El papel de las tribunas

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

No es un secreto para nadie que, a nivel mundial, la política en sí misma ha entrado en crisis. Los viejos partidos han perdido buena parte de su credibilidad, mucha gente ya no va a votar, y son cada vez menos los jóvenes que participan. La percepción general es que la política no resuelve nada, que se trata de un show propagandístico guiado por oportunistas corruptos. Las viejas ideologías pierden su brillo y se tornan incomprensibles para las nuevas generaciones de milenials. El tiempo va pasando, y las personas se van entregando a un confortable conformismo apolítico.

Por razones diferentes, aunque no tanto, también en Cuba la política se ha visto en crisis. Esto puede parecer extraño, sobre todo cuando uno recuerda que en Cuba se vive con un sistema nacido de una revolución, y que supuestamente se encuentra en “transición al socialismo”. Además, aquí durante años vivimos desayunando, almorzando y comiendo política, con inmensos discursos de Fidel y horas de pie en la Plaza de la Revolución. En esos años se forjó una larga tradición de conversaciones de política, a la orilla de la mesa de dominó, en la terraza, con los amigos o la familia. De un tiempo para acá, sin embargo, los motores de la política parecen haberse apagado. Las discusiones Barza-Madrid y las conversaciones por imo han ocupado el lugar protagónico.

Pueden detectarse varias causas para este fenómeno. En primer lugar, el pueblo cubano se encuentra hasta cierto punto saturado de política. Fueron muchos años de continuas movilizaciones que al final no culminaron con una mejora de las condiciones económicas. Pero además, se trata de un discurso político que se quedó estancado. La fábrica de símbolos de la revolución cubana tenía un nombre: Fidel Castro. Una vez que Fidel estuvo fuera de la escena, no quedó nadie que pudiese pararse en la tribuna y hacerle parir al espíritu de la revolución nuevas verdades. Esto solo se explica, además, a la luz de los errores cometidos durante años en política de cuadros, que favorecieron el surgimiento de burócratas en lugar de la formación de nuevos políticos.

En esta época que estamos viviendo, pueden observarse algunos indicios que también permiten explicar la crisis de la política en Cuba. Al parecer, nuestra dirigencia, surgida del proceso de actualización del modelo que fomentó Raúl, comparte una concepción relativamente hostil hacia la actividad política como tal. Existe una subestimación, que en parte se relaciona con una concepción economicista que ve en todo acto de masas un mero derroche de combustible. Y también existe la idea de que es más importante dedicar los esfuerzos a la administración racional de los recursos, porque la política es hablar sin resolver nada. Esta manera de pensar, no obstante, puede entenderse como algo natural en cuadros que nunca fueron preparados para la lucha política, que no son políticos.

De arriba a abajo, la sociedad cubana parece imbuida en el espíritu de la posmodernidad, para el que la política y las ideologías son cosa del pasado. Existe un gran escepticismo hacia todo lo que viene de la vida pública. Las personas se encierran masivamente en sus vidas privadas, se desentienden de lo que pasa en las altas esferas. El surgimiento de un fenómeno como lo es “el paquete” se puede entender como un catalizador cultural para la actitud escapista que empieza a predominar entre los cubanos.

La crisis de la política, sin embargo, no tiene otra consecuencia que el abandono por las personas de una de las mejores herramientas de que disponen para defenderse de los peligros y para encauzar su futuro hacia la mejoría. Lo primero que es necesario tener claro, es que la política es una esfera de lo humano hasta ahora tan necesaria e inevitable como lo pueden ser el arte o la religión. Como dijo un gran sabio, tú puedes desocuparte de la política pero la política se ocupará de ti. La indiferencia apolítica tiene como consecuencia política el avance sin problemas del atropello y la explotación.

También constituye un error querer sustituir la política por la administración, confiarse al manejo de los burócratas por desprecio al espectáculo de la lucha política. Sobre eso, vale la pena recordar la distinción que hizo Carl Schmidt de la política como actividad destinada a la diferenciación entre amigos y enemigos. Cualquier acto administrativo, que va “realmente” a resolver un problema concreto, presupone la existencia de una comunidad política. Y la comunidad política no puede darse nunca por sentada: la sociedad produce espontáneamente conflictos, conflictos que deben ser gestionados si se quiere sostener (o destruir) una comunidad política. Este es el trabajo de los políticos. El que va a gobernar debe mantener a los gobernados seguros de que él y no otro es “el bueno”.

¿De qué manera se gestiona un conflicto? O dicho en términos marxistas: ¿de qué manera se construye hegemonía? Ciertamente existen muchos métodos, pero no puede negarse que uno de los más efectivos sigue siendo el uso de la palabra ante un gran público. Ese es el papel de las tribunas, servir de palestra para que pueda efectuarse la lucha política, lucha en la que habrá por supuesto demagogos, pero donde cabe también que líderes comprometidos con sus bases puedan competir con habilidad y vencer a sus adversarios. Una tribuna puede ser física, hecha de concreto, madera o metal, pero puede ser también virtual, y puede tratarse de un blog o de un muro de Facebook.

Los cubanos somos herederos también de la cultura occidental, tenemos un legado que nos viene desde los tiempos de la antigua Roma. Nos ha llegado algo de esa tendencia romana a transformarlo todo en cosa pública, y a defender con argumentos afilados toda posición. La palabra usada al viejo modo occidental, para la construcción de juicios racionales, es una parte integrada de nuestra cultura. Difícilmente podremos desprendernos de nuestra naturaleza discutidora. No tiene mucho sentido que renunciemos a las tribunas como herramienta para la construcción de nuestra comunidad política.

La dirigencia cubana actual parece estar subestimando la necesidad de fortalecer la lucha política e ideológica. Ciertamente necesitamos buenos administradores. Pero uno de los problemas que ha tenido el proceso cubano de actualización es que la dirigencia revolucionaria no ha capitalizado políticamente los cambios, no los ha logrado transformar en un renovado entusiasmo popular hacia el proceso. Lo hizo al principio, pero la ausencia de un discurso político renovado y bien hecho hizo que se perdiera la iniciativa. La costumbre, que ya parece asentada, de leer los discursos- y no leerlos usando un teleprompter, sino al viejo estilo del papelito-, solo ha contribuido a confirmar la percepción popular de que los cuadros cubanos son unos burócratas sin carisma.

Es posible que en China o en Vietnam, con una cultura tan diferente a la nuestra, las cosas hayan sido de otra manera. Pero es una ilusión creer que en Cuba se puede sacar un proceso adelante sin hacer política revolucionaria, sin encender a las masas. Porque sin ese ingrediente la comunidad política va muriendo, y puede llegar el día en que a las masas les sea indiferente lo que ocurra en el gobierno. Entonces podrá pasar como en la Unión Soviética, el derrumbe del sistema sin que nadie haga algo por evitarlo.

Las tribunas son necesarias. Puede ser que nuestra experiencia con las tribunas abiertas de la Batalla de Ideas haya dejado mucho que desear. Pero la batalla de las ideas, en sí misma, sigue siendo imprescindible. Y esa lucha nadie estaría mejor preparado para encabezarla que los políticos revolucionarios de la Cuba futura.