Pueblo o población

Por: Mario Valdés Navia

Los que conocen el marxismo real saben que Marx, Engels y Lenin empleaban un conjunto de categorías sociológicas que trataban de ser lo más cercanas posibles a la realidad de la sociedad que estudiaban. Por eso preferían el análisis clasista y eran reacios a hablar del pueblo en su conjunto, concepto ambiguo que recordaba la época de la Revolución Francesa en que era sinónimo de Tercer Estado y tenía en la burguesía a su sector dirigente.

No obstante, los orígenes del concepto pueblo se pierden en la antigüedad de Grecia y Roma, donde siempre se le entendió como la gran mayoría de hombres libres (demos, pueblo, vulgo) que no formaban parte de la aristocracia. Desde entonces, la mayoría de los tiranos, demagogos y monarcas se han presentado como portavoces del pueblo, según el famoso lema de José II de Austria: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que luego asumirían innumerables partidos, grupos de poder y figuras políticas de todos los signos.

Cuando Fidel definió al pueblo en su alegato del Juicio del Moncada lo limitó a los sectores populares y las capas medias, identificándolo con lo que Martí llamó “la masa adolorida, el verdadero jefe de las revoluciones”.[1] En todos los casos el pueblo abarca a los sectores medios, a la muchedumbre de trabajadores y sus familias, a los desempleados y los que viven en la inopia permanente, desclasados que Marx denominaba lumpen proletariado; es decir: el pueblo es la inmensa mayoría de la población.

En este punto es donde la burocracia cubana y sus acólitos han encontrado la posibilidad de hacer un aporte a las ciencias sociales merecedor de un Premio Stalin: la división oportunista entre pueblo y población. Los burócratas son déspotas inteligentes y jamás declaran hacer nada por su clase/estamento, sino siempre a nombre del pueblo, para el cual trabajan sin descanso, de sol a sol. Pero como los burócratas nunca aceptan estar equivocados y para eso hay que tener alguien disponible a quién echar la culpa, tenían que encontrar un culpable para los problemas en algún lugar y empezaron a buscar.

En otro país tendrían disponible a la oposición, a los burgueses y a sus partidos políticos, a los grupos subversivos o a las mafias del narcotráfico, pero en Cuba no hay nada de eso. Y ahí tuvieron que echar mano al alter ego del pueblo, la población. En el discurso de la burocracia el pueblo es revolucionario, leal, sacrificado, creativo, honesto, sano, inteligente y nunca se equivoca. Ah, pero la población es indisciplinada, injusta, desleal, no sabe esperar a que vengan tiempos mejores, ha perdido valores y se comporta como un pichón con la boca abierta, en espera de que el estado se lo de todo. En fin, una nueva versión tropicalizada del Sr Jekyll y Mr Hyde, al punto que algunos se preguntan a veces: ¿y en este momento qué cosa soy: pueblo o población?

Claro que esa falsa distinción permite a la burocracia pensar por el resto del pueblo, tomar las decisiones de las que depende la vida de todos y, encima de eso, exigirle constantemente lealtad y paciencia para esperar a que llegue el momento más adecuado para resolver los problemas, satisfacer sus exigencias y hacer las transformaciones de las que tanto habla la gente en sus casas, paradas de ómnibus, colas y otras actividades de la población.

De hecho, existe una distinción muy importante en las empresas e instituciones entre los bienes y servicios que se destinan al turismo, las reservas, el mercado en divisas y la población. Por ello existen, entre otros, el pan de población, el pollo de población y las papas de población que jamás se llevarían a los otros destinos antes mencionados para no pasar vergüenza con aquellos clientes superiores.

Es muy difícil querer hacer la revolución con un pueblo leal y disciplinado pero sin la población contestataria e inconforme. Vale la pena recordar lo que dijera El Maestro: “los pueblos no están hechos de los hombres como debieran ser, sino de los hombres como son. Y las revoluciones no triunfan, y los pueblos no se mejoran si aguardan a que la naturaleza humana cambie; sino que han de obrar conforme a la naturaleza humana, y de batallar con los hombres como son, − o contra ellos”.[2]

[1]“Lectura en Steck Hall”, OC, T4, p.185.

[2]“La guerra”, Patria, 9 de julio de 1892. OC, T2, p.62.

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