La mala vida

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

No hace mucho tiempo, tuve la oportunidad de disfrutar de la película “El joven Marx” en el cine de 23 y 12. Fueron muchos los aspectos sobre los que me hizo reflexionar, pero hoy quiero detenerme en uno en particular. Una de las cosas que me llamó la atención fue ver la frecuencia con la que aparecía un tabaco o una botella con alguna bebida alcohólica. El mismo Marx andaba echando humo como una locomotora. Eso me hizo sonreír, y pensar en cuan a menudo la vida de los revolucionarios ha estado rodeada del coqueteo con los vicios y la mala vida.

Un hombre revolucionario no es un santo, aunque tenga un ideal ético que guíe su vida. No se trata de reivindicar los vicios: el alcohol y la nicotina siguen siendo sustancias dañinas a la salud. Sin embargo, algunas veces el hombre de espíritu rebelde se lanza a la aventura de la embriaguez en busca de un contacto más fuerte con la libertad, del mismo modo en que los viejos chamanes usaban sus brebajes para contactar con oscuras y caprichosas entidades. Una de las cosas que más daño ha hecho a la imagen del hombre y la mujer revolucionarios es ese endiosamiento, que los hace parecer sacerdotes y monjas, cuando la realidad es bastante distinta. Muchas veces se han dirimido importantes asuntos de la lucha social en un antro cualquiera, entre mujeres de dudosa reputación y jarras de cerveza.

Una de mis experiencias más reveladoras sobre la naturaleza del mundo actual me fue dada durante una noche de juerga. Estaba yo en el “Ojo del Ciclón”, ese hermoso lugar de La Habana Vieja ambientado con obras de arte, y el paso de las horas me había llevado hasta un apartado rincón de la segunda planta. La música se escuchaba de lejos, apagada. Sentada en el suelo frente a mí, cigarrillo en mano, había una muchacha rubia, evidentemente extranjera. Me dijeron que era alemana, y yo, utilizando todo mi repertorio de alemán, le saqué algo de conversación.

Se llamaba Astrid y estudiaba algo en el ISA. Pronto pasamos al español, pues ella lo hablaba perfectamente, a diferencia de yo el alemán. Cuando me dijo que era de Leipzig, le comenté que era la primera alemana del Este que conocía. Cuál no fue mi sorpresa al ella decirme que, además de haber nacido en la RDA un año antes del derrumbe del muro, se consideraba comunista.

-En nuestra casa en Leipzig, mi familia y yo tenemos en el portal una bandera de la DDR- me dijo.

Sorprendido, pues siempre he sabido que en el siglo XXI hay más neocomunistas alemanes en el lado occidental que en el oriental, le di mi opinión al respecto.

-Hubo muchas cosas mal en la RDA. No creo que sea un ejemplo de socialismo.

-Por supuesto que no. Por culpa de los malos cuadros, como Angela Merkel. ¿No sabes que Merkel fue secretaria de agitación y propaganda de la juventud comunista alemana?

Rodeados de amigos, Astrid y yo pasamos el resto de la noche riéndonos a carcajadas y bebiendo vodka.

Un mundo como este, donde los líderes del mundo libre fueron cuadros de la juventud comunista, donde los cuadros del partido tienen hijos que cursan becas en Europa, donde los pobres votan por la extrema derecha y los partidos socialistas defienden el libre mercado, es un mundo al que uno no se puede enfrentar completamente sobrio.

No quiero hacer un llamamiento al consumo de alcohol o de cualquier otra droga. Solo quiero recordar que el revolucionario no tiene que ser un asceta, aunque pueda serlo, que no tiene por qué cumplir con todas las virtudes del universo todo el tiempo. Recordar, también, que la verdad no se encuentra solo en los lugares limpios y pulidos, sino que puede encontrarse en lugares sombríos y fríos, en callejuelas polvorientas y en bares de mala muerte. Después de todo, el pueblo llano vive también en esos sitios, ¿y no es por el pueblo que se hace la revolución?

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