Cómo crear un ejército de hipócritas

Por: Carlos Ávila Villamar

No he visto la película, así que no puedo decir si creo o no creo que ofenda la memoria de José Martí: ese no es el punto de estas líneas, de cualquier modo. Supongamos, para abreviar, que en efecto la película contenga una ofensa imperdonable, y que la decisión correcta haya sido olvidar la consecuencia natural de la censura, que es la publicitación involuntaria de obras que de otro modo hubieran pasado inadvertidas. Imaginaré a continuación una situación de laboratorio, técnica que utilizo a menudo para tratar de entender asuntos que conlleven una implicación moral. Digamos que haya una película no financiada por el ICAIC que sea de principio a fin una ofensa a José Martí. Digamos que de ser censurada su visibilidad no pueda multiplicarse, porque en nuestro país de laboratorio las personas solo vean películas en los cines. Digamos que no existan redes sociales o formato alguno por medio del cual la gente se entere que se hizo la película. Si fuera censurada y lo mereciera, y algún intelectual de segunda escribiera un artículo profundamente equivocado, defendiendo el estreno de la película, ¿sería lo correcto publicar el artículo?

Odio la partición de las discusiones en dos bandos… el odioso enfoque que dice que si no estás conmigo estás en mi contra

En general no suelo opinar en los debates sobre la censura parcial o total de determinadas películas cubanas, porque no las puedo ver en los cines y me falta el morbo necesario como para conseguirlas en formato digital. Lo que sí me interesa es opinar sobre el enfoque que toma la mayoría de las discusiones al respecto, el odioso enfoque que dice que si no estás conmigo estás en mi contra. Odio la partición de las discusiones en dos bandos, la de los imperialistas y la de los revolucionarios, la de los que dicen cosas porque el imperio les paga o porque son unos apátridas y la de los que sí defienden esto, ese estado abstracto de cosas que a menudo se confunde con un ente todavía más abstracto y complejo: la Revolución. Quiero decir, y pido al lector que me perdone si no está de acuerdo conmigo, que un borracho a veces tiene la opinión más sensata, y un profesor universitario la más equívoca. El borracho no merecerá un diploma de licenciatura por ello, ni el profesor merecerá una expulsión, pero debe separarse la validez de una idea de la integridad moral del que la defiende. De lo contrario se cae en el debate interminable e infructífero que solo termina en el mutuo desprestigio de los contrincantes. Sé que esta separación puede parecer difícil, pero es necesaria, hace falta particularmente ahora. Regresemos al ejemplo del pequeño intelectual que critique una decisión, supongamos que justa, de censurar tal película. Que ese pequeño intelectual esté equivocado no significa de modo axiomático que se trate de un apátrida, de un traidor, de un contrarrevolucionario, esa palabra engañosa y húmeda, que arribistas, ingenuos y corruptos se sienten en el derecho de usar, y que no pocas veces usan en teatrales, peligrosos despliegues de fervor.

A veces los traidores, los enemigos, tienen razón y nosotros somos los que estamos equivocados, y a su vez los nuestros deberían tener derecho a equivocarse sin que por esto alguien los llamara traidores. De lo contrario solo queda la estructura tonta de que siempre los llamados imperialistas están equivocados, y que los revolucionarios tienen la razón, y su reverso, que si alguien está equivocado es de seguro imperialista, y si alguien dice lo que uno quiere es que es revolucionario. Este juego de palabras es una máquina de cometer errores, una máquina de frustrar revoluciones. Cuando una opinión, por errada que esté, no puede salir a la luz pública y se remite a una interioridad resentida, solo se está creando una falsa apariencia de calma. No dejar a alguien equivocarse en público no hace que las masas se adoctrinen, por el contrario, es el modo más fácil de crear un ejército de hipócritas. Y no dudo que la situación de la Muestra parezca lejana a estos análisis, al menos a primera vista, pero yo nada más quiero saber qué artículo ha salido publicado en estos días que no coincida con la decisión del ICAIC. ¿Es casualidad? Lo digo porque la inmensa mayoría de las personas que conozco se opone firmemente a la decisión. Y quizás lo peor sea que ya nadie que se oponga haya intentado escribir, aunque lo pensara y lo comentara a puertas cerradas. Me refiero dentro de los medios estatales, está claro. Y si la película en efecto realiza una ofensa tan terrible, y si en efecto se demuestra que lo moralmente correcto es censurarla, ¿por qué dar por sentado que una defensa equivocada va a eclipsar todas las contradefensas imaginables?

No dejar a alguien equivocarse en público no hace que las masas se adoctrinen, por el contrario, es el modo más fácil de crear un ejército de hipócritas

Dos hechos me han llevado a escribir este artículo. El primero fue la no polémica tras la decisión del ICAIC. El segundo fue mucho más pequeño, pero creo que condensa todavía mejor lo que quiero decir. En Facebook vi un meme que se burlaba de los socialdemócratas, abajo una foto de Stalin rodeado de niños. Este hombre sí sabía qué hacer con los socialdemócratas, decía la publicación, que había provocado además una cascada de risas y aprobaciones. Comenté molesto que alguien que se pusiera un nombre como «Fidelista por siempre» debía ser más responsable por las cosas que publicaba, y más teniendo en cuenta las ocasiones en las que se había intentado comparar la Revolución Cubana con el estalinismo, un régimen de cuyos crímenes la imagen de los comunistas todavía no logra desligarse. El compañero que publicó la fotografía de Stalin me acusó de disidente, de traidor, buscó en Google mi nombre y de tan solo ver que había publicado en OnCuba me tachó de mercenario, de lobo disfrazado de oveja, asumió que yo criticaba a la prensa estatal y que me daría miedo definirme como fidelista. Lo invité a leer el artículo «Muchedumbres», publicado en la misma OnCuba, y lo reté a que me mostrara una sola línea en la que hubiera criticado a la prensa estatal. Acorralado y sin nada más que decir, terminó por llamarme arrogante. Sus últimas palabras fueron algo así como que iba por mal camino.

Las personas deben tener derecho a equivocarse en público

Todos nos hemos topado con caricaturas semejantes en algún momento de nuestras vidas, que darían risa de no ser porque a menudo ostentan cargos altos y son las encargadas de tomar decisiones importantes en la vida del país. Su error principal no fue atacar a alguien a quien ni siquiera conocía: su error principal fue atacar personalmente al que pensaba diferente a él en vez de establecer un debate. Tal vez yo era un agente de la CIA o un corresponsal de El Nuevo Herald, eso no debería importar, lo que debería importar era lo que yo había dicho, deberíamos separar las ideas de aquellos que las enuncian, debió haber defendido su postura o haber encontrado los fallos de la mía. Lo más gracioso de todo es que yo me alejo enormemente de las ideas socialdemócratas, pero mi modo de alejarme es discutirlas, no tratar de hacer como si no existieran. Creo que las personas deben tener derecho a equivocarse en público, desde el momento en el que no lo tienen, yo siento que he perdido el derecho a tener la razón.

Tomado de: La Trinchera