Honestidad de la censura

Por: Alina B. López Hernández

He disfrutado siempre la lectura de los epistolarios; cartas cruzadas por personas que seguramente no imaginaban que, siglos más tarde, su intimidad sería develada ante otros que no eran los destinatarios originales. Las cartas tienden a develar ese sentido de época que suele desaparecer con rapidez: ambientes, conflictos, aspiraciones individuales y de grupo. Cuánto me apenan los historiadores del futuro, pues la costumbre de escribirlas se ha perdido en tiempos de Internet.

¿Y a qué vienen estos comentarios, pensarán con razón los lectores de LJC? Es que no puedo dejar de compartir con ustedes las opiniones que me ha suscitado una excelente selección de cartas –cuya edición realizo– que fueran enviadas y recibidas por el poeta, ensayista y dramaturgo matancero José Jacinto Milanés (1814-1863)

Sus interlocutores eran Domingo del Monte, José Antonio Echeverría, Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero, los hermanos José Zacarías y Manuel González del Valle, Cirilo Villaverde… en fin, una generación intelectual que, en el siglo XIX, gestó la literatura y la historiografía que pueden ser denominadas genuinamente cubanas. Pero lo que llamó mi atención es el modo en que se referían al mecanismo de censura habitual en la etapa.

La censura era obligatoria, y se ejercía tanto para representaciones teatrales como para obras literarias, la denominada censura de imprenta. Una vez censurados los textos, sus autores debían eliminar de aquellos todo lo que el censor considerara “subterfugios políticos” o “supuestas amoralidades”. En época de Milanés, ejercían como tales en La Habana, Ramón Medina –preferido por su mayor flexibilidad– y el implacable José Antonio Olañeta. Además, las capitales de provincia tenían sus propios censores para las representaciones teatrales, los cuales muchas veces eran más recalcitrantes que los habaneros.

Se quejaban los intelectuales, pero ello no los amilanaba. Aun en aquellas condiciones seguían creando. En carta a José Antonio Echeverría de septiembre 3 de 1838, dice Milanés: “he visto las cercenaduras que hizo la pluma censoril en el acto segundo y tercero de mi conde Alarcos. (…) Paciencia y barajar: quiero decir que no desmayemos por tan poca cosa y adelante con la idea”.

La censura de imprenta, sin embargo, fue menos estricta con el mencionado drama El Conde Alarcos. Así confirmaba Domingo del Monte: “el suave Medina Rodrigo, no le ha quitado más que aquellos dos versos «Maldiga Dios a los reyes»” (4 de septiembre de 1838).

Se referían a ella como la Señora Censura. Pero de manera práctica consideraban, como lo hacía Milanés: “conformémonos con lo que da el tiempo y no queramos estirar tanto la libertad que reviente”. (Carta de Milanés a del Monte, agosto 30 de 1838)

Luchando con los inconvenientes de la censura, batallando con tachaduras y mutilaciones, esa generación intelectual le mostró a la monarquía española que entre la península y la Isla existía una barrera cultural que, a su debido tiempo, se tornaría una barrera política y generaría el inicio de un proceso independentista. Lo que le permitió hacerlo fue, además de sus convicciones y valores, el propio proceso que aparentemente existía para impedirlo. Al saber exactamente qué era lo censurado, lo prohibido, se podían llegar a decir muchas cosas, quizás con rodeos, es cierto, pero al final esos intelectuales cumplieron con su rol como conciencia crítica de su época.

No deberían existir límites a la creación y la expresión. Pero en el caso de que existan es lo correcto saber, con honestidad, cuáles son. Cuando se conoce qué es lo que no puede decirse es lógico asumir que todo lo demás es permitido. Las indefiniciones suelen conllevar a la cómoda postura de: ante la duda, abstente. Esa actitud acrítica, tan propia en nuestro medio, es absolutamente impropia de un sector que, por su preparación, debe servir de alerta a los políticos y a toda la sociedad.

Al saber exactamente qué era lo censurado, lo prohibido, se podían llegar a decir muchas cosas

La falta de transparencia que existe entre nosotros respecto a qué temas pueden ser abordados, dónde, quiénes, en qué momento; provoca en mí cierta nostalgia y hasta una sana envidia hacia aquellos creadores. Ante la  falta de la honesta censura, pero cercados por todo tipo de prohibiciones, obstáculos y barreras indefinidas, hemos asumido la peor forma de censura, la que ejercemos contra nosotros mismos, la que conduce a la mutilación de nuestra capacidad para reaccionar.

Corremos el riesgo de convertirnos en personas que deshonran su formación e inteligencia y de llegar a una condición que pocos como Juan Marinello describieran con tanto realismo, cuando en 1930 escribe su ensayo Sobre la inquietud cubana. Ante la gestación estalinista, a este intelectual le preocupaba el problema de la libertad de creación bajo el socialismo; ese tema, tan caro a la intelectualidad, fue el que generó las siguientes interrogantes:

“Y, llegados a ese falansterio de nuevas proporciones y de nuevo tipo, ¿tendremos la libertad esencial, la que nos movió desde su encierro a echar abajo las dominaciones dolorosas? ¿No habremos entrado, queriendo salir de ella, en una cárcel de hierros invencibles porque todos seremos hierros en nosotros mismos?”.

Quizás con una censura honesta, o en su defecto con una ley de medios, logremos evitar ser hierros en nosotros mismos y podamos romper, de una vez por todas, esa cárcel de hierros invencibles que es la autocensura.

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