Una bandera entre los muros

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Por estos días se remueve una vez más el terreno de la blogosfera cubana. Al parecer, está de moda que respetables intelectuales hagan gala de providencial miopía y se dediquen a pedir que caiga maná de los cielos. Es hora de hacerlos salir de su burbuja: no, señores intelectuales, este año tampoco hará su aparición el elefante rosa.

Los años ciertamente van pasando, y ya parecen acumularse bastantes desde que La Joven Cuba (LJC) hizo su aparición en el terreno público. En aquel momento, el blog le dio voz a una clase específica de personas: aquellos revolucionarios cubanos de izquierda que se sentían inconformes con algunas de las situaciones que enfrentaba el país, y que querían escuchar algo más que la monolítica letanía de las consignas. Pero por sobre todo, sentó el precedente de que ser revolucionario y defensor de la revolución cubana no está reñido con alzar una voz propia. Desde mi punto de vista, ese es el mayor mérito de La Joven Cuba.

Me parece que con lo que voy a decir a continuación estoy repitiendo algo obvio, pero lo voy a hacer de todas formas. Cuba es un país en permanente estado de excepción, un país en conflicto controlado con la mayor potencia que conoce la historia. Algunos podrán creer que el gobierno cubano es tan malo que se merece el conflicto -lógica mezquina, ya que el pueblo es quien pone las víctimas-, pero lo que nadie podrá borrar es que el conflicto surgió porque el establishment norteamericano nunca aceptó el supremo acto de libertad que fue la revolución de hace sesenta años.

¿Acaso alguien cree que el pueblo cubano iba a poder ser libre sin eliminar la dependencia económica que tenía con Estados Unidos? Esta es la verdad, y existe una gigantesca contradicción en que justamente quienes negaron nuestra libertad quieran proponerse hoy como sus defensores.

Muchos excelsos intelectuales hoy nos invitan a pensar a Cuba sin meter a Estados Unidos en el asunto. Pero la verdad es que ese país se mete materialmente en la vida de nuestro país, y que dejarlo fuera con un simple proceso del pensamiento sería la mayor falacia en la que se pudiera caer. Existe una cosa que se llama razón de Estado. Para Cuba, aceptar el modelo liberal de sociedad implicaría reconocer que no tiene libertad para elegir su modelo de sociedad. Sería bajar la cabeza.

Por todas esas razones, ejercer la crítica y el activismo dentro de Cuba precisa de una inmensa responsabilidad. Es muy difícil no dejarse arrastrar por los esquemas de “todo es blanco” o “todo es negro”. Para las nuevas generaciones, y para todos aquellos que se sienten jóvenes de espíritu, el reto es no renunciar al sueño de una continua renovación de la esperanza. Los inquietos jóvenes revolucionarios cubanos, indignados por lo mal hecho a su alrededor, deben alzar su propia bandera, si es que pretenden algún día ser dignos por sus propios méritos. Pero deben hacerlo sin perder la cabeza, sin olvidar que vivimos entre muros. Como es bien sabido, la vida dentro de una ciudad bajo asedio se torna difícil, y cualquiera puede caer víctima de las sospechas.

Uno puede tener sus opiniones personales sobre la calidad de los textos de La Joven Cuba, o sobre Harold Cárdenas, uno de sus editores. A todos nos han hecho ver ciertas fotos, noticias de una beca, etc. Pero La Joven Cuba, por vocación propia, representa algo más que la persona de sus editores. Me atrevería a decir que le pertenece ya también a todos aquellos que se sintieron inspirados por ella en algún momento. LJC fue el proyecto pionero en el surgimiento de una nueva ola de movimientos renovadores en la izquierda cubana. Es por ello que quien escribe estas líneas se siente orgulloso de ser un autor más de los que han pasado por ese blog.

Si de algo pudiera servir esta nueva escaramuza, es para llamarnos la atención de la necesidad, también en Cuba, de una contraofensiva de la izquierda. Los dorados días en los que íbamos de cambio en cambio, con la esperanza de sacar el país adelante, parecen haber quedado atrás. Ahora, se construyen con fuerza nuevos sentidos comunes tanto en el lado de los extremistas que pululan por las instituciones como del lado de la vieja derecha. Es por eso que hace falta reunir a las fuerzas, librarnos de todo lo que sea lastre y atacar.

A nuestros queridos intelectuales, autores de un dossier sobre LJC en Cuba Posible, no queda más remedio que decirles: no, señores, todavía no se van a unir el Mar del Sur y el Mar del Norte, ni va a nacer una serpiente del huevo de un águila.

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