Valientes de cesárea

Por: Johanna Pérez

Antes de parir yo fui de las mujeres que jamás se imaginó como madre. De las que se tapaba los oídos cuando cualquier grupo de niños jugaba Football o bolas o quimbumbia en las calles mientras pasaba solo porque se molestaba con la algarabía. De las que jamás se imaginó sacar piojos de una cabeza, limpiar vómitos o diarreas. Me daba asco. De las que no iba a amamantar, de las que odió siempre cualquier canción de cuna.

Antes de parir yo fui de las mujeres que no admitía sacrificar su cuerpo. Porque su cuerpo era hermoso y no valía la pena un insulso. Antes de parir yo no tenía paciencia. Era egoísta. Malcriada. Infantil. Demasiado intransigente… Mi hija se engendró por -llamémosle- “un accidente irresponsable” y llegó por determinación propia. Como jamás me había planteado la maternidad, y si lo había hecho no iba a ser a los 24 sino a los 35, me pasó que cuando el doctor preguntó el día de la ecografía que qué iba a hacer, enmudecí. Después lloré todo el día. Después lloré toda la noche. Después no lloré más. No quería matar a nadie. Y dejé correr el tiempo. Y me dejé inflar por 41 semanas y tres días.

Jamás fui de las mujeres románticas que veían el embarazo como algo hermoso. Yo lo sigo viendo feo. Las mujeres lucen feas, se les mancha la piel a algunas, se les inflaman los tobillos a otras, hay un grupo que hasta pierde sus dientes. Las más flacas parecen culebras con pelotas de voly en el centro del cuerpo. Y las más gordas… por favor. Jamás fui de las que lloró de emoción al sentir patadas en la panza. Me asusté sí cuando el tobillo de ella fue lo suficientemente grande como para mostrarse por mi piel y hacerse distinguir. Me parecía raro lo que pasaba conmigo y mi cuerpo. Emocionantes tuve durante mi embarazo solo dos momentos: El día en que supe que ella iba a ser ELLA y el día de la episiotomía. Después de la episiotomía me asomaron a un bebé grande, una niña rosada de 8.5 libras, de pelo negro y sin una pizca de parecido a mí. Yo no lloré. Tampoco reí. Lo único que alcancé a hacer fue la pregunta que inició todo:

-¿Ella está bien, doctor?

Pedía a gritos la compañía y ayuda de mi madre cuando nos trasladaron a recuperación. No sabía amamantar, no sabía si quería hacerlo, no sabía qué hacer ante el llanto, no sabía limpiar cacas. Sentía miedo hasta de vestir a aquella niña; totalmente presente en mi vida desde aquel instante hasta hoy. Ese día volví a descubrir otra cosa: No hace falta saber absolutamente nada. Incluso, no hace falta saber hacer bien ni la raya de las motonetas. Entonces fui descubriendo cómo sería a partir de ese minuto. Sería como una especie de juego en el que las dos aprenderíamos y las dos ganaríamos. Yo siempre apostando más que ella. (Tengo que exigir más porque el mundo es más nuevo para ella que para mí).

Del día de la episiotomía hasta hoy han pasado casi seis años. Y en esos casi seis años pasó de todo: Yo pude convertirme en mamá, en su mamá, en su mami a veces, o mamitica otras. Yo le ofrecí a ella el calor que no le dio su papá. Yo apreté y aprieto su boca para hacerla tomar medicinas. Yo he pasado noches enteras sin dormir por su causa. Me he dejado disfrazar de payasa, de sirena, de gitana…Me he dejado pintar las uñas de azul vitral sin acetona que limpie el abstraccionismo en mis pies y manos. He trabajado algunos años lejos porque quiero para las dos un porvenir donde pasear sea más fácil y donde ella jamás pregunte “¿por qué los carros no nos ven, mamá?” He llorado cuando alguien le pretende bajar la autoestima en la escuela y la he defendido como leona. La exhibo con orgullo porque esos casi seis años han sido una enseñanza no sólo para ella. Mis amigos me ven irreconocible en mi rol con ella y sinceramente, yo también. Pero es instintivo. Te sale. Diría mi abuela: “Se quieren de gratis”. Y es verdad.

Hace pocos días escuché a una amiga hablar de las valientes que deciden vivir sin ellos. Me dio lástima. Mucha. La libre decisión de asumir o no la maternidad debe ser totalmente respetada. Las mujeres no somos máquinas de parir, ni estamos diseñadas para eso. Incluso, no estamos diseñadas para ninguna etiqueta que nos quieran imponer. Pero desde mi experiencia, desde el lado más humano, parir nunca fue una elección errada. Asumir la maternidad es esa cosa rara que convierte a las mujeres en seres menos egoístas. El mundo ya se ha cansado de tanto egoísmo. Y si algo vale la pena ofrecerle, es nuestra continuidad. Un pedazo de nosotros por ahí. Las millennials hoy no quieren hijos; quieren perros y gatos porque la maternidad no es cosa de este siglo. Las millennials de hoy deberían conocer a Noemí, mi vecina. Una señora que hoy cumplió 82 años, que a determinación propia no quiso hijos, ni vida de familia. Noemí ha hecho su fiesta sola, o con sus gatos, rodeada de unos sobrinos que no la soportan, hablando sola por los rincones, mascando un cabo de cigarro… Yo le siento lástima. No por la soledad que tiene ahora. Le tengo lástima porque no ha conocido el único sacrificio genuino de verdad y por tanto nadie ha sido capaz de amarla de verdad. Después creo que puede ser mala y entonces le celebro su determinación. Los egoístas y mezquinos no pueden ser padres.

Entonces veo a la cama, y me le río a mi hija, y le digo si quiere cosquillas. Y me levanto. Y jugamos….

Entonces recuerdo el día de mi primera ecografía, y mi mudez, y mi llanto. Y finalmente, mi sabia decisión de inflarme la panza y esperar 41 semanas y tres días. Lo vivido me ha hecho inmensa. La maternidad ya es para mí una complicidad que nadie podría arrebatarme.

Tomado de: Mis razones de Abril

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