asimetría a la que se vieron expuestos. Sociológicamente hablando, nosotros mismos creamos las condiciones para el desarrollo de la corrupción.

Todo lo que hemos visto hasta aquí se aplica también para Cuba, a pesar de las peculiaridades. En nuestro caso, el peso de la asimetría es incluso mayor, justamente porque intentamos construir un sistema socialista que tenía como paradigma la planificación por parte del Estado de todos los aspectos de la economía. El aparato estatal tiene en Cuba un protagonismo y peso específico que no tiene en ningún otro país de América Latina. Queriendo ser más modernos que los modernos, hemos contribuido a la burocratización de todos los ámbitos de la vida. No puede sorprendernos entonces que también nos aqueje el problema de la corrupción.

II

Aquí en Cuba, muchas veces queremos resolver los problemas a lo bruto. Si se descubre una trama de corrupción, pues candela con los corruptos. Pero por más corruptos que se metan a la prisión, si no se atacan las causas del problema este va a seguir agravándose. Se pueden hacer muchas mejoras en la política de cuadros, pero la confiabilidad de la persona nunca va a ser un criterio completamente seguro. Uno nunca sabe si detrás de una apariencia de funcionario responsable, amante de su familia, etc., se esconde o no un individuo lleno de frustraciones y debilidades. Los problemas, cuando son sociológicos, deben ser atacados con soluciones sociológicas.

La cuestión está en que hay un desequilibrio entre el tipo de estructuras burocráticas que tenemos y la disposición mental que genera nuestra sociedad. Para enfrentar ese problema solo hay dos caminos: o crear la disposición mental que se adapte a nuestras estructuras, o crear estructuras que se adapten mejor a la disposición mental existente. Esas son las opciones.

En los primeros años de la Revolución, se esperaba que la disposición mental fuese aportada por aquello que el Che llamaba conciencia. La conciencia, sí, el compromiso con la Revolución fue durante mucho tiempo el principal mecanismo para la creación de las condiciones subjetivas que necesitaba el proceso productivo en Cuba. Todavía podemos ver como en la televisión nos hablan de sobrecumplimientos, emulación, compromisos, etc. Pero esa conciencia no es algo que pueda darse por sentado: si se quiere que pueda ser la base para la creación de una disposición mental adecuada, entonces se la debe alimentar y mantener viva en todo momento.

Se trata de una estrategia válida: crear conciencia para producir una mentalidad en nuestros cuadros que nos permita enfrentar la corrupción. Pero la verdadera conciencia no se crea por decreto ni nace idealísticamente. Tiene que surgir como resultado de una praxis colectiva de lucha revolucionaria. Valdría la pena estudiar los sucesos de la década de los sesenta, la formación del sujeto revolucionario en aquellos años y el modo en que ello sirvió para barrer con los restos de corrupción de la sociedad anterior a 1959.

Pero si no se sigue este camino, sigue quedando la opción de recurrir a los mismos mecanismos que se utilizan en los países desarrollados. Es decir, si queremos tener estructuras burocráticas típicamente modernas y mínimamente funcionales, entonces debemos pasar por un proceso social de modernización. Algo así está ocurriendo en China y en Vietnam. Por ese camino, que no estaría exento de traumas, podría surgir también entre nosotros el culto a la eficiencia y el miedo al error.

En la formación de una nueva disposición mental, no se puede subestimar el papel que puede jugar el miedo en sí mismo. Como se sabe, hasta ahora todas las sociedades humanas han usado la coacción. La corrupción también puede ser combatida de ese modo, pero si se va a hacer así, lo mejor es hacerlo bien. Combatir el problema con fuego, no con campañas esporádicas sino con sistematicidad, hasta que cualquier funcionario se lo piense dos veces antes de tocar lo que no es suyo. Esto por sí solo no va a resolver el problema, pero puede ser una parte de la solución.

Por último, queda la opción de transformar las estructuras sociales para hacerlas más acordes a la mentalidad existente. Se trata de crear instituciones más pequeñas y cercanas a los individuos, con cuyos intereses estos puedan identificarse. Por el camino de la descentralización se le puede poner coto a la corrupción de un modo sumamente efectivo.

Lo primero que se debe tomar en cuenta es que toda red de estructuras burocráticas modernas es un esquema de homogeneidad impuesto a una sociedad que por naturaleza tiende a la reticularidad y la heterogeneidad. Eso es válido tanto para el capitalismo como para los sistemas en transición al socialismo que se han conocido. Todo proceso de modernización es un traumático proceso de destrucción de heterogeneidades. Frente a ese destino, queda el camino contrario, el de crear estructuras sociales más humanas, que le hagan una mayor justicia a la reticularidad y heterogeneidad de la sociedad.

La aparición en Cuba de la propiedad privada y de las cooperativas es sin duda un paso en esa dirección. Comparado con un sistema estadocéntrico monolítico, la introducción de nuevos actores en la economía resulta un avance. Sin embargo, vale la pena añadir que todavía es mucho lo que se puede hacer. Aun se podrían incorporar nuevas formas de economía social comunitaria que son poco conocidas en nuestro contexto. Se podría, además, dar un mayor protagonismo a los poderes locales, los Consejos del Poder Popular. La democracia obrera podría ser fortalecida.

Hasta aquí he intentado, modestamente, aportar algunas propuestas al debate de cómo enfrentar la corrupción. No es mi interés que se siga una de mis propuestas al pie de la letra. De hecho, creo, que lo mejor sería tomar un poco de todas las propuestas. Al final del día, está será una lucha de todos.