Prohibir o autorizar

Por: Mario Valdés Navia

Cuando un ambicioso macho alfa de una manada de pitecántropos decidía formar un nuevo clan con sus hembras favoritas y algunos machos guatacones,  empezaba a imponer prohibiciones a sus subordinados que coartaran su libre albedrío y limitaran el relajo. Para lograrlo apelaba a gruñidos, cocotazos y puntapiés, pues todavía no se habían inventado las leyes, decretos y cartas circulares. Pura violencia física animal como antecedente de la futura coerción cultural propia del homo sapiens.

Cuando surgieron los estados, las prohibiciones se perfeccionaron y fueron aplicadas al campo de la economía y la política, siempre con tino, para no matar la libre iniciativa de las personas que concurrían al mercado y cooperaban entre sí de manera natural, aún en sociedades sin dinero, pero bien administradas, como la del Antiguo Egipto, que no en balde duró algo más de dos mil años. Por lo general, siempre se prohíbe lo que es pernicioso para la supervivencia de la sociedad y se deja hacer todo lo demás. Mas, ¿qué ocurre cuando en una sociedad se parte de prohibirlo casi todo y autorizar solo lo que parezca bien a los gobernantes? Veamos el caso cubano de nuestros días.

Desde los 60, el estado cubano llevó el proceso de socialización de la producción a niveles extremos, incluso en los marcos de la antigua comunidad socialista. Así, casi toda la economía se estatizó y se rigió por orientaciones venidas del nivel central –soy reacio a denominar plana lo que realmente fueron directivas sin un basamento científico y no negociadas con los colectivos laborales. Este modo de pensar pronto se extendió a todo el universo sociocultural y se instaló sólidamente en el subconsciente colectivo, al punto en que la gente se acostumbró a preguntar siempre si está autorizado a hacer algo, cualquier cosa, antes de actuar.

Tal es así que, como tendencia principal, los cubanos no empujan las puertas para entrar a un establecimiento público porque le temen a la ira de los custodios y empleados;  no preguntan por qué no se vende carne de res por la libre aunque ya no viene por la libreta hace veinte años; tampoco responden lo que piensan cuando les preguntan su opinión y prefieren que les digan primero de qué va eso para no meterse en problemas; y menos todavía osan criticar a las autoridades de cualquier nivel, aun cuando el discurso oficial insista en la necesidad de entrarle a la solución de los problemas con la manga al codo.

En el campo económico esto es fatal. El problema no es de propiedad privada o social, sino de que la burocracia fosilizada pretende seguir dictándole pautas sobre el más mínimo detalle de la producción, circulación, cambio y consumo a todos los productores: estatales, cooperativos, o privados. Para ello no cesa de poner nuevas trabas a cada solución, en pos de no perder los monopolios alcanzados tras tantos años de estructuración burocrática de los asuntos, que torna asfixiante el entorno económico dondequiera que se mire.

Tanto el jefe de núcleo familiar que pretende poner una cafetería en el portal para completar sus ingresos del mes, el obrero que quiere reorganizar la línea de producción para hacerla más eficiente, el científico que tiene tres patentes de garbanzos cubanos y quiere producirlos para no comprárselos más a Turquía, o el empresario extranjero que viene a instalarse en la Zona de Desarrollo del Mariel; todos chocan con la pachorraburocrática para tramitar cualquier asunto y, al final, autorizan solo algunos de manera excepcional, para que no digan.

Si de verdad el gobierno quiere desarrollar las fuerzas productivas tendrá que mirar más hacia adentro, abrirle cauces a lo que tiene disponible en el país y dejar que crezca el mercado interno. El mundo se está haciendo cada vez más proteccionista y parece que ahora es que algunos añoran las supuestas libertades del mercado global. Mejor es estimular las libertades de los sujetos económicos internos que soñar con un maná que nos caerá del cielo. Ojalá empecemos a ver listas de prohibiciones y no de autorizaciones.