Otra vez como cuando Guiteras

Por: Iramís Rosique

“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.” (Carlos Marx)

Un profesor amigo, de Economía, comentaba cierta vez en clase que la ventaja de la derecha sobre las izquierdas radica fundamentalmente en que aquella comprende muy bien la diferencia entre la apariencia y las esencias, por eso es versátil y resolutiva en sus alianzas.

No es de extrañar por ello que cuando en Venezuela peligra el orden socio económico burgués y neocolonial, en torno a la Mesa —con los pies sobre ella, e incluso bajo ella— se hayan dispuesto y aún se dispongan fuerza de signo político tan aparentemente distinto como COPEI (conservadurismo) y Acción Democrática (socialdemocracia) —fuerzas históricamente rivales en el marco del puntofijismo[1]—, o MOVERSE (verdes) y Unidad Visión Venezuela (liberalismo); tampoco sorprende el caso de España: “un fantasma recorría España: el fantasma de Podemos; todas las fuerzas de la vieja España se unieron en Santa Cruzada para acorralar a ese fantasma: el Presidente y el Rey, el PP y el PSOE…”. Y así cada vez que la estructura hegemónica del poder se tambalea, los actores tradicionales forman un as de varas multicolor, pero de madera uniforme, que sea soporte para el edificio y fusta para el atrevido que lo intenta derrumbar.

Con la izquierda ocurre —y ha ocurrido históricamente— lo contrario: parece que la efusividad revolucionaria gusta solo de la espuma inquieta de la superficie y no de la invisible corriente en el fondo; entonces pasa que se presentan las apariencias como esenciales, las formas como principios. Y al poseer multiplicidad de formas, estilos y aspectos, las izquierdas se vuelven irreconciliables. Así se tiene a una URSS enemiga de China y de Yugoslavia, o a un Guiteras no reconocido por los comunistas, o la cansina infinitud de marxismos, comunismos, socialismo, feminismos, anarquismos, y demás ismos con apellidos o sin ellos, patronímicos o no, que no se hablan e incluso se sabotean en sus luchas como si el enemigo común no fueran la burguesía, el capitalismo, el imperialismo…

Este defecto político, esta forma de sectarismos ha tenido no pocas veces un cariz personal, dado que en la política revolucionaria no solo se enfrentan intereses, sino también egos. El político de derechas, en su condición de empleado de una clase altamente concientizada, con intereses y agendas bien definidas, rara vez convierte sus batallas en un asunto verdaderamente personal; no es cuestión de pasiones, sino de trabajo. En el revolucionario, especialmente en el líder e intelectual revolucionario —condiciones que no puedo concebir separadas en la realidad—, que actúa casi siempre sin esperar nada a cambio, es de entender que la voluntad y el apasionamiento movilicen y permeen toda su actividad política. Esto, si bien ha provisto al movimiento revolucionario de todas las épocas y lugares de obras titánicas y nombres excepcionales, también ha sido caldo de cultivo idóneo para sospechas, envidias, incomprensiones y rencores que han conducido al imperio de los ataques personales, las demonizaciones y los cismas.

En el “negocio” nuestro —como gustaba de decir el profesor Martínez Heredia—, el del comunismo o, si a alguien le asusta esa palabra, el de la izquierda anticapitalista, siempre se ha vivido una forma particular de este sectarismo al que nos vemos peligrosamente inclinados los revolucionarios. Esa forma es el izquierdismo. No ha faltado nunca quien se sienta y —lo verdaderamente tóxico— vocifere que es más rojo que nadie, acción que siempre va acompañada de etiquetar rápidamente al resto del espectro como los reformistas, la contrarrevolución, los gusanos, los enemigos del pueblo, los pequeño-burgueses o —lo más moderno— los agentes de la CIA. Y parece ser que hoy en la blogosfera cubana existe el andancio de la vieja “enfermedad infantil”.

¿Quién es, o mejor, qué es ser de izquierda hoy en Cuba? Conociendo bien la naturaleza relativa y contextual de los conceptos izquierda y derecha, me atreveré a emitir un juicio en apariencia absoluto: ser la izquierda en Cuba y en cualquier parte es tomar partido por el pueblo trabajador, esto es, por la justicia social. Dicho así parece una verdad de Perogrullo y hasta un saco en el que puede esconderse cualquiera. Pero vayamos descendiendo, como Marx, de lo abstracto a lo concreto, vayamos viendo las determinaciones que se dan en la bien amada Isla de Cuba.

Cuba es un país excolonial y subdesarrollado. Esta condición es una herencia conocida de quinientos años de explotación por parte de España quien construyó la estructura económica cubana como una factoría de materias primas —especialmente azúcar, aunque no solamente— a la usanza del resto de las colonias ricasde Oriente y las Indias, lo que resultó a la postre, e incluso luego de la independencia, en un país monoproductor, monoexportador e importador de mercancías de alto valor agregado. Durante la República no hubo mucho bueno: nos consolidamos además como un país dependiente de mercado norteamericano y satélite de su gobierno. Así ha sido toda la historia de Cuba: la historia de una dominación empobrecedora y de la lucha contra esa dominación: el debate entre independentismo y colonialismo —en cualquiera de sus formas—. Ya este misterio de la historia patria había sido desentrañado por Antonio Guiteras al decir: “Se servía al imperialismo yanqui o se servía al pueblo, pues sus intereses eran incompatibles” (Septembrismo). Y un poco antes decía: “Un estudio somero de la situación político-económica de Cuba, nos había llevado a la conclusión de que un movimiento, que no fuese anti-imperialista en Cuba, no era revolución”. Ha quedado demostrado por la historia universal que las relaciones de dependencia económico-política son esencialmente subdesarrollantes, y que solo un Estado independiente puede aspirar al verdadero desarrollo. La burguesía nacional republicana tuvo su oportunidad de plantearse y realizar un modelo de nación, al menos, económicamente próspero para todos; pero prefirió desaprovechar su momento y plegarse ante los intereses de imperialismo yanqui. Es falaz todo argumento que pretenda sostener que en el marco del orden burgués existe esperanza para Cuba, ya vimos lo que fue eso, y sin bloqueo, sin comunismo, sin Fidel Castro y sin nada. El orden social creado con el triunfo de la Revolución en 1959, más allá de discursos panfletarios y de posicionamientos pasionales, está encabezado por un Estado verdaderamente soberano en su actuar. Y es ese Estado la más importante y poderosa arma antimperialista. Cualquiera que aspire, pretenda o actúe —abierta o solapadamente— en pro de la destrucción del orden creado por la Revolución y de ese Estado, está actuando a favor del Imperialismo, en contra del pueblo, en la región de la derecha. Pues el principal rasgo del antimperialismo cubano contemporáneo es —y no puede ser otro que— el apoyo a la soberanía, es decir: al Estado soberano.

De manera constitutiva la izquierda cubana se divide en dos grandes grupos: la oficialidad y lo que pudiera llamarse la “alternatividad”. La oficialidad viene conformada por el conjunto de las instituciones de acción y producción político-ideológica vinculadas orgánicamente al aparato del gobierno o el partido: este último en cuestión, la UJC, las organizaciones sociales y de masas, los sindicatos, los institutos de producción de ideología política, la prensa oficial, las universidades, etc. Todos estos entes muestran una monolítica y rígida unidad en torno al PCC y poseen una extraordinaria coherencia de discurso y coordinación práctica. En cuanto a la “alternatividad”, se nos presenta como un conjunto de personas y grupos con determinada proyección política pública, pero de iniciativa fundamentalmente autónoma que escurre su actuar por fuera de los márgenes de los conductos y comportamientos habituales de la oficialidad. El predio por excelencia de este sector es la blogosfera.

Multitud de bitácoras digitales se enrolan en la tarea de defender por cuenta propia a Cuba. Pero en vez de cooperar, o cuanto menos coexistir en paz, unos con otros en la lucha contra el enemigo común, hay quien prefiere partir contra los molinos en la búsqueda del enemigo interno. ¿No es acaso suficiente la división que existe entre la oficialidad y lo alternativo, que lastra tanta iniciativa, tanta comunicación necesaria, tantos proyectos felices? ¿No es el enemigo real más poderoso que todas las izquierdas cubanas de ayer y hoy juntas? Y es que el más vanidoso de los aldeanos, aun conociéndolos, elige olvidar a los gigantes de siete leguas en las botas y que le pueden poner la bota encima. Solo una izquierda totalmente unida puede orientar las luchas por la resistencia, hacia la victoria. Las múltiples voces de una izquierda dividida solo pueden confundir al pueblo y debilitarlo en su lucha. Quien —perteneciendo al grupo que sea— promueve la división en la izquierda cubana, la sospecha y la cacería de brujas, también trabaja para el imperialismo y contra el pueblo; también hace contrarrevolución.

Los principios y objetivos verdaderamente revolucionarios en Cuba son claros y han sido repetidos mil veces hasta el cansancio. Y los métodos, formas y estilos no forman parte, en lo fundamental, de los principios. Aunque he de agregar que, si bien soy un partidario de no confundir las apariencias con las esencias, como marxista que soy creo asimismo que también la forma es esencial; por eso señalo que aun en la diversidad de modos, aun claros en nuestros ideales y sin transgredirlos directamente o evidentemente, podemos con nuestros modos y nuestras particulares maneras de hacer, trabajar ciegamente para un enemigo que no vemos: hay sonrisas, silencios, asistencias y ausencias que legitiman lo ilegítimo, que indefinen y confunden, que benefician tácticamente a la derecha. Y esto le sirve igual al izquierdismo fragmentador que a aquel pluralismo cuya tolerancia amenaza con arrastrarlo al plattismo.

[1]El Pacto de Punto Fijo fue un acuerdo entre los partidos COPEI, Acción Democrática y Unión Republicana Democrática que establecía las “reglas del juego” en el orden político democrático burgués que sucedió a la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez. Curiosamente, este nuevo orden “democrático” excluía de la participación al Partido Comunista de Venezuela.

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