Escenas norteamericanas

Por: Harold Cárdenas Lema

Una bandera cubana en la pared, biografías del Che Guevara y Thomas Jefferson en el estante. Escondidos bajo el colchón documentos de seis bancos distintos y el pasaporte azul, con una de las visas más difíciles de obtener hoy en día. Así ha sido mi habitación en Nueva York durante el último año, desde que salí de La Habana a estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia.

La Escuela de Relaciones Internacionales (SIPA) en Columbia es una de las más diversas en Estados Unidos, la mitad de sus estudiantes son extranjeros pero un cubano sigue siendo exótico allí. No pocas veces me han mirado con picardía intentando descifrar si soy un furioso anticastrista o fanático comunista, es difícil sacar a la gente de sus clasificaciones.

Habitación en Nueva York, dormitorio de 2X3 metros en Harlem

El primer día estuve frente a una máquina expendedora de tarjetas de metro y no supe usarla. Así es el primer mes, de prueba y error. Tomas el metro en la dirección opuesta, descubres que la batería de tu teléfono con Internet dura menos de 10 horas, entras a una clase donde nadie lleva una libreta, donde las laptops y los teléfonos es raro que no sean Apple y donde debes tener cuidado no te roben la identidad e información bancaria.

Entonces el mayor huracán en la historia del Océano Atlántico se dirige a Cuba, mi novia y mi madre viven frente al mar en La Habana. Cuando los medios comenzaron a publicar imágenes del Malecón, vi mi edificio rodeado de agua. Suponía que la familia estaba a salvo, pero nunca se sabe hasta que se sabe. Así fue septiembre.

Lo que más quiere un banco en Estados Unidos son nuevos clientes. Llegas y te reciben con amabilidad, te invitan a sentarte, te dan muchos documentos y dicen que el proceso será rápido. Al ingresar los datos, dices que eres cubano y la cara de tu interlocutor comienza a cambiar, ya no sonríe, llama a su supervisor, ambos miran la pantalla como quien hace un examen de matemáticas y al final te miran a ti. Porque si el cliente es cubano, si no quiere otra residencia que la de su país y planea regresar a él después de sus estudios, en ese caso especial, comienza el siguiente diálogo:

“¿Está usted solicitando residencia temporal?” No.

 “¿Está solicitando refugio político en los Estados Unidos?” No, soy estudiante extranjero.

“¿Tiene usted una Tarjeta Verde?” Por supuesto no.

 “Entonces lo sentimos, pero no podemos abrir una cuenta a menos que cumpla con estos parámetros. En caso de que desee, podemos indicarle el proceso para solicitar refugio…

El bloqueo de Estados Unidos a Cuba hace difícil para los ciudadanos cubanos tener relaciones con numerosas instituciones bancarias. Este diálogo ocurrió de forma similar en el Banco Santander, Chase, Bank of America, HSBC, Citibank y TD Bank. Día tras día, derrota tras derrota en los bancos. Mientras se acerca la fecha límite para pagar mi matrícula en la Universidad de Columbia, y no puede recibir una beca universitaria quien no tiene cuenta bancaria.

Hasta el día que entré por la puerta del banco con la última regulación del Departamento de Estado y la OFAC sobre Cuba en la mano, donde se especifica que está legalmente permitido abrir cuenta a un cubano. Así el TD Bank me hizo cliente, después de días en que sus abogados estudiaron cada posible riesgo. Tuvo que ser un banco canadiense, imposible con una institución financiera estadounidense.

El costo de la vida en una de las ciudades más caras del mundo es un shock. No fue fácil aceptar que los gastos en alimentación en uno o dos días equivalen a un mes de salario de mi madre. No me adapté, hasta que la gastritis me obligó. Luego ocurrieron las acusaciones de ataques acústicos, la mayoría de los diplomáticos estadounidenses se marchan de la Habana y sus homólogos cubanos son obligados a imitarlos. Mi visa de estudiante adquiere un valor especial, si la pierdo será imposible renovarla, la protejo bien.

Me voy acostumbrando al país, le chiflo a los taxis como en las películas, pero también ahorro como si estuviera en la Gran Depresión. A veces recibo llamadas de periodistas y termino siendo una fuente sobre Cuba del New York Times o el Washington Post. Esta ciudad tiene la magia de darte lecciones de humildad y hacerte creer que puedes marcar la diferencia, al mismo tiempo. Otras cosas ocurren. Los minutos son más cortos y en las calles no me siento más seguro que en mi país. Las sirenas de ambulancias, bomberos y policías todavía me asustan, las medidas de seguridad antiterroristas, los homeless y las drogas. Reconocer el olor a marihuana, no me acostumbro.

Los exámenes en Columbia son más rigurosos que en la isla, un país mayor que el nuestro y una universidad internacional como esta es de esperar que sean exigentes, hay que ser muy chovinista para no entenderlo. Cuba es muy eficiente produciendo profesionales a los que luego no tiene cómo pagar, en cambio, este país no brinda las oportunidades de acceso a posgrado que tiene la isla pero si llegas a estudios de posgrado, las probabilidades en cuanto a salario están a tu favor. Sigo valorando más la educación gratuita cubana, pero sin las perspectivas de éxito después de que se gradúe un estudiante, la educación en Cuba se vuelve una victoria pírrica si es para que informaticen Centroamérica o terminen trabajando en un Walmart de la Florida. Disculpen mi tendencia a dispersarme, continúo. Nunca había estudiado tanto, después de esto, creo que todo será más fácil.

Conversando con la familia en video, en una noche de estudio

En la mañana del Halloween un conductor mató 8 ciclistas al sur de donde estoy. Aun así, los neoyorquinos salieron a compartir juntos en la noche como signo de resistencia, y fui con ellos. Ese día aprendí un poco más sobre el carácter de esta ciudad y sus habitantes. Llega el frío, pero me acostumbro. Aprendo que el color oficial de la ropa en Nueva York es el negro y si vistes con colores eres claramente extranjero, hay que comprar negro y mezclarse, el problema luego será qué hacer con tanta ropa oscura cuando regrese al Caribe en 2019. En días de nevada hago el descubrimiento del año, que cambiará mis niveles de tolerancia al invierno: ropa interior térmica.

Cuba no cambia mucho en el último año, en sus virtudes y errores. Como mismo Trump debe su presidencia a un grupo social estadounidense que tuvo miedo de perder su estatus ante las minorías, en la isla otros difunden y prosperan políticamente también sobre la base del miedo. Leo sus textos como quien estudia una clase sobre las causas del derrumbe soviético, su lenguaje es similar a los promotores de purgas y desviaciones durante el estalinismo. Algunos incluso me dedican a distancia un tiempo que no me interesa reciprocar, se aprovechan del temor que da la incertidumbre actual en Cuba para cosechar miedo y algunos los siguen, cada vez menos, por disciplinados o por desconocimiento.

La tragedia de unos cuantos en la generación de mis padres es haber sido más disciplinados que revolucionarios, pero ya vuelvo a dispersarme… regreso a Nueva York.

En el aula donde trabajo como asistente en una clase sobre relaciones Estados Unidos-América Latina hay un mapa inmenso de Cuba que fue un regalo personal de Fidel Castro cuando estuvo allí. He tenido que entablar discusiones y he sospechado que mis preferencias políticas pudieron influir en una nota académica. Mis mejores amigos son miembros de la Solidaridad con Cuba en Nueva York y en noviembre desfilé contra el bloqueo en Manhattan a sabiendas de que los extremistas de Estados Unidos, quieren un pretexto para mandarme a Cuba. Saben poco, los fanáticos de cualquier orilla.

El extremismo infantil de izquierda, que se disfraza de políticamente correcto en La Habana, critica que yo vaya a estudiar a Estados Unidos, luego aplauden cuando lo hacen personas de izquierda en otros países. La idea de que los cubanos somos particularmente sensibles al lavado cerebral, particularmente los jóvenes, no se corresponde al discurso político que expresa confianza en la juventud y a la realidad de un país con elevada educación, pero sí a la inseguridad de ciertas mentalidades en la isla.

Desde que llegué a Nueva York decidí no inmiscuirme en política doméstica, por más que quisiera participar en una manifestación contra Trump o una huelga universitaria, los cambios que deban ocurrir en el país norteño le toca a sus ciudadanos decidirlos, un respeto a la soberanía nacional que también exijo para el mío.

SIPA / Universidad de Columbia

Cuando José Martí llegó a esta ciudad escribió: “estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño…” y poco después expresaría su preocupación por la intención norteña de “extender su dominio sobre América Latina…”. Ese país que pugna consigo mismo, con lo mejor y peor de sí representado en una misma ciudad, es el que he visto aquí. Egoísmo y altruismo como parte de una realidad que también conoció el Apóstol. Ahora aunque cruce los semáforos en rojo y tome el metro a diario, los funcionarios del país donde soy un invitado siguen apelando al fantasma de la Doctrina Monroe. Reconozco que las escenas norteamericanas en el último siglo, no han cambiado tanto.

Para contactar con el autor: haroldcardenaslema@gmail.com