El narcisismo americano

Por: Yassel A. Padrón Kunakbaeva

Cuenta la leyenda que el joven Narciso pasaba todo el día frente al río, admirando su propio reflejo en la superficie del agua. Un buen día, intentando alcanzar el objeto amado, cayó al agua y se ahogó, creciendo posteriormente una flor en el lugar del accidente. A veces, los pueblos y colectividades humanas cometen también el error de complacerse demasiado en sus propias virtudes y pierden peligrosamente el contacto con la realidad.

Los Estados Unidos son una gran nación. Es un cliché, pero es cierto. Levantado por inmigrantes de todas partes del mundo, conquistada su tierra en virtud de toda clase de esfuerzos y violencias, no por gusto es hoy Estados Unidos el país más desarrollado del mundo. Si hay algo cierto bajo este sol, es que, en la nación americana, como a ellos les gusta decir, se ha trabajado mucho. Las manos de millones de trabajadores han construido rascacielos, líneas ferroviarias, avenidas, fábricas, presas, etc. El pueblo norteamericano es trabajador. Y de la burguesía estadounidense se puede decir cualquier cosa, menos que no sea emprendedora: han colado sus capitales hasta lo más profundo del desierto del Sahara y de la selva amazónica.

Los Estados Unidos, tierra de los pequeñoburgueses escapados de Europa, sitio libre de los restos de la civilización feudal, pudo crecer como el mayor experimento mundial de capitalismo desencadenado. Los padres fundadores tuvieron, además, la audacia de darle a la nación una constitución política muy avanzada para su época. Fueron la primera nación moderna nacida de una Revolución y una guerra de liberación nacional. Con la buena conciencia que les dio ese mito de origen, pudieron implementar una democracia liberal que se adaptaba perfectamente a sus necesidades de sociedad mercantil. Luego, todo fue cuestión del tiempo. Hoy por hoy, las empresas han crecido hasta convertirse en colosos transnacionales. Sin embargo, la constitución sigue en pie. Todavía los Estados Unidos son un país en el que un juez federal cualquiera puede detener la aplicación de un decreto presidencial.

Todo esto es cierto y admirable. Pero no quita para nada el hecho de que los Estados Unidos se han comportado hacia el resto del mundo como un imperio. Sus políticos se desgarran las vestiduras al hablar de la democracia y los derechos humanos, pero por detrás de la fachada autorizan golpes de estado e intervenciones militares. Sin embargo, esta doble moral no se basa únicamente en la hipocresía. La principal razón por la que la política norteamericana mantiene una línea coherente de atropellamiento hacia el resto del mundo, es porque los norteamericanos, tanto la élite como el pueblo llano, se dejan arrastrar por un marcado narcisismo cultural. Es normal que un norteamericano común no sepa casi nada del mundo exterior a Estados Unidos. Para él, no hay gran diferencia entre un latinoamericano, un español o un turco: todos son emigrantes.

Los norteamericanos son víctimas de su propio éxito. La conciencia de su libertad- una libertad que no sale de los marcos del paradigma burgués, pero que está bien defendida por las instituciones-, la conciencia de sus éxitos materiales, les provoca la ilusión de que son el único pueblo con subjetividad en la historia. Dios bendiga a América. El pueblo elegido de Dios. El destino manifiesto. La Doctrina Monroe. Caen en la misma trampa en que han caído todos los pueblos que a lo largo de la historia han tomado el camino de ser imperio. En vano se autodenominan el imperio de la libertad. Será una libertad solo de ellos, y que los demás pueblos recibirán como una pesada carga.

Fue sobre la base de ese narcisismo cultural que las élites norteamericanas lograron el apoyo de la opinión pública para la aventura de intervención en la guerra de liberación cubana, en 1898. Vinieron como libertadores, pero una vez aquí no reconocieron a los cubanos como a sus iguales. Todo el mundo en Estados Unidos vio bien que ese poderoso país determinara los destinos de Cuba, convirtiéndola en un protectorado. Nadie se dio cuenta de que esa bandera de las barras y las estrellas ondeando en el Morro habanero era una ofensa al dignidad de la joven nación, y que eso podría tener consecuencias.

Hoy por hoy, el mundo contempla atónito la actuación de un presidente mamarracho como Donald Trump, que desde la Casa Blanca lleva la política norteamericana a extremos de ridiculez nunca antes vistos. Arrojar papel sanitario a los puertorriqueños o mandar a armar a los profesores en las escuelas, son solo algunas de sus más conocidas salidas. De lo que se trata es de una muestra más de narcisismo desencadenado. Trump solo tiene oídos para sí mismo. No le importa toda la evidencia del mundo: él no cree en la existencia del cambio climático y fin de la historia. America first!

Es triste ese lado de la historia norteamericana, y es más triste para nosotros los del Sur, que somos los que primero lo sufrimos. Pero si siguen por ese camino, si el pueblo norteamericano no detiene la salvaje fiesta de sus élites descontroladas, si no se dan cuenta de que en este mundo hay cinco continentes llenos de naciones soberanas, las consecuencias de sus actos van a terminar alcanzándolos a ellos mismos. Ya el Imperio está en decadencia. Los del Sur debemos seguir resistiendo, pero no estaría mal que un día los norteamericanos salieran a luchar, como una vez partieron a acabar con la esclavitud, y construyeran por fin ese otro gran país que hizo decir a Martin Luther King la más hermosa frase de la política americana: I have a dream!