Díaz-Canel Presidente

Por: Javier Ortiz

Un día antes de cumplir 58 años, Miguel Díaz-Canel fue electo Presidente de Cuba. Técnicamente hablando, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, título que la Constitución de 1976 da al jefe de Estado y del gobierno. Es el mismo cargo que ocuparon en su momento Fidel y Raúl Castro.

Su camino hacia el más alto puesto gubernamental estaba señalado por su responsabilidad previa. Tal y como en 1788 Alexander Hamilton explicó cuando escribía la Constitución de Estados Unidos, el propósito de un vice es poder “ocasionalmente convertirse en un sustituto para el Presidente en la suprema magistratura ejecutiva”, pues de una forma similar Raúl Castro presentó en febrero de 2013 a Díaz-Canel como su segundo al mando. Entonces, consideró que “en las circunstancias que vive el país y se ha visto obligado a desenvolverse durante más de medio siglo de Revolución, debe garantizarse en la cúspide del poder estatal y gubernamental la unidad ejecutiva frente a cualquier contingencia por la pérdida del máximo dirigente….”

Inmediatamente después, Raúl señaló la elección del entonces nuevo Primer Vicepresidente como una decisión de particular trascendencia histórica “porque representa un paso definitorio en la configuración de la dirección futura del país, mediante la transferencia paulatina y ordenada a las nuevas generaciones de los principales cargos.”

La incredulidad o ignorancia respecto a estas palabras sombrearon una incógnita innecesaria durante años, incluso cuando la biografía oficial de Raúl Castro se precisa que “la atención de politólogos y especialistas se centra en la figura del primer vicepresidente (…) Miguel Díaz-Canel Bermúdez. Por su biografía de trabajo y trayectoria, hace pensar en la experiencia de China y Vietnam, donde se promueve a los cargos de responsabilidad a personas forjadas por decenios de trabajo.”

El autor de la biografía, Nikolai Leonov, escribe respecto al entonces Primer Vicepresidente que “en su vida, todo se ha ido formando de manera paulatina, lógica y sólida. Su hoja de servicio no evidencia improvisación profesional.”

No había misterio al respecto de la continuidad, esa misma garantía temida o menospreciada por quienes veían en la desaparición de la generación histórica una oportuna para avanzar en sus versiones particulares del futuro de Cuba.

La palabra clave para entender el 2018 es, precisamente, continuidad. Y no tanto la concatenación de una generación o de unas maneras determinadas de hacer las cosas, sino la continuidad de un sistema político que tiene sus raíces en 1959, y lo que es más importante, la continuidad de sus instituciones.

Díaz-Canel tiene un nivel de experiencia particular en la política cubana, porque en un período de tres décadas incluyó en su biografía el paso por varios niveles de responsabilidad política: Primer Secretario del Partido en dos de las provincias más pobladas de Cuba, miembro del Buró Político, Ministro de Educación Superior y Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros. En ese camino se comprimen 23 años de experiencia en la toma de decisiones.

Algo más: a finales de 2012, Díaz-Canel podía tranquilamente permanecer por unos minutos en la entrada de un cine del Vedado habanero, como un cubano más, observado por los demás con la calmada curiosidad que despierta un alto funcionario, pero sin que nadie lo importunara ni se generara alboroto.

 Ese hombre, que era entonces un cubano más, es hoy el Presidente de Cuba.