El consumo sirve para pensar

Por: Mario Valdés Navia

En ocasiones he escuchado a diferentes cuadros e intelectuales referirse al consumo cultural de manera despectiva, como si se tratara de una palabra equivalente a actividad subversiva o degenerada, casi al servicio del imperialismo. Pareciera como si consumo derivara de consumismo y no al revés. Peor aún, algunos creen que la esfera del consumo es la menos importante de la economía, donde lo significativo es la producción, y por ese camino llegan a mirarlo por encima del hombro, como si el consumo fuera privativo del momento en que tomamos una cerveza o vemos la telenovela de turno. Peor aún, otros hablan de él como si solo fuera importante en los niños y jóvenes, y los demás no consumiéramos también sin parar.

Por suerte, en Nuestra América tenemos a varios de los mayores especialistas mundiales en temas de consumo cultural, en tanto que los famosos Estudios Culturales Latinoamericanos lo cuentan entre sus asuntos principales. Uno de ellos, Néstor García Canclini –al que debo el título del post−, lo define como: “el conjunto de procesos socioculturales en los que se realizan la apropiación y los usos de los productos”.[1] Tanto él como Jesús Martín Barbero y Guillermo Orozco, entre otros, centraron su atención en el receptor, en el consumidor final de los bienes de la cultura.

Por eso creo que valdría la pena traer a Cuba a estos investigadores –todos hombres de izquierda y defensores de la identidad latinoamericana–, para que nos ayuden a encarrilarnos mejor en este campo. No creo que medidas burocráticas y obsoletas, como sacar el reggaetón de los medios, prohibir películas, o aplicar encuestas a la salida de cada actividad cultural para hallar las “opiniones promedio”, vayan a resolver los problemas del consumo cultural acumulados en Cuba.

Nuestros proyectos han de centrarse más en el receptor, sean hombres o mujeres, jóvenes o viejos, intelectuales o campesinos, religiosos o ateos, militantes o no; y explicar los cambios que los nuevos productos y servicios culturales están generando en el universo simbólico-social de los receptores cubanos, y en el sentido que otorgan a este cúmulo de comunicación inter-cultural que los bombardea.

Lo principal debería ser superar a los públicos en los temas de consumo cultural hasta convertirlos en receptores críticos, no conformistas; activos, no pasivos; inteligentes, no ordinarios. Para ello es necesario que crezcan los niveles de consumo, pues la escasez es en esto −como en todo− fuente de mediocridad y de mercados cautivos, donde la única disyuntiva para el consumidor es: Lo tomas, o lo dejas.

Hace falta diversificar las ofertas culturales de todo tipo. Ojalá que fuera mayoritariamente a partir de la industria cultural nacional, pero también de la extranjera, que no en balde vivimos en la era de las TIC’s y el mundo es una aldea global. Si no, pregúntenle a los millones de consumidores que gastan buena parte de sus ingresos y su tiempo libre en ofertas culturales por la izquierda, como el Paquete Semanal y la televisión extranjera por cable; o son asiduos a sitios como YouTube y las redes sociales.

También siento que los críticos han abandonado al público a su suerte, con las honrosas excepciones de algunos espacios en la prensa y la televisión, pero que siguen centrados en el producto o servicio cultural, y no en dotar a los receptores de herramientas de análisis para elevar sus niveles de apreciación artística. Como bien defendía Gramsci, el libre albedrío es lo que nos hace humanos, pero hay que estar preparados para zambullirse en estos universos simbólicos que nos rodean por todas partes las 24 horas del día, y no creer en el consumo a ciegas. El consumo también sirve para pensar.

[1]“Consumidores y ciudadanos. Definiciones en transición”, en Daniel Mato (comp.): “Cultura política y sociedad. Perspectivas latinoamericanas”. CLACSO, Buenos Aires, 2005, p.191.