Cuba-CCCP: People to People

© Sputnik/ Eduard Pesov

Por: Mario Valdés Navia

Cuando hoy los jóvenes oyen hablar de la desaparecida Unión Soviética es casi como si les hablaran del Egipto de las pirámides, pero apenas dos generaciones atrás los cubanos vivíamos en contacto sistemático con hombres y mujeres de aquel inmenso conglomerado multinacional, a los que jamás se podía nombrar por el gentilicio de sus naciones bajo peligro de caer en el diversionismo ideológico, sino como soviéticos. No importa si eran rusos o ucranianos, chechenos o armenios, para la jerga callejera de Liborio todos eran los bolos.

Con independencia de los vaivenes de la geopolítica mundial y las relaciones oficiales entre ambos países, lo cierto es que los soviéticos siempre fueron, en su inmensa mayoría, respetuosos, amables y cariñosos con el pueblo cubano. Ciertamente, el ejemplo de valentía de la Isla de la Libertad y su sueño de construir el socialismo y el comunismo a 90 millas de los EEUU y hacerlo sin caer en las garras del estalinismo y su burocracia parasitaria, parecía una tarea tan romántica para los hombres y mujeres soviéticos que su asombro por Cuba y Fidel fluía de forma honesta y natural por toda la Unión. Por el lado de acá el sentimiento fue mutuo, en casi todos.

Antecedentes ya teníamos, pues los cubanos habíamos mantenido relaciones estrechas con los pueblos de nuestra metrópoli española y de la neometrópoli yanqui. De la Madre Patria todos somos hijos por la lengua y la cultura, pero muchos lo han sido literalmente, ya que cientos de miles de hispanos vinieron para Cuba en la época republicana y, lejos de disminuir, incrementaron el componente español en la población. Respecto a los yanquis, con diferencias culturales mucho mayores y una inmigración insignificante, las relaciones people to people fueron más culturales y económicas, pero no por eso menos intensas. Entre Cuba y España, y Cuba y los USA, la hibridación cultural fue penetrante e influyente en ambos sentidos.

Con los soviéticos todo era más difícil, pues las diferencias culturales eran inmensas y las coincidencias mínimas. Nada de lenguaje, religión, tradiciones, ni costumbres comunes; todo muy politizado e ideologizado a partir del repiqueteo constante de las ventajas del socialismo y el modo de vida soviético en publicaciones de las que solo una minoría desconfiaba. Mas, con el tiempo aparecieron, primero, las relaciones interpersonales: camaradas de armas, instructores y cadetes, asesores y asesorados, compañeros y tovarich. Luego asomaron los primeros puntos comunes: vodka y ron, guitarras y balalaikas, tostones y pescado ahumado, ostiones y caviar, que empezaron a distender las relaciones y pronto la amistad sincera vino a sustituir a las exigencias oficiales de buena vecindad.

El establecimiento de numerosos técnicos y asesores soviéticos con sus familias en Cuba, en épocas en que la tenencia de divisas era un delito, convirtió a la rusa del barrio en un personaje de la comunidad al que acudía todo el que necesitara algo de la diplotienda, cuando el dólar valía entre cuatro y siete pesos. Asimismo, la enorme cantidad de cubanos que estudiaron o se recalificaron en CCCP gracias a las becas del gobierno soviético, comprobaron in situ las ventajas y desventajas reales del sistema en su versión más acabada, que difería bastante de la oficial.

Boquiabiertos nos quedamos muchos que nunca visitamos CCCP con los cuentos de los que volvían acerca de sus juergas en las noches moscovitas, o las maravillas que se podían comprar en el puerto de Odessa con unos pocos dólares. Al mismo tiempo, muchos cubanos y cubanas −de color variopinto−, se encontraron con su media naranja por aquellos lares y empezaron a darle sabor criollo a algunas casas soviéticas. Y a la hora de regresar algunos trajeron a sus cónyuges, quienes, aunque nunca llegarían a hablar el español cubano como Dios manda, sí dieron origen a los primeros cederistas soviéticos.

Pienso que de esa época la población isleña quedó marcada, de manera indeleble, por los nombres inventados con Y inicial, intermedia y final y una pronunciación similar a la eslava. No fueron pocos los cubanos que le pusieron a sus hijos lo que eran agradables diminutivos de nombres rusos, como Petia, o Volodia; amén de los supercomunistas que llamaron a sus vástagos Lenin, sin pensar que algunos terminarían sus días en Miami.

Así, en un proceso de comunicación inter-cultural pocas veces imaginado pero intenso y legítimo, ambos pueblos sembraron una amistad y admiración mutuas que se mostraron mucho más sólidas que las pomposas declaraciones de eterna colaboración mutuamente ventajosa sin fines de lucro con que se llenaron tantas páginas de documentos oficiales a los que la Historia se encargó de dar de baja. A tantos años de la desaparición del país de los soviets: ¡tres hurras por la amistad cubano-soviética!